Por Javier Pardo de Santayana

(Rapero. Acuarela de Samuel Cfdez en bing.com)
Al intentar constatar que mi último artículo de esta larga serie de los Foramontanos ha sido efectivamente publicado, tropiezo como parece ser reglamentario con la desagradable sorpresa de ver intercalada una y otra vez la propaganda de un rapero instalado en la clásica premisa de la libertad de expresión para vejar al prójimo sin llegar a sufrir las consecuencias.
Y estaba dispuesto a reaccionar y decir algo al respecto cuando me pareció recordar que hace ya bastante tiempo toqué este tema de la “rapería” en este mismo espacio en que ahora escribo. Por consiguiente, supongo que a mi improbable lector, si es que en realidad existe, conocerá de sobra los sentimientos que en mi ánimo levanta este tema que hoy recobro. Y nada mejor para reaccionar ante la nueva agresión al arte y al buen gusto que volver a mi artículo de entonces, con lo que evito dar más explicaciones.
He aquí, en sus propios términos, lo que en su día dejé escrito sobre el tema con el número 155 de los ya 1281 trabajos publicados a razón de un par de ellos por semana.
El rap
No puedo soportarlo. Lo siento por quien por ello pueda sentirse ofendido, pero insistiré en mi grito: ¡No puedo soportarlo!
Dirán ustedes: “pues yo le tenía a usted por un hombre sereno, tranquilo, incapaz de dejarse arrastrar por las expresiones excesivas, y menos en materia tan liviana como ésta”. Y yo les responderé: “pues sí; yo me tengo, en efecto, por hombre de pocos desafectos por no decir de ninguno. Pero es que, para mí, esto del rap resulta físicamente insoportable”. Y les explicaré el por qué si es que no tienen ya ustedes el mismo problema que yo tengo.
Dicen que el llamado “rap” pertenece a lo que se ha venido en llamar “cultura urbana”, y me parece que esto es minusvalorar la cultura. Quizás la expresión fuera bienintencionada en el origen, y con ella se pretendiera sacar de la pocilga de la vulgaridad a una serie de marranadas que como sus colegas los graffiti, representan una especie de tics de los estratos más zafios de nuestra sociedad, o quizá lo que se pretendiera fuera dignificarlos para que quienes disfrutan con estas cosas no acaben metiéndole a uno la navaja por el cuello o robándole la cartera. Pero yo, de verdad, me resisto a creer que nadie pueda encontrar en el rap otro aliciente que no sea la oportunidad que a algunos brinda para identificarse con una tribu urbana y así sentirse alguien. La tribu tiene unos signos distintivos que usted no puede dejar de reconocer: zapatillas deportivas sin atar, unos pantalones caídos hasta el arrastre, camisa – con faldón suelto, por supuesto -, zamarra o chaquetón de varias tallas por encima de la recomendada, gorrilla con la visera mirando hacia atrás, y unos cuantos aretes preferentemente repartidos por la nariz y las orejas, que ya son ganas. El atuendo puede completarse con una plancha de ruedas si es de los que hace deporte en las aceras.
Sólo así, es decir, desde la perspectiva de no sentirse nadie y coger el primer tranvía que pase por la calle, se justifica la adhesión al rap. Porque lo que es la música… Recuerdo que cuando empezó a popularizarse este engendro yo me dije: “pues lo de cantar sin música ya lo inventó la Lola Flores, pero aquello era otra cosa”. Seguro que lo recordarán. La inmortal Lola recitaba con su salero característico una letra que decía algo así como “Uno, dos y tres, tres banderilleros en el redondel”. Pero lo suyo tenía ritmo, gracia, y, sobre todo, inspiración poética. Aquello sí que era arte, porque a la jerezana del barrio de Santiago, donde yo también viví, la sobraba el salero, y el flamenco sí que es pura “cultura popular”, tanto urbana como campestre. Pero, en cambio, este rap de nuestros pecados no es sino una paliza sin pajolera gracia, y a esos fulanos de la gorrilla para atrás no hay cristiano que los aguante. Sí que crean, y eso hay que reconocerlo, un repertorio de signos distintivos que se suman a los del atuendo, pues debemos puntualizar que estas pandillas sustituyen la personalidad por los trapos y los tics comunitarios. El efecto final es de aquellos que provocan el cambio de acera por si acaso.
¡Ah, sí! Se me olvidaba decir que el rap consiste básicamente en unas horrorosas rimas escupidas con un efecto repetitivo de insistente cantinela o salmodia sólo comparable en cuanto a tostón y ejercicio de mediocridad artística con los pareados del partido comunista, lo que ya de entrada garantiza la ramplonería más absoluta.
Yo creo que si alguien soporta todo esto es porque va cargado de pastillas. ¿Imaginan ustedes dos horas ininterrumpidas de machaqueo con el rap, o sea una de esas cosas que llaman “galas”? Que, por cierto, también tiene guasa el nombrecito…
Verdaderamente se puede estar ciego, y sordo incluso, y mostrarse partidario de esta mamarrachada, pero aguantar a un pelmazo de esos y encima comprarle el disco es ya para psiquiatra.