Por Javier Pardo de Santayana

(Vacunando)
Hoy me siento indignado hasta el extremo, sí señores. Y les diré por qué: porque dentro de este ambiente de preocupación por la pandemia – o mejor por la amenaza de la muerte – vemos como los sufridos españoles nos dejamos embaucar hasta el extremo de la sinrazón y del ridículo.
Los promotores son gente impresentable en casi todos los aspectos. Me permito decirlo porque la “troupe” a la que me refiero destaca ya de entrada por sus trazas. La de sus jefecillos, crecidos a costa de nosotros, no pasa de la propia de imberbes cabecillas universitarios de los que se dan postín subiéndose al estrado y basando su personalidad en su coleta y su desmadre. Quiero decir con esto que me sentaría francamente incómodo a la hora de tener que presentárselos a alguien como parte de mi familia. ¡Pero si uno de los que más mueven el rabo tiene como apellido nada menos que un insulto, o sea que si le llamamos pueden creer que le estamos faltando! Y otro que ocupa ahora un puesto relevante y ha colocado a “su pareja”- antes cajera de supermercado – de ministra, fue educado por un acreditado miembro de una organización cuyo objetivo era cargarse a las fuerzas del orden… En fin, ya se hacen ustedes cargo del tipo de gente que ahora trata de cargarse nuestro sistema de gobierno, aquella obra de buen entendimiento que suscitó la admiración del mundo entero.
Pues bien, este es el tipo de gente hoy en el machito gracias a otra “troupe” algo más limpia y presentable pero igualmente “revoltosa” que les ha acogido como socios y que con ellos se esfuerza ahora en poner todo patas arriba en un ejercicio de desprecio de la verdad y la excelencia, lo que de tal modo ha puesto fuera de combate a la ciudadanía, que ésta ha acabado por perder lo que siempre tuvimos por sensato y lógico.
Un buen ejemplo de desquiciamiento es la tergiversación que en estos días se está haciendo en relación con la vacuna de las dos hermanas de nuestro monarca, a las que en un viaje al extranjero se las ofreció inyectarles la vacuna y aceptaron. Cosa bastante normal, pero de la que estos indocumentados a los que me vengo refiriendo, su clac mediática, e incluso bastantes ciudadanos previamente trabajados por la agitprop de los enredadores oficiales, están haciendo un caso interesado.
Porque yo me pregunto: ¿No nos dijeron que las mascarillas, más que a proteger a quien las lleva están destinadas a proteger a los demás? Y, en esa misma línea ¿que de lo que se trata es de llegar a la consecución del llamado “efecto de rebaño”? Pues entonces a quien habrá que chorrear será a nuestro gobierno que según parece, está siendo intolerablemente ineficaz y lento.
¿Y no será en este sentido favorable que quienes puedan vacunarse fuera lo hagan? Porque el vacunarse fuera no sólo no retrasa el penoso proceso nacional sino que le favorece (eso lo dice un servidor de ustedes que va a cumplir los 88 y todavía no he sido convocado).
O sea que las infantas no retrasan la vacunación de nadie, sino todo lo contrario. ¿O es que alguien piensa que un español que viva en Suiza debe esperarse a que le toque el turno aquí en España? Porque, que yo sepa, una de ellas reside en Ginebra.
Así que ponga usted la mano en el corazón y dígame si no aprovecharía la ocasión sin el menor remordimiento si lo tuviera usted a su alcance, no molestara a nadie, así solucionara los problemas inherentes a los viajes que tuviera que hacer en el futuro, y además no perjudicara a nadie sino todo lo contrario, ya que puestos, hasta liberaría una vacuna para que la cosa avanzara puesto que nuestros gobernantes no funcionan adecuadamente.
O sea que uno llega a la conclusión de que la reacción de quienes critican a las infantas es simplemente una expresión más de un odio fruto de la envidia por todo cuanto otros tienen y que no tiene uno. Odio simplemente a quien es más rico, más guapo, más inteligente, o mejor educado que uno mismo. Porque a mí me parecería insultante que alguien supusiera que me podría molestar algo que no sólo no perjudica a nadie sino que beneficia a todos.
De lo cual deduzco que la explicación es que, efectivamente no se equivocan quienes consideran que los españoles nos distinguimos por una envidia que en este caso alcanza a despreciar la lógica. Y esto sí que es motivo suficiente para sonrojarse y que se le caiga a uno la cara de vergüenza.