Por Carlos de Bustamante

(Ayuso: Quiero gobernar en Madrid como Feijóo, con mayoría absoluta)
Basado en casi la totalidad del artículo publicado por mi compañero y amigo -salvando la distancias- el general Dávila, cuyo blog os recomiendo, dejo a un lado la obsesionante `pandemia del bicho, para hacer siquiera un esbozo de lo mucho por decir de dos virtudes humanas, que, visto lo visto en el reciente cataclismo político, brillan hoy por su ausencia: lealtad y fidelidad. Virtudes que, unidas a la veracidad y sinceridad, forman un elenco de moralidades que, unidas, pueden definir la hombría (“y mujería…”) de bien.
Hablando de bien, ídem podríamos decir que la LEALTAD es la veracidad en la conducta. Sin agotar más explicaciones que háyalas y para las que no estoy preparado, ítem digo que la FIDELIDAD es la lealtad a un compromiso estricto que se contrae con alguien o Alguien. Será alguien, digo, (con minúsculas) cuando es persona o grupo de ellas; Alguien (con mayúsculas) cuando el compromiso es con el Ser Supremo, (ante Dios, como el que hicimos los pertenecientes a la milicia en nuestra jura de Bandera). Héteme aquí, pues, cómo en el bombazo político de dos partidos políticos españoles, no hubo en su día, y por ende ayer (10-III), veracidad, sinceridad, lealtad ni fidelidad.
Con mirada positiva, sobran ejemplos en nuestra historia que dan fe de los habituales que son – ¡ay han sido! – a lo largo y ancho de aconteceres en esta España de nuestros pecados. No me parece suficiente aquel lema de los `cien años de honradez´ del que hoy no dicen ni pío, porque sería inevitable un mentís rotundo a semejante `eslogan´. Y bien lo saben ellos. Dicho lo cual me permito transcribirlo que al respecto dijo más y mejor el prestigioso general Rafael Dávila:
“El que no ha percibido el olor a pólvora y no ha escuchado el silencio de los cañones de la traición no podrá entender lo que está sucediendo en España. La marea roja pretende viciar el sistema y hacerse cargo del pensamiento: poseer (entendido como dominio o sometimiento a su voluntad). A usted, a mí, a todos. Es una guerra y la batalla de Madrid es la clave estratégica. Inicialmente la perdieron y desde entonces los cónclaves para el cerco no cesan. La guerra es el reino del engaño y ahora se descubre al alevoso y su emboscada.
Decía Sir Arthur Wellesley, duque de Wellington, que toda su vida había discurrido intentando adivinar lo que había del otro lado de la colina. Guerra y política es lo mismo. Al otro lado siempre está el engaño y la apariencia. Adivinarlo es la diferencia entre victoria o derrota.
Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, general jefe del Ejército del Centro, ha jugado su baza estratégica y lanza su ataque por la derecha. Al que no le guste que espabile y aprenda, porque alguno ha sido, también, atacado sin haberse enterado. Las alas de los ejércitos, sus flancos, deben ser protegidos y conviene evitar el ataque frontal. Recurrir a la maniobra es un arte no al alcance de cualquier general.
Ciudadanos ha pactado en secreto, a traición, con alevosía y despropósito, y lo ha hecho en la huerta de Sora mientras fuera estaban en Babia.
Quizá sea este el momento más importante de la democracia en España: la batalla por la libertad. Las piezas van encajando y Madrid marcará el camino y el lugar que nos espera. Si ustedes piensan que el Gobierno actual de España es libertad: ¡adelante! Si piensan que no: ¡enhorabuena! La presidenta de la Comunidad de Madrid se ha apercibido del reto y se ha puesto el uniforme de combate dispuesta a dar la batalla de la libertad.
Es la hora de medir las fuerzas y que comience el combate de los grandes ejércitos y se retiren los aficionados. Es necesario apuntarse a este Ejército dispuestos a dar la batalla y, cada uno desde su puesto, cumplir con el deber hacia nuestras convicciones, historia y tradiciones, atacadas y violentadas aprovechando el letal sueño de la pandemia. No debemos conformarnos con ser meros testigos presenciales de los acontecimientos, sino ser actores de la batalla y empuñar nuestras armas. Hay que alistarse y sentir de cerca el fragor de las armas y distinguir el origen de los fuegos.
Me vienen a la memoria dos párrafos de la Anábasis que someto a su consideración:
«Sin jefes no se puede fraguar nada bueno ni útil en ningún terreno, y desde luego que menos que en ningún sitio en la guerra».
Creo que este Ejército está muy bien mandado y antes de que llegue el momento de lamentarse «Dejen de pensar únicamente en lo que les puede pasar y piensen en lo que pueden hacer»”.
Ya digo, consideraciones de Rafael Dávila Álvarez, General de División (R.) el 11 de marzo de 2021.