Por Javier Pardo de Santayana

(Viñeta de Sansón en el Norte de Castilla el pasado 11.11.20)
Pues ya estoy vacunado. La noticia de que me correspondía el turno me llegó por teléfono sólo tres días antes e incluía una segunda cita en el mismo lugar y a la misma hora veintiún días más tarde. Luego fue cuestión de menos de cinco minutos y de permanecer en los alrededores un escaso cuarto de hora por si acaso.
El que me llegara el turno de la vacunación tras una espera como ésta y que hasta se me hiciera largo tener que esperar lo que he esperado me haría reflexionar sobre lo pronto que nos acostumbramos a lo bueno, pues supongo que usted, improbable lector mío, recordará que cuando se tuvo constancia de la amenaza del coronavirus se temían los presagios derivados de la experiencia que entonces se tenía respecto al mínimo tiempo necesario para la elaboración de una nueva vacuna, y hemos visto batir todos los récords. Y, sin embargo, como suele ser ahora frecuente, lejos de mostrar ostensiblemente nuestra satisfacción y nuestro asombro, estamos insistiendo sobre todo en lamentar la lentitud de la aplicación de este remedio.
También ha sido, al menos para mí, una buena ocasion para otro asombro, que en este caso se refiere a la idea de que la solución que se viene aplicando a la extensión de los virus desde hace siglos consiste precisamente en la inoculación del mal a las personas sanas; decisión que por parecer contradictoria cualquiera supondría rechazable.
Y, sin embargo no es cosa de este siglo de alta tecnología y de descubrimientos, ya que se fraguó hace varios siglos. En efecto, tal solución se suele atribuir a un científico inglés llamado Edward Jenner y situarse en los últimos días del siglo XVIII si bien al parecer viene de tiempos bastante más lejanos y su origen, como casi siempre, está en los chinos. Pero cualquiera que sea el caso, su objetivo es evitar la extensión de enfermedades susceptibles de contagio como la tuberculosis, la difteria, la tosferina, la fiebre amarilla, el tifus, la polio, el antrax, el sarampión, la rubeola, la meningitis, la varicela, la viruela, el cólera o la rabia, mediante la inoculación del propio mal en determinadas dosis no nocivas sino estimulantes para potenciar las defensas naturales: sistema que ha recibido el nombre de “vacuna” cuando se inoculó fluido de las pústulas de vacas contaminadas previamente.
No cabe duda de que en el marco de este esfuerzo por evitar que muchos de los males de la humanidad llegaran a establecerse con continuidad en ésta tierra nuestra es digna de mención la Expedición de Balmis, titulada así por ser éste el apellido de quien llevó a cabo la osada operación – impulsada con el mayor interés por nuestro rey Carlos IV – de contener la propagación del virus de la viruela en nuestros territorios de allende los mares; hecho éste que el geógrafo Humboldt definiría como “el hecho más memorable de la Historia”, pero que sólo ha pasado a ser conocido por los españoles gracias a la reciente participación de los ejércitos en los esfuerzos por frenar el contagio de la ya famosa Covid 19 cuando debiera pasar a conocerse incluso en los colegios por ser un hecho del que los españoles debiéramos sentirnos orgullosos. Consistió en trasladar al otro lado del Atlántico un grupo de niños a los que acompañaría Isabel Zendal – rectora en aquel tiempo del hospicio y que ha dado ahora nombre a un hospital recién creado – y a partir de ellos extender su vacunación en beneficio de los habitantes de aquellos territorios.
Subrayo este suceso porque en determinados ambientes internacionales lo que se ha venido destacando sobre todo es el hecho de que la presencia de los españoles en América fue culpable de una disminución considerable de la población autóctona, diezmada por la transmisión de determinadas enfermedades europeas inexistentes hasta entonces en aquellos pagos. Y es que, como es sabido, la famosa “Leyenda Negra” – apoyada también, hay que decirlo, desde dentro – nunca desperdició ocasión alguna para ponernos verdes y omitir nuestras virtudes.
Pero a mí lo que me hace sobre todo cavilar es que puedan existir seres que, sin tener inteligencia como es el caso de los virus, reaccionan sin embargo sabiamente para defenderse y seguir existiendo. Y de tal modo lo hacen, que son capaces de poner en jaque la supervivencia de la raza humana obligando a seres tan inteligentes como el hombre – capaz incluso de llegar a la Luna – a mantener un pulso permanente y recurrir a soluciones tan alambicadas como ésta de frenar determinados ataques insidiosos con la utilización de los propios recursos enemigos.