Por Javier Pardo de Santayana

(Un momento del concurso “Pasapalabra”)
Ahora que estamos todo el santo día encerrados en casa para mantenernos aislados del famoso virus una de las diversiones que más nos entretienen consiste en sintonizar determinados programas televisivos. Y, naturalmente, ahí nos encontramos frecuentemente con la música y con los comentarios que suscita.
Tomemos como ejemplo dos concursos que ponen a prueba la formación del concursante. “Pasapalabra” es el nombre del primero. De él destaco en relación con el tema que me ocupa que la música tan sólo forma parte de una de las pequeñas pruebas que determinan el tiempo de que dispondrá cada uno de los dos concursantes para encontrar respuesta a las 25 preguntas que se les plantearán seguidamente en el llamado “rosco” y que se referirán sobre todo a palabras contenidas en nuestro diccionario. En este caso la inclusión de una pregunta “musical” contribuirá a determinar el tiempo del que dispondrán los contendientes. Se trata en este caso de identificar una pieza musical tras la presentación de unos pocos, mínimos compases, de los que nunca faltará la fecha, como si las canciones fueran expresiones en boga que el tiempo borrará sin más remedio. Y así, efectivamente, sólo los villancicos y las canciones infantiles se salvarán del ominoso olvido.
Otro programa igualmente interesante y también con cierta base cultural – “La ruleta de la suerte” – incluye intervenciones musicales en vivo que suelen dar lugar a un comentario admirativo en el que nunca se dejará de hacer mención del año que corresponde a cada pieza, lo que dará lugar a comentarios que recalcarán que lo fetén es lo que está de moda, transmitiendo de esta forma la impresión de que lo antiguo ya no cuenta.
He aquí dos ejemplos significativos que coinciden en mostrar un hecho que me hizo recordar algo que constaté en Estados Unidos hace bastantes años al observar gracias al hijo de mi “sponsor” que los jóvenes norteamericanos se referían siempre a las canciones añadiendo su fecha y transmitiendo la impresión de que la música se va deteriorando con el tiempo hasta dejar de merecer el popular aprecio. Y el resultado era, naturalmente, que se hablaba con cierto tono de desprecio de cualquier canción que no estuviera en boga.
En este sentido resulta evidente el cambio sufrido por el parecer mayoritario de los españoles con relación a los gustos populares: es decir, entre aquello a lo que solemos referirnos diciendo “nuestros tiempos” y lo que ahora priva en el mercado. Seguramente mi improbable lector recordará que las creaciones que barrían antes en España eran canciones de amor españolas, francesas, o italianas, que transmitían sentimientos apoyados por una música inspirada, mientras que lo que ahora se gana el afecto de la mayoría interesada son creaciones cuya letra poco importa puesto que no hay cristiano que la entienda por mucho inglés que se difunda en nuestras aulas.
Se trata de músicas reiterativas que se suponen propicias al amor tal como hoy “mola”: esto es, más bien gritadas y agresivas, en las que predomina un ritmo desatado como si estuviéramos pugnando por retornarlas a su origen en gran parte africano, pues lo que se impone es simplemente un ritmo muy repetitivo que con frecuencia llega a ser insoportable porque se le va clavando a uno en los oídos y en los huesos. Un ritmo cercano al “tam tam” que se le mete a uno por dentro: un simple pero poderoso machaqueo que lejos de emocionar arrastra y conmociona produciendo exactamente lo contrario de lo que en su día pretendieron aquellas bellas canciones intimistas de antaño. Claro que entonces las baladas y boleros – e incluso en ocasiones el flamenco – invitaban como mucho al tú a tú tanto reposado como arrebatado pero siempre dirigido a una pareja, en contraste con los frenéticos y multitudinarios sones actuales, con los que se pretende incorporar la sala entera a un ritmo trepidante que romperá nuestros sensibles tímpanos.
No es de extrañar, por tanto, que donde antes se trataba de canciones españolas – y como mucho francesas o italianas que se recordarán toda la vida – ahora, no diré que predominen sino que reinan las inglesas y norteamericanas. Canciones que se sentirán desde los huesos, esto es, sin acabar de entrar en ellas; primero, porque no se entienden, y en segundo lugar, porque aunque se entendieran no nos dirían nada, ya que están destinadas a envolvernos a la fuerza en el ritmo y al estrépito en vez de a hacernos sentir al corazón.