Por José María Arévalo
(Churchill pintando en Francia, en 1948)
Les decía en el primer artículo de esta serie, que vamos a reproducir el de Winston S. Churchill “La pintura como pasatiempo”, último artículo del libro “PENSAMIENTOS Y AVENTURAS”, con traducción de Pedro Fraga de Porto, publicado por Janés, Los libros de nuestro tiempo, en 1944, cuya primera edición me ha facilitado Feli Paramio, y en el cual cuenta Churchill cómo y por qué se dedicó en sus últimos años a la `pintura, y da su opinión sobre lo mucho que puede satisfacer esta afición y lo que ganan con ella quienes la practican; una delicia de apología de la pintura y su arte.
Concluíamos el artículo anterior con un dicho que transcribe Churchill para comparar la pintura al óleo con la acuarela, que volvemos a transcribir para continuar el artículo.
Queda claro que Churchill, en este artículo, se manifestaba más partidario del óleo, quizá para empezar a pintar, y da varias razones para esta preferencia, sobre todo la facilidad de corregir en aquel; pero lo más curioso es que lo dice sin expresar la mayor dificultad técnica de la acuarela, se rinde sin intentar siquiera conocerla. Como acuarelista no puedo estar de acuerdo, en este punto, con el ilustre político inglés, ni siquiera como recomendación para aficionados, ya que aunque empieza exonerando a estos de conocer al menos algún rudimento de técnica pictórica, finalmente reconoce que recibió ayuda en la materia (dice que un verano cayó entre dos o tres pintores discípulos de Cézanne que le iniciaron en los métodos de la moderna escuela francesa). Yo creo que para empezar tanto con el óleo como con la acuarela, es conveniente recibir un mínimo de instrucción, y que no es más difícil pintar medianamente bien en una técnica que en la otra, cada una tiene su complejidad. Pero mi experiencia práctica me hace coincidir con lo que dice Churchill, pues yo empecé con clases solo de dibujo y pinté unicamente al óleo muchos años –incluso expuse-, y me dediqué a la acuarela ya de mayor, cuando me enseñaron su tan difícil técnica. Pero otros compañeros han empezado con la acuarela, sin ningún aprendizaje, y han tenido éxito.
Por otro lado, las grandes ventajas de pintar para al aficionado que describe –como el descubrimiento de la naturaleza- se dan mucho más pintando con acuarela que con el óleo, ya que la rapidez de secado de aquella facilita muchísimo pintar del natural en el campo, cosa francamente difícil aunque no imposible, con el óleo, como lo demostró el pionero Haes con sus salidas a pintar a la sierra de Guadarrama con sus alumnos a principios del siglo pasado.
Es lo cierto que Churchill pintó muchas acuarelas, treinta de las cuales fueron exhibidas en 2017 en Palm Beach, la ciudad del sur de Florida donde Churchill solía descansar y pintar. Esa muestra fue posible gracias al National Churchill Museum de Westminster College (Fulton, Missouri). Churchill pintó en Palm Beach algunas marinas que realizó desde su carpa privada en el Surf Club, un lugar exclusivo abierto en 1930 para acoger a visitantes famosos de esta ciudad costera. Según los organizadores de la exposición, Churchill pintó unas 500 acuarelas hasta 1965, el año de su muerte; y que el que fuera primer ministro británico (1940-1945 y 1951-1955) solía decir que la «alegría se mueve en una caja de pinturas al agua».
Y dicho esto, continuamos con el artículo de sir Winston Churchill “La pintura como pasatiempo”:
“La peinture a l’huile
Est bien difficile,
Mais c’est beaucoup plus beau
Que la peinture a l’ eau.
No digo nada en desdoro de la acuarela. Pero no hay nada como la pintura al óleo. .
Tenéis a vuestra disposición un medio que os ofrece un poder efectivo, tan sólo con que descubráis la manera de utilizarlo. Además es más fácil recorrer una mayor distancia en el camino que os proponéis seguir, empleando el óleo que la aguada. Ante todo, podéis corregir los errores mucho más fácilmente. Un enérgico empleo de la espátula puede hacer desaparecer como por encanto la sangre y las lágrimas derramadas en una mañana por la tela y permite comenzar de nuevo. El lienzo se presta admirablemente para incorporar las impresiones pesadas. En segundo lugar, podéis afrontar vuestro problema desde cualquier dirección. Podéis dar pinceladas donde os plazca, empezando, si queréis, por una composición central de tonos medios y lanzaros después a los tonos brillantes cuando el momento psicológico llegue. Finalmente, el color mismo es una materia simpatiquísima de manejar (si es que no se decide a tomar venganza de vosotros). Podéis demoraros en probaturas. Podéis alterar vuestros proyectos conforme a las exigencias de las horas y del tiempo que haga. Y siempre, no lo olvidéis, podéis hacerla desaparecer todo raspando, simplemente.
El hecho de pintar es ya una diversión por sí mismo, los colores que vais a usar son gratos a la vista, y resulta delicioso el verlos salir cuando oprimís el tubo. Igualarlos – aunque imperfectamente – con los que veis, es fascinador y por completo absorbente. Tratad de hacerla, sino lo habéis hecho, antes de morir. Cuando uno comienza lentamente a emanciparse de las dificultades de elegir el color preciso y extenderlo en los lugares precisos y de la manera precisa, otras y más amplias consideraciones se os presentan.
Uno empieza a ver, por ejemplo, que pintar un cuadro es como librar una batalla; y tratar de pintar un cuadro es, supongo, como tratar de librar una batalla. Y aun es más emocionante que librarla con éxito. Pero el principio es el mismo. Es la misma clase de problema, pues no es otra cosa que desarrollar un largo, sostenido, disputado argumento. Es una proposición que, conste o no de partes numerosas, está presidida por una simple unidad de concepción. Y pensamos – aunque no lo podemos decir – que pintar un gran cuadro tiene que requerir un gran talento. Precisa tener esa visión de conjunto que abarca el principio, el fin, el total y cada una de las partes, como una impresión instantánea que el espíritu mantiene vívida, tenaz, infatigablemente. Cuando contemplamos los mayores cuadros de Turner – lienzos que tienen yardas de ancho y alto – y observamos que están todos hechos de una sola pieza y representan un solo segundo de tiempo, y que cada uno de los innumerables detalles, por pequeños, por distantes, por subalternos que sean, se presenta naturalmente y en su verdadera proporción y relación, sin esfuerzo, sin defecto, tenemos que sentirnos en presencia de una manifestación intelectual pareja en calidad e intensidad a las más hermosas proezas de la acción bélica, de la oratoria forense, de la especulación filosófica o científica.
En todas las batallas, dos cosas se requieren principalmente de un General en Jefe: que conciba un buen plan para su ejército y que disponga de fuertes reservas. Entrambas son obligatorias para el pintor. Hacer un plan, para lo cual se necesita un conocimiento completo del país donde va a reñirse la batalla. Sus campos y montañas, sus ríos, sus puentes, sus árboles, sus Bores, su atmósfera, todo reclama y requiere atenta observación desde un determinado punto de vista. Uno se maravilla al darse cuenta del gran número de cosas que hay en el paisaje, en cada objeto de él, que jamás habíamos echado de ver antes. Y esto constituye el enorme placer de ver añadidos nuevos motivos de interés, objetivos nuevos, a nuestros paseos y a nuestros viajes. .
Tantos colores en la falda del monte, y todos diferentes según están a la sombra o a la luz; esos brillantes reflejos del estanque, cada uno en un tono más bajo que el color que repite; aquellas luces bellísimas, dorando o plateando ‘superficies o contornos, y todas exquisitamente teñidas de pálidos colores, rosa, naranja, verde o violeta. Yo me sorprendo a mí mismo en mis paseos, notando instintivamete el tono y el carácter de una hoja, las purpúreas sombras de ensueño que proyectan las montañas, los delicados encajes de las ramas en invierno, las lívidas siluetas de los lejanos horizontes. ¡Y yo había vivido durante cuarenta años sin haberme dado cuenta de ello, excepto de una manera general, como cuando se ve a una muchedumbre y se dice: « ¡ Qué gran gentío!»
Creo que este agudo sentido de observación de la Naturaleza es uno de los mayores deleites que me han proporcionado mis probaturas de pintor. Sin duda muchas gentes que son amantes del arte lo han adquirido en alto grado sin necesidad de la práctica de la pintura. Pero yo entiendo que nada hará observar más distinta y agudamente que las dificultades a que uno tiene que hacer frente cuando trata de representar las cosas observadas. y advertir, si observáis con justeza y refinamiento, y retenéis lo visto con pasable exactitud, que los resultados se obtienen en el lienzo con pasmosa obediencia. Basta con que solamente hayáis captado y fielmente retenido cuatro o cinco de los principales rasgos para que ellos por sí solos os sirvan para evitar un .completo fracaso o conseguir un mediano éxito. Contestad correctamente y bien a cinco de las principales preguntas de entre los centenares de ellas que figuran en el cuestionario de examen y, aunque no ganéis el premio, habréis conseguido sin ,duda un modesto aprobado.
Mas para hacer su plan, el General no debe limitarse a reconocer el campo de batalla, necesita conocer también las hazañas de los grandes capitanes del pasado. Debe contrastar las observaciones que ha recogido sobre el terreno con el tratamiento que han empleado ante análogos datos los jefes famosos. Entonces las pinacotecas de Europa adquieren un nuevo – y para mí al menos rigurosamente práctico interés. Así, pues, es como… pintaba una catarata. Exactamente, y aquella es precisamente la misma luz que yo advertí la semana pasada en la cascada de X… y así sucesivamente. Veis las dificultades con que luchabais ayer; y percibís cuán fácilmente han sido vencidas por un grande o hasta por un hábil pintor. No solamente se ha enriquecido y desarrollado vuestra observación de la Naturaleza sino que contempláis las obras maestras del arte con ojos comprensivos y analizadores.”
Continuaremos el artículo en nuevo apartado que titularemos “3. Contemplación de la armonía”, no porque así lo haga Churchill, sino como iniciativa nuestra para distinguir nuestros artículos, ya que el de sir Winston es solo uno y no incluye apartados.