Por Javier Pardo de Santayana

(Viñeta de Ramón en El Norte de Castilla el pasado día 20)
En estos tiempos de restricción de movimientos en que muchos de nosotros hemos de permanecer en nuestras casas todo el santo día, uno de los recursos que encontramos consiste en ocupar el tiempo contemplando la televisión, con lo cual habremos pasado una gran parte del encierro buscando programas atrayentes. Por ejemplo, consistentes en determinados concursos que nos permiten implicarnos en la contestación de preguntas que someterán a prueba nuestra imaginación y nuestro grado de cultura.
Mas la jornada es larga, y no nos bastará con eso, sino que tendremos que elegir también entre las películas que cubren determinadas horas de la sobremesa. Y entonces podremos darnos cuenta de hasta qué punto nos ha invadido el crimen como protagonista. Encontraremos, por ejemplo, toda una serie de asesinatos productores de cadáveres quemados que nos permitirán conocer todos los recovecos de una osamenta humana chamuscada. O bien optar por una serie más variada mediante el seguimiento de todas las variantes de la muerte a través de las imaginativas ideas exhibidas por un nutrido grupo de mentes criminales. O pretender la variedad geográfica eligiendo lugares donde reina el crimen, como Nueva York, Las Vegas, Hawái o Miami, en donde, por lo visto, los asesinatos tienen algunos rasgos peculiares. Hasta – fíjese usted a qué llegamos – podríamos optar por una serie en la que el protagonista es un pacífico párroco católico que supera a la misma policía a la hora de resolver los crímenes que curiosamente se concentran hasta hacerse, supongo, casi diarios, en un pequeño pueblo.
Así que tendremos ocasión de contemplar repetidamente y con el mayor detalle esqueletos, heridas y cadáveres tanto completos como fragmentados y en toda clase de apariencias macabras, lugares y situaciones críticas, con lo cual lógicamente me pregunto qué concepto adquiriría de nosotros un ser extraterrestre que por casualidad llegara a este planeta y se interesara por saber lo que es la raza humana observando lo que ésta relata de sí misma, pues supongo que regresaría a toda prisa a su vehículo para alejarse cuanto antes de nosotros.
Claro que también reflexiono sobre las dificultades que deben encontrarse, no sólo para – como sucede con cualquier película – escribir un relato que resulte creíble, sino incluso para encontrar la inspiración, que ha de basarse necesariamente en un conocimiento muy específico del crimen y en una experiencia que tan sólo pueden adquirir los especialistas e investigadores reales, es decir, las únicas personas que están en condiciones de poder sugerir temas, derivaciones y detalles propios.
Muertes sobre más muertes como vemos, por cuanto la razón por la que me vengo refiriendo a tanta muerte trágica fingida es precisamente el encierro obligado al que nos encontramos constreñidos por una pandemia universal que nos ha vuelto del revés desde hace ya algo más de un año. Así que cualquiera puede imaginarse nuestro asombro al ver cómo nuestros propios gobernantes piensan que ahora es nada menos que el momento de añadir más muerte a aquella muerte que ya nos tenía acogotados y, en esta situación casi desesperada en que nos muestran diariamente la posibilidad de acabar siendo las víctimas de un mal que conduce a la tumba a un alto porcentaje de españoles, colarnos la eutanasia sin contar con nadie y aprovechando los resquicios de las leyes, que así funciona hoy nuestra democracia.
Y, para mayor vergüenza, osar aplaudirse a sí mismos con repugnantes aires de victoria, con lo cual uno no puede dejar de preguntarse cómo es posible que quienes debieran ser nuestros mentores se atrevan incluso a alardear de lo que parece a todas luces una dudosa broma de mal gusto.