Por Javier Pardo de Santayana

(Viñeta de Ramón en El Norte de Castilla el pasado día 12 de marzo)
Escribo estas líneas en el marco de una Semana Santa coincidente con un peculiar y quizás irrepetible estado de las cosas que lo trasciende todo y que parece apelar precisamente al ambiente de reflexión y conversión que es propio de estos días.
Intentaré describirlo: se trata de una acumulación de circunstancias y de hechos preocupantes que no sólo pesan sobre nosotros y nuestra sociedad todos los días sino de forma total y continua en todo el mundo y en todos los aspectos de la vida: un fenómeno que supera incluso en su globalidad a aquellas situaciones experimentadas en la guerra; una combinación brutal de circunstancias que hoy nos alejan de aquellos sueños de posible mejora continua que tan sólo hace veinte años vislumbrábamos. Lo cual quiere decir que ahora vivimos una enojosa realidad que se caracteriza por una sensación de desguace total que ya definitivamente nos aleja del horizonte luminoso de paz protegida y perfección continua que estuvimos en trance de alcanzar dentro del marco de aquella “Sociedad del Bienestar” abanderada por los países de Occidente.
El rasgo más llamativo de esta situación indeseable en la que se han convertido aquellos sueños que parecían estar a nuestro alcance es nada menos que la existencia cierta de un el peligro de muerte y de extinción que nos impone un virus implacable que se extiende con rapidez por todo el orbe y hace de la globalización su aliado: una amenaza activa y diligente cuya repercusión alcanza al mundo entero y con él a todo nuestro entorno, poniendo así patas arriba la complejísima organización social en que vivíamos. Así nos hallamos ahora inmersos en una situación descabellada que lo transforma todo repercutiendo de tal modo en la realidad que nos circunda que hace difícil mantener los mecanismos de acción y relación con los que hasta ahora mantuvimos en funcionamiento activo aquella compleja sociedad humana con la que inauguramos el siglo XXI. Incluso quedarían afectadas cosas tan esenciales como la propia percepción del tiempo o de las relaciones personales y sociales, tocadas por la imposición de un aislamiento que disloca actitudes e impone nuevas normas. En consecuencia, los planes cambiarán para adaptarse a lo desconocido de un futuro difícilmente imaginable y a un entorno de desorientación y de perplejidad que nos obliga a situarnos de nuevo incluso en lo estrictamente esencial al tiempo que a todos nos empuja a modificar nuestros comportamientos.
El surrealista panorama resultante pude resumirse en unas sencillas aulas de primaria con las ventanas abiertas en pleno mes de enero, políticos que se saludan con los codos en los que previamente estornudaron siguiendo las indicaciones oficiales, empleados trabajando con sus ordenadores incluso desde el extranjero, templos sin agua bendita y sacerdotes con mascarillas tapándoles la boca, finales de la Copa del Rey de fútbol sin su público y con asistentes falsos, médicos recetando las medicinas por teléfono y prescindiendo de ver a su paciente, lavamanos por todas las esquinas… Y enfermos que se van al otro mundo sin que nadie se entere, boca abajo y sin otra vista que un paisaje de tubos y respiradores. O la imagen surrealista de gentes despistadas en espera de que por fin les inyecten sus vacunas y de esta forma se produzca el gran milagro, mientras una generación de políticos de baja estofa aprovecha tan penosas circunstancias para colar cambios legales en beneficio de sí mismos.
Panorama éste que no es sino el retrato de una sociedad sumida en la inseguridad y la perplejidad más absoluta, desorientada y confusa ante el impuesto cambio de valores y la incapacidad para entender lo que hoy sucede; en resumidas cuentas, la perspectiva de una nación que, obnubilada por los nuevos dioses de la corrección social, ha roto con su propia cultura milenaria y cuyos jóvenes parecen haber perdido ya definitivamente la fe y la visión de sus mayores abandonando así cualquier idea de generosidad, entrega y disciplina a la hora de proteger la vida ajena y aún la propia. Una juventud que ya no encuentra problema moral en convertirse en culpable de la muerte del otro.
Así que dígame usted si no estamos viviendo una Semana Santa que más que ninguna otra de cuantas habíamos vivido mueve a la reflexión y al propósito de enmienda.