Churchill : La pintura como pasatiempo. Y 4. La necesaria memoria visual

Por José María Arévalo

(Acuarela de Churchill)                     

Les decía en los artículos anteriores de esta serie, que vamos a reproducir el de Winston S. Churchill “La pintura como pasatiempo”, último artículo del libro “PENSAMIENTOS Y AVENTURAS”, con traducción de Pedro Fraga de Porto, publicada por Janés, Los libros de nuestro tiempo, en 1944, cuya primera edición me ha facilitado Feli Paramio, y en el cual cuenta Churchill cómo y  por qué se dedicó en sus últimos años a la `pintura, y da su opinión sobre lo mucho que puede satisfacer esta afición y lo que ganan con ella quienes la practican; una delicia de apología de la pintura y su arte.

“No habiéndome interesado –concluye su artículo sir Winston- los cuadros hasta que ensayé a pintar, carecía de opiniones preconcebidas. Sentía, por razones que yo no podría penetrar, que me gustaban unos mucho más que otros. Me sorprendía e! ver que otra persona, con solo una somera observación de mi obra, fuese capaz de adivinar con tanta seguridad un gusto que, conscientemente, yo jamás había formado. Decía mi amigo que no daña el no conocer absolutamente nada de cuadros siempre que se tenga una inteligencia entrenada en otras materias, y un reciente y fuerte interés por la pintura. Allí están los elementos para poder formar un buen gusto en arte, con tiempo y guía, y no hay en el camino ni obstáculo ni imperfectas concepciones. Creo que esto es verdad. Desde luego la última parte es verdad.

Una vez que empezáis a estudiarla, encontráis que toda la Naturaleza es igualmente interesante y está igualmente cargada de belleza. Me mostraron un cuadro de Cézanne, que no era otra cosa que la pared blanca de una casa, pero que el pintor había tratado hábilmente con las más delicadas luces y colores. Ahora yo a mi vez me distraigo al ver una pared o cualquier otra superficie plana tratando de distinguir todos los diferentes colores y matices que pueden discernirse en ella, y considerando si proceden de reflejos o del color natural. Os quedaréis asombrados, la primera vez que lo intentéis, al ver cuántos y cuán bellos colores hay en los más vulgares objetos y con cuanto mayor cuidado y frecuencia los miráis, más variáciones percibís en ellos.

Pero éstas no son razones para limitarse a los más llanos y ordinarios objetos y escenas. La mera belleza de un escenario no se precisa, tened la seguridad, para hacer un bello cuadro. En realidad los bellos lugares, artificiosamente dispuestos, son a menudo obstáculo para una buena pintura. La Naturaleza no suele incoar doble proceso de hermoseamiento: una capa de idealismo sobre otra resulta algo excesivo. Pero un vívido escenario, una brillante atmósfera, puras y encantadoras luces, emotivos contrastes, al mismo tiempo que hieren la vista, suscitan un interés y un entusiasmo que se reflejará sin duda en la obra que intentéis hacer y la hará aparecer más fácil.

Sería interesante que alguna autoridad verdadera investigase con cuidado el papel que la memoria desempeña en la pintura. Miramos al modelo con una mirada intensa, luego a la paleta y, por último, al lienzo. Éste recibe un mensaje despachado muy pocos segundos antes por el objeto que reproducimos. Pero tiene que pasar por una estafeta en route. Ha sido transmitido con clave.. Ha sido transformado de luz en pintura. Un criptograma llega a la tela. Y hasta que no ha sido colocado en correcta relación con todas las demás casas que están en el lienzo, su significado no es  patente, tiene que ser traducido de nuevo de simple pintura en luz. Y la luz ahora no es de Natura sino de Arte. Este considerable proceso, en su conjunto, es tramitado rapidísimamente en alas o sobre las ruedas de la memoria. En la mayoría de los casos nos parece que es en sus alas, aéreas y raudas, como una mariposa de flor en flor.

Pero todo el tráfico pasado y todo el que tiene que hacer un largo viaje debe viajar sobre ruedas.

Al pintar al aire libre, la sucesión de acciones es tan rápida que el proceso de su traslado al color y de éste al lienzo puede parecer maquinal. Pero todos los grandes paisajes han sido pintados de puertas adentro, y a veces hasta mucho después de que las primeras impresiones fueron recibidas. En una celda sombría el maestro holandés o italiano reproducía, recreaba el. hielo reverberante de un carnaval neerIandés o la brillante luz solar de Venecia o la Campania. Para ello, pues, se requiere una formidable memoria visual. No solamente desarrollamos nuestro poder de observación, sino también el de conservar y conducir nuestro recuerdo a través de medios extraños y de reproducirIos horas, días, y hasta meses después de que la escena se ha desvanecido o ha muerto la luz del sol.

Me refirió un amigo que cuando Whistler dirigía una academia en París, hacía que sus discípulos observasen el modelo en el piso bajo y lo reprodujesen en el piso de más arriba. Cuando estaban más adelantados, les hacía poner sus caballetes en otro piso superior, hasta que, por fin, la élite trepaba con su imagen en la mente seis pisos más, hasta e! ático, rogando que no se les evaporasen en el camino. Quizá esto no sea más que un cuento. Pero demuestra efectivamente cuánta importancia tiene para un artista una memoria entrenada, retentiva, feliz; e inversamente cuán útil ejercicio es la pintura para el desarrollo de una fiel y retentiva memoria.

No hay mejor ejercicio para el principiante que estudiar y asimilar un cuadro, y después, sin volverIo a mirar, intentar reproducirIo al día siguiente. Nada puede medir más exactamente el progreso de la observación y de la memoria. Todavía es más difícil componer una concepción completa y sin muchas impresiones parciales y bien recogidas, ayudadas si puede ser por ‘bocetos y notas de color. Pero ésta es la única manera en que han sido pintados – o pueden ser pintados – los grandes paisajes. El mismo tamaño del lienzo estorba su manejo fuera del estudio. La luz huidiza impone un riguroso límite de tiempo. La misma luz no vuelve jamás. No se puede insistir día tras día sin que el cuadro se pase. El pintor debe optar entre una rápida impresión, fresca, cálida, vívida, pero probablemente merecedora solo de corta vida; y el frío, profundo, intenso esfuerzo de memoria, conocimientos y fuerza de voluntad, prolongado quizá por semanas, solamente del cual puede resultar una obra maestra. Pero es mucho mejor no afanarse demasiado buscándolas. Dejad a los maestros del arte, adiestrados por una vida de devoción, el admirable proceso de construcción y creación pictóricas. Id a la luz del sol y sed felices con lo que veáis.

La pintura, como distracción, es .completa. Yo no sé de nada que, sin agotar el cuerpo, absorba más totalmente la imaginación. Cualesquiera que sean las preocupaciones de la hora, o las amenazas del futuro; una vez que la. pintura ha empezado a invadirla, no hay espacio para ellas en la pantalla mental. Se desvanecen en la obscuridad y en la sombra. Todas las propias luces del espíritu se concentran en la tarea. El tiempo se mantiene a una prudente distancia, y sólo después de muchas vacilaciones, la llamada a comer golpea malhumorada la puerta. Cuando he tenido que permanecer de pie en una parada o, incluso, pena me da decido, en la iglesia, por espacio de media hora, siempre he sentido que la posición erguida no es natural en el hombre, que sólo fue penosamente adquirida y que sólo se mantiene a fuerza de dificultad y de fatiga. Pero nadie que sea aficionado a la pintura halla la menor incomodidad, en tanto el interés perdura, en pasarse pintando de pie tres o cuatro horas de un tirón.

Por último, dejadme decir algo de la pintura como incentivo de los viajes. No hay nada como ello. Todos los días y todo el día son susceptibles de llenarse con sus expediciones y con su ocupación y, de una manera barata, al alcance de todos, inocente, absorbente, reparadora. El vano tráfago del turista cede ante el sereno goce del filósofo, intensificado por un sentimiento dominante de acción y propósito de lograr un empeño.

Cada país donde el sol brilla y cada parte de él constituyen tema por sí mismos. Las luces, la atmósfera, el aspecto, el espíritu, todo es diferente; pero todos tienen su peculiar encanto. Aunque no seáis más que un pobre pintor podéis sentir la influencia del escenario, guiando vuestro pincel, seleccionando los tubos, extendiendo sus colores en la paleta. Aunque no podáis reproducido tal cual lo veis, lo sentiréis, lo conoceréis y lo admiraréis para siempre. Cuando las gentes se lanzan en los trenes a través de Europa desde una resplandeciente ciudad de trabajo o placer a otra, pasando -costosísimamente- por una serie de gigantescos hoteles y estrepitosos carnavales, no saben lo que se pierden, y cuántas cosas inapreciables podrían ser .obtenidas casi sin gasto alguno. El pintor vaga errante y contento de sitio en sitio, siempre en acecho de la brillante mariposa del cuadro, que puede ser cogida, conservada y transportada felizmente a casa.

Ahora empieza a gustarme pintar aún en los días sombríos. Pero en mis ardientes comienzos reclamaba la luz del sol. Sir William Orpen me aconsejó que visitase Avignon a causa de su admirable luz, y ciertamente no hay centro más delicioso para las actividades de un pintor en ciernes; después Egipto, violento y brillante, presentando en infinita variedad el único tema triple del Nilo, el desierto, el sol; o Palestina, tierra de rara belleza – la belleza de la turquesa y del ópalo – que bien merece la atención de algún verdadero artista, y jamás ha sido pintada con la extensión e intensidad que le son debidas. ¿ Y qué decir de la India ? ¿Quién ha interpretado jamás su lúgubre esplendor? Pero después de todo, y sólo con que el sol quiera brillar, no se necesita ir más allá del propio país de cada uno. Nada hay más intenso que el bruñido acero y el oro de un arroyo escocés de las tierras altas; y a la aurora y al ocaso de casi todos los días, el Támesis despliega para los ciudadanos de Londres glorias y deleites, que es preciso viajar muy lejos para hallarles rival.

FIN”

Así acaba el artículo de Churchill. A principios del pasado mes de febrero llegaba la noticia de que Angelina Jolie  subastaba el único cuadro que Churchill pintó en la Segunda Guerra Mundial, con un precio estimado de entre 1,5 millones y 2,5 millones de libras (entre 1,7 millones y 2,8 millones de euros) y al final se ha vendido en 8 millones de euros. Titulado “`Torre de la Mezquita Koutobia”, el cuadro, que retrata una mezquita del siglo XII bajo una puesta de sol marroquí, fue un regalo de Churchill a Roosevelt tras la Conferencia de Casablanca de 1943, donde pactaron la estrategia para vencer a la Alemania nazi.

(Cuadro subastado ahora)

Tras el evento, el líder británico invitó a su homólogo norteamericano a pasear por Marrakech para mostrarle las vistas de la ciudad y la luz del atardecer, una escena que impresionó tanto a Roosevelt que Churchill decidió inmortalizarla como recuerdo de la conferencia.

Churchill empezó a recrear escenas de Marruecos a partir de 1935, cuando su tutor de pintura, John Lavery, lo alentó a visitar el país. El cuadro que subastará Jolie, uno del medio centenar que Churchill dedicó a Marruecos, aspira a alcanzar uno de los precios más altos para las pinturas del ‘premier’ en una subasta.

 

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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