Por Javier Pardo de Santayana

(Foto de familia antigua)
No sé si nos hemos dado cuenta de que por primera vez en la Historia contamos con los medios que nos permiten detenernos a considerar, y quizá resolver, el problema de que nuestro efímero paso por la vida pueda quedar registrado y, en consecuencia, conservado en el futuro incluso en su totalidad y visualmente. Con la posibilidad, además, de que la solución que pueda alcanzarse resulte accesible a quien se lo proponga. No es difícil imaginar la repercusión que esto supone en el recuerdo conservado de nosotros mismos, así que ahora el problema se sitúa en el lugar opuesto al clásico, puesto que pasaremos de buscar la materialización de los recuerdos a intentar encontrar espacio material para guardarlos, porque todos vivimos el presente, que es de verdad lo nuestro, ya que todo lo que existió no es sino pasado, mientras que el presente y el futuro están como encapsulados alrededor de nuestro propio yo, y por el momento cuanto exista fuera de ellos poco parece importarnos. Y sin embargo sí que nos inquieta cuál es el recuerdo que dejamos y cuáles serán las huellas que dejemos y hasta qué punto puedan interesar al resto de la gente o qué quedará en el futuro de nosotros: cosas que ahora nos preguntamos sin encontrar respuesta.
Sólo mirando hacia atrás sí constatamos que hasta la generación que nos precede lo único que queda de nuestros predecesores hoy en día es, como mucho, un par de fotos generalmente de estudio con pose incluida y no siempre con la especificación incluida de los nombres. Y si nos vamos unas pocas generaciones más atrás puede decirse que nos ponemos casi en lo mismo que ya había desde el comienzo de los siglos, cuando casi tan sólo los monarcas legaban la posibilidad de conocer sus rostros, y de lo demás tan sólo perduraba la labor de los artistas y escritores.
Ahora, en cambio, el problema es el contrario, o sea el de la sobreabundancia, porque en esto el hombre ha pasado bruscamente de un extremo a otro, es decir, de la nada a la saturación. Casi recién descubierta la posibilidad de perpetuarnos hemos de resolver el problema de ver cómo ponemos límites a la excesiva abundancia de huellas y recuerdos.
De lo cual no creo que haya duda cuando en nuestras propias vidas vemos como nuestros nietos fotografían febrilmente cuanto a su alrededor encuentran: desde esa puesta de sol que descubrieron, o aquel bebé recién nacido, hasta la tortilla de patatas de la cena.
La cuestión es, pues, cómo podríamos conservarlo todo, porque la actual generación de bisabuelos es la primera que se plantea “cómo hacerlo”. En mi caso, si sirve como ejemplo, mis padres nos dejaron a los hijos sendos álbumes de cuando vivíamos juntos todavía, pero éstos contenían como es lógico un número asequible de fotos mientras que hoy su número ha crecido de forma tan considerable que habría que destruir o almacenar la mayor parte.
Pero lo fundamental será ver cómo se supone que acabará la cosa. Porque mi generación es más o menos la primera a la que se le plantea este problema cuando carece aún de perspectiva. Por ejemplo, nos hace preguntarnos si no sería preferible dejar para el recuerdo solamente un conjunto de fotos escogidas por significativas, como también de escritos y objetos que se identifican con lo que fue su paso por la vida. Y la cuestión será qué hacer con ello, puesto que se hará duro destruirlo.
Afortunadamente ya contamos con recursos para conseguir gran parte del intento, pero habrá de pasar tiempo antes de que solucionemos el problema de conservar lo conveniente y deshacernos de lo verdaderamente inútil aplicando un mínimo respeto. Contamos, desde luego, con el ordenador y hasta con una nube misteriosa a la hora del almacenamiento, pero la acumulación excesiva es contraproducente toda vez que acarrea el peligro de desaparición por procesos naturales de limitación de espacios o por decaimiento del simple interés de las familias, y en todo caso todavía es muy pronto puesto que no está claro en qué sentido evolucionará el progreso.
He citado el interés de las familias por la conservación de huellas del pasado, y en este aspecto todavía estamos lejos de poder detectar si la posibilidad de atenderla que ofrecen los avances tecnológicos ya consolidados – y no digamos los que surgirán en el futuro – servirán o no de acicate para que en las familias surjan vocaciones de investigación del pasado de sus deudos. Estamos, pues, en un momento interesante y difícilmente manejable a la hora de revisar lo que legamos de nosotros mismos, como también de una toma de conciencia de que nuestra generación es, sin exagerar, en este aspecto única.
Sí, única, puesto que nunca antes de ella se planteó la posibilidad de que las huellas de los hombres no desaparecieran sumidas con el tiempo en el olvido por la simple incapacidad de conservarlas, mientras que para conseguirlo ahora el problema es simplemente “el cómo”.