Las Puertas del Príncipe Alfonso, en el Campo Grande

Por José María Arévalo

(Puertas del Campo Grande desde el paseo de Filipinos)

En el año 2003 obtuve el Primer Premio del concurso  de Pintura rápida del Ayuntamiento de Valladolid, en la modalidad de Acuarela, con una vista de la puerta del oeste del Campo Grande, que ahora me entero que se llama Puerta o Puertas del Príncipe Alfonso por un artículo de Jesús Anta en El Día de Valladolid que cuenta su historia. La verdad es que la acuarelilla me salió bordada, añadiendo a los verdes de los árboles que cubren la Puerta y sus leones de piedra, unos rojos que le iban muy bien para dar las sombras. Tuvo el premio más mérito porque ese año –como otros antes y después- concursaban varios famosos acuarelistas del norte y del centro, que se dedicaron a pintar la calle Santiago, que también entraba en el concurso, todos desde el cruce con Claudio Moyano, que no es la mejor vista de Santiago –no recuerdo si la convocatoria incluía solo ese primer tramo-, así que gustó al jurado más mi acuarelilla de casi principiante –solo tres años llevaba entonces trabajando esta tan difícil técnica de la acuarela-. Uno de los maestros con quien competí era Paco Revelles, que falleció mientras pintaba, un par de años después, a las afueras de la localidad en la que  asistía a un concurso. También participaba cuando gané el premio mi maestro, Buendía, y colocado justo al otro lado de las puertas donde yo pintaba –yo estaba en el paseo principal casi a la altura del estanque-, es decir, desde el paseo de Filipinos; le quedó una acuarela muy limpia con la puerta y los leones de tema principal, casi sin árboles. En fin, que nunca se sabe cuándo aciertas pintando y cuando no. Mi acuarela ganadora –de la que no tengo foto- puede verse colgada en el centro cívico que hay junto al mercado del Campillo.

Así que me hizo ilusión ver en  el periódico la historia de las Puertas del Príncipe Alfonso, poco conocida creo yo, así que vamos a reproducirla:

Es el caso –escribía Jesús Anta- que las puertas que ahora vemos son el resultado de varias edificaciones sucesivas a partir de 1849, y cuyo origen está en hacer una noble entrada de la carretera de Madrid, cuyo trazado en aquellos años, atravesaba el Campo Grande para unirse con la calle Santiago. Las llamaron Puertas de Madrid. Por cierto, la calle Santiago todavía conservaba su puerta en aquellos tiempos, del Campo se llamaba.

Tan importantes eran, que cuando se estaba pensando en erigir la fuente de la Fama en honor al alcalde Miguel Íscar, esta se puso en un lugar del Campo Grande que no estorbara al tránsito bajo las puertas, tal como relata María Antonia Virgili Blanquet en su libro ‘Desarrollo urbanístico y arquitectónico de Valladolid (1851-1936)’. En realidad estas puertas estaban pensadas como parte de la verja con la que el Ayuntamiento quería cerrar el Campo Grande. Una verja que, sin embargo, tardó mucho tiempo en construirse.

La noble entrada a Valladolid

Muchas vueltas han dado las puertas del Campo Grande desde que en 1849 se construyeron las primeras. Unas puertas que fueron la noble entrada a Valladolid por su principal vía de comunicación: la carretera de Madrid. Pero también de los viajeros que venían a la ciudad en ferrocarril  cuando la primera estación estaba junto al Arco de Ladrillo.

El Campo Grande es el gran jardín de Valladolid: por su historia, flora, y construcciones ornamentales. Entre los ornamentos, el lago, la gruta con su cascada, las esculturas, pajareras y las fuentes, sin duda,  son los más conocidos. Pero, seguramente en lo que menos nos fijamos los vallisoletanos, es en las Puertas del Príncipe. Y no porque tengan interés menor, pues tienen su historia.

Visita de Isabel II

De pobre aspecto y de materiales precarios debieron ser las primeras puertas, a todas luces indignas, tal como relata María Antonia Fernández del Hoyo en su impagable libro ‘Desarrollo urbano y proceso histórico del Campo Grande de Valladolid’. Así que diez años después ya se pensó en unas nuevas, sobre todo porque en julio de 1858 la Reina Isabel II, acompañada de su hijo el príncipe Alfonso, iba a visitar la ciudad. No se sabe con seguridad lo que verdaderamente estaba construido para aquella visita, pero el Ayuntamiento pasó a llamarlas Puertas del Príncipe Alfonso. Pero no debían estar verdaderamente acabadas, pues apenas se marchó el cortejo real,  el Ayuntamiento se propuso terminar aquella obra. Es el caso que entre unas administraciones y otras, se consiguió presupuesto para que en 1860 se terminaran las columnas y muretes, construidos en noble piedra, incluidos los motivos artísticos, que se encomendaron al escultor Nicolás Fernández de la Oliva (el mismo que firma la escultura de Cervantes en la plaza de la Universidad, entre otras). Pero… las verjas de hierro aún tendrán que esperar unos años para estar definitivamente instaladas.

(Paseo interior del Campo Grande visto desde las puertas del Príncipe)

A finales de los 60 ya estaba terminada tan digna entrada a la ciudad, con sus recias columnas de piedra de Campaspero, sus enrejados y  tres puertas. En 1868, con la Revolución que destronó a Isabel II y la mandó al exilio, el municipio cambió el nombre de las puertas por el de Béjar, pero  cuando retornó la monarquía a España,  se volvió a ponerlas el nombre alfonsino.

Volvieron los leones

Las puertas terminaron por ser decorativas cuando la carretera de Madrid dejó de pasar por ellas. Un nuevo replanteamiento de la urbanización del Campo Grande llevó a que en 1895  se desplazaran unos metros y, en ese desmontar y volver a montar, se perdieron algunos de los ornamentos que las decoraban: el escudo de la ciudad, o acaso el real,  y dos leones que parece que en su día esculpió Fernández de la Oliva. La rehabilitación en 1998 de las puertas, que culminó la obra del actual enverjado que rodea todo el Campo Grande, incluyó no solo la limpieza de la blanca piedra de Campaspero, sino también la instalación de unas nuevas puertas de hierro.  Y esta obra tuvo el acierto de volver a colocar leones en las dos columnas octogonales, en una postura  que imitan los que coronan las puertas de acceso al viejo vivero municipal del paseo de Isabel la Católica. Los ha labrado al escultor vallisoletano Rodrigo de la Torre Martín-Romo, un restaurador y cantero de reconocido prestigio nacional en su gremio.

Y esta es la historia de las Puertas del Príncipe, de Béjar, o de Madrid, llena de avatares, en definitiva las puertas comúnmente conocidas como de los leones del Campo Grande.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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