Por Carlos de Bustamante

(Rebaño)
No vayan a pensar mis amigos y probables únicos lectores que las ovejas hibernan como los osos y otros animales que, tras acumular grasas y reservas en sus cuerpos duermen plácidamente durante los largos meses del invierno. No. Con este título me refiero al período, tan distinto, que han de pasar las churrillas durante la estación en la que escasean los pastos o ni siquiera los hay en el campo. Campo que, este sí, duerme en lo que a vegetación se refiere.
Como bien sabemos, los animales que hibernan, acumulan las reservas dichas en sus cuerpos a base de alimentación abundante en las estaciones precedentes: primavera, verano y otoño.
Era, pues, preciso acumular los alimentos adecuados en atención de los muchos días que el ganado ha de permanecer estabulado durante la crudeza del invierno. En la Dehesa, la alfalfa, como forraje para ellos, fue cultivo de importancia singular. Con siete cortas por cada hectárea de alfalfar, muy pronto el enorme almacén en el piso superior de la cuadra quedó repleta de alfalfa empacada o atada en pequeños haces.
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El termómetro marcaba doce grados bajo cero. Envueltos en mantas que saben de mil batallas, los tres pastores entraron cuasi arrecidos en el aprisco.
-Digo ó Marcia que sigún hiela, mejor quedarnos en casita al amor de la lumbre; que fuera, no sé ó ande van a cariar las uvejas si se las pué helar hasta el aliento, dijo Eutimio echando vaharadas de vapor `sigún´ `tiraba´ las palabras.
-Anda tontoanda, a vei te crees que con el abrigo que tién encima van siquiera a notar esta helada cojonuda, le contestó el mayoral al tiempo de `restriegarse´ el hielo de la boca bajo la manta. Soltar -añadió-, y vámonos con los hatajos al agrego de los robles en el monte, que velay que allí encuentren las uvejas alguna quiotra abellota.
– ¡A ver…!, exclamó Pedro, que permanecía callado por el tapabocas tan ´preto´ que no le dejaba `nian´ cuasi respirar.
Como en la estación en la que maduran las bellotas (perdón, las `abellotas´), los tres hatajos penetraron a la carrera en la espesura.
Una delicia para los ojos contemplar la estampa, del monte en lo más crudo del invierno castellano. Cada roble era un primor de guirnaldas de blancura impoluta. El hielo o la cencellada se posó sobre el follaje componiendo la imagen fantasmagórica de extraños seres venidos de`quisió ande´ cubiertos con largos manteos blancos; pero inimaginable en el lugar donde no ha mucho tiempo, fue placer de dioses adentrarse en la frescura de verde intenso en una vegetación tan exuberante que ` nian´ los rayos de un sol abrasador tenían acceso. Lugar hoy donde se cumplía a la letra el dicho popular referido a estos pagos de Castilla: “nueve meses de invierno (perdón, de `ivierno´) y tres de infierno”. Ahí en este bellísimo lugar de contrastes, las churrilllas encontraron `ande´ `cariar´ divinamente. `Abellotas´ que a su debido tiempo de maduración se resistieron a dejar la madre que les dio el ser, o que la maleza ocultó al apetito voraz del hatajo que las careó.
Cuando todo el ganado abandonó el monte tras los pastores, no parecía sino que hubieran salido del río como lo `hizon´después del esquileo. Algunas toses, ya en el aprisco, hicieron que Eutimio expresara su disgusto:
-Ya te decía ó, Marcia que mejor en casita. Áhura que mis churrillas están pa parir, sólo faltaba que malparieran por la lluvia de hielo y escarcha o lo que demontres sea, que les ha cáido encima, reprochó dolorido al mayoral.
Pronto se volvieron las tornas y con la lluvia entró la `blandura´ en las tierras. Pero enemigo el agua para las `uvejas´, dispuso Marcia no soltar y ´enllenar´ los comederos con alfalfa y las canales con pulpa fresca de remolacha, más `una miaja pienso´ para las de Eutimio que comenzaron la parición.
La vida en el aprisco fue `áhura´ de actividad inusitada. Los pastores se afanaban cuasi en `blanqueta´ por la calor que despedía el ganado. Al abrigo, si, de la lluvia que jarreaba a cantaros «caendo´ chuzos de punta, pero se les multiplicaba el trabajo. Tanto en distribuir pienso y forraje como en atender la parición. Al sucederse con frecuencia los partos múltiples en el hatajo de Eutimio, `tuvon´ que recurrir a nodrizas. Y ya fuera por el catarro cogido en el monte ya porque no siempre los lechazos vienen en `condiciones´, los tres tuvieron que hacer `quisió´ las veces de comadronas, ayudando en los partos difíciles. Acompañados por una orquesta de instrumentos desafinados -bronco el balido de las madres, atiplado el de los recién paridos-, pronto, y no por avezados en el oficio, sonrieron por el emparejamiento completo de las ovejas paridas.
Una delicia contemplar cómo las `criaturas´, en pie nada más nacer, acudían ansiosos a la teta de la madre, que les acogía amorosa, con las ubres repletas de leche que bajaba más fácilmente con los empellones de los hociquillos, curiosamente excitados por las caricias con los `morros´ de las madres en los rabillos que vibraban de `sastifación´ con el alimento tibio y apetitoso.
Después de muchos momentos de bullicio, poco a poco se hizo la calma. Comieron las paridas, jugueteaban los lechazos; y, al fin, dormitaron todos sin que cesara el `rumio´ en paridas, vacías o preñadas.
Pedro, que trabajó duro y callado, al tiempo de sacar la petaca con picadura de cuarterón y el librillo `zig-zag´ del papel de fumar exclamó:
– ¡Digo ó, Marcia que en tos los oficios se fuma!
– ¡A ver…!, aprobó contundente Eutimio.
Entonces y solo entonces, con la paz, quietud y silencio sonoros en el aprisco, dijo Marcia:
– ¡Chiquitos, aviado el ganau, vamos nusotros a comer un mordisco! Con la sonrisa puesta, los pastores dejan todas las labores y acuden a sus casas contiguas al lugar de trabajo `ande´ les espera el cocido que se `apretarán´ con apetito excelente tras horas de faenar sin descanso.