Por Carlos de Bustamante

(Ovejas. Acuarela de Etsy)
Antes de proseguir con esta nueva égloga, debo hacer una aclaración de la rareza…. en las expresiones de los personajes. Tened en cuenta, mis amigos y probables únicos lectores, que quien los escribe es un octogenario-próximo a nonagenario si Dios es servido- que vivió intensamente el campo y sus labores en los tiempos cuasi heroicos de los años 30-40 en los que, carentes del actual progreso en modos y medios no solo de trabajar la tierra, sino incluso del vivir diario. El español en general y los del campo en particular vivían aún anclados en un estado primitivo secular. Situación que caminaba pareja con la evidente falta de escolarización. Notoria carencia tanto en el desarrollo de labores en el campo como en las expresiones de sus gentes que eran asimismo, realmente primitivas.
Sin embargo, lejos de la incultura, nuestros personajes tenían la sabiduría popular, dignidad y valores proverbiales tales que, sin desaparecer en la actualidad, el progreso en medios de comunicación y mecanización han hecho disminuir muchas de sus peculiaridades.
Tanto en éstos como en numerosos escritos anteriores publicados en nuestro blog y otros muchos medios, es mi propósito rescatarlos del olvido. Es una indudable, aunque especial, cultura. Palabras ancestrales en el valle del Duero y muchas de ellas del román paladino usado por nuestros mayores con antecedentes camperos. Hoy en absoluto desuso. Os ruego, pues, mis amigos sepáis disculpar la reiteración de vocablos por exigencias del guión.
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Esponjosas las tierras, perdidos y pastizales por las lluvias y posteriores hielos y nieves, las semillas de las más diversas hierbas y flores en algunas de ellas, germinaron con los primeros calores de una gozosa primavera. Despertar del campo que vistió a “la Verde” con estampados de mil colores. Como este despertar de la naturaleza toda, aves, animales y ganados domésticos se desperezaron del relativo letargo invernal.
Curiosa la salida de las churrillas de los placeres monótonos del aprisco. Digo curiosa porque sobre todo las corderas incorporadas a los hatajos: como si existiera un obstáculo invisible para los humanos, saltaban con pirueta incluida al traspasar la puerta, camino de verdes praderas. Invisible e inexistente. Sencillamente expresión de regocijo por salir al templado mundo exterior con placeres insospechados y el calorcillo, a veces, de un sol nuevo y gratificante. ‘Blincos´, pues, de gozo. Un gozo reflejado también en los rostros curtidos y sonrientes de los tres pastores en cabeza de sus hatajos.
No dijo Marcia a sus compañeros ‘ande´ llevar a ‘cariar´ a sus respectivos hatajos, porque todos los lugares de pasto eran ‘superiores´. ‘Cadáuno´ tiró ‘ande´ quiso.
Perico, el buen pastor, tomó el camino que conduce al prado natural del Redondal. Paraje de belleza singular y pastos abundantes. Por lo que fuera calzada romana, camina despacio mientras sus ovejillas apenas si avanzan entretenidas en mordisquear la yerba abundante a uno y otro lado del hoy camino del cacho del Camposanto. Sin necesidad de órdenes, su perra se sitúa al borde de la calzada que limita un prometedor campo de ‘cerial´. De vez en cuando, y sin necesidad de mirar, exclama:
¡Arruza dalas que vengaaan! Y las churrillas, obedientes o temerosas, prosiguen el camino hacia un destino que ignoran. Cuando Perico penetra, general al frente de sus tropas, en el perdido que antecede al terreno de labrantío (Redondal), el ganado lleva ya la panza medio llena. Y, perezosas, se adentran en la ribera con idéntico destino: el prado. ‘En llegando´ el pastor a la fuente del Toro, clava la cachaba en tierra y como en el banco de su casa en la cocina, apoya sus posaderas en la comba de la compañera imprescindible. Con el rumor constante -suave siseo- del agua purísima de la fuente que vierte en el río, ‘páice´ que el pastor dormita en el asiento. La perra, fiel y a su lado en principio esperando órdenes, recibe un fato que le hace separarse de su amo. Penetra en un inmenso zarzal próximo y sin hacer sentimiento de las espinas, corre por los adentros removiendo ruidosa la intrincada maleza. Un conejo, que se deleitaba con la yerba jugosa siempre regada por un ramal de la fuente, huye despavorido por la presencia del temido depredador. El más que rumor del zarzal agitado despabila a Perico. Toma la cachaba que permanecía inhiesta clavada en la tierra y tras un breve volteo, silba siniestra disparada hacia la pieza que se le aproxima. Con el impacto tremendo el animal interrumpió en el acto la huida. La perra que le llevaba ‘comido´, le tomó en el acto con su dentadura otrora poderosa-desgastada ahora por la frecuencia con que mordía las piedras arrojadas por su amo como orden para cumplir su misión- y lo depositó de inmediato a los pies del pastor.
‘Escurrida la orina´, las alforjas recibieron la pieza que portó con gozo hasta dejarlo en la cocina de la su Felipa.
Cuando sin dejar la ribera llegaron a la altura del prado, las churrillas llevaban la andorga repleta del apetecible pasto. Veterano en el oficio, Perico observó preocupado cómo alguna de sus ovejillas llevaba el vientre sospechosamente abultado. De inmediato, y con ayuda de la perra, sacó el ganado al camino y emprendió el regreso al aprisco. No menos de una docena no ‘páice´ sino que fueran a reventar. Con similar problema había ‘encerrado´ también Marcia y Eutimio.
Como alma que lleva el diablo corrió Pedro a su casa voceando a la su Felipa:
– ¡Prepara, mujer, a escape un puchero grande de hinojo cocido que ‘meseha ‘empanzado el ganado y pue que me se revienten! Y que no te se olvide, añadió, ¡machacar mu bien de cabezas diajo!
Una tras otra recibió la dosis del remedio casero introducido con una lavativa en el gaznate de los animalejos timpanizados.
En derredor de una cazuela con exquisito guiso de conejo con patatas, comentaba Perico con los suyos lo que pudo ser una `catastro´ /fe.
Los cinco zagales que estaban `al plato y a las tajadas´ aprendieron la lección, de lo peligroso que es `cariar´ los pastos con el rocío de mañanas primaverales. Y grabada indeleble en su memoria el milagroso `bálsamo de fierabrás´ para las uvejas timpanizadas.