El pastor de los bosques. 1

Por Carlos de Bustamante

(Placa de homenaje a Ignacio Bustamante en el ‘Bosque de Santa Ana’, junto a la urbanización del mismo nombre en Valladolid)

La Dehesa de Peñalba la Verde era – ¡ay! -, como repetidamente os he dicho -mis amigos- en   múltiples artículos en este nuestro blog, una preciosa explotación agrícola familiar.

Como en todas las familias con intereses comunes indivisibles, suele haber un miembro de ellas, que, por profesión o afición, es quien dirige y gestiona el negocio. Agrícola en este caso.  El   tiempo transcurre veloz, los hombres envejecen y se jubilan; las generaciones se renuevan; y el que en tiempos pasados en el campo llamaban `el amo´ -sin serlo- sustituía al que, por estas u otras imperiosas razones, había de dejar la gerencia…

Durante la niñez de seis hermanos varones, que vivimos intensamente el campo durante los largos períodos vacacionales, conocimos y aprendimos el buen hacer de varios de nuestros mayores. `Los amos´.  Vivimos y amamos la tierra que casi nos vio nacer.  Con mayor intensidad unos que otros. De tal forma era aquél nuestro elemento, que aun a ciegas sabíamos qué parte del terreno pisábamos. Lo   conocíamos y lo  amábamos. Entrañablemente. Realizando   todos y cada uno   de los   múltiples trabajos que exige una labranza, de regadío   toda ella, nuestro cuerpo de niños, adolescentes y jóvenes supo y, con satisfacción puedo decir, que `no sufrió´ con el mismo sudor que empapó de dignidad y   nobleza frentes y cuerpos de los muchos obreros que trabajaban en estos benditos campos de la Dehesa.

Recién terminada de forma brillante la carrera de Perito Agrícola en Pamplona, por   vocación y conocimientos, le tocó el turno de llevar la Dehesa a Ignacio. El quinto de los hermanos de nuestra numerosa familia.

Hago constar que, fallecido de muy niño el hermano mayor, los tres siguientes tuvimos que ausentarnos por razón de diferentes y lejanos destinos militares.  Dos de ellos africanos. Y el otro, por las lejanas tierras andaluzas.

Con el mismo, o más, cariño que pisó cada día el terreno desde niño, con Ignacio dio comienzo una nueva era en los modos y medios de trabajar la tierra. Y   con él la Dehesa produjo – ¡`a ver´…! – mayores rendimientos. Su paso dejó – ¡ay! – huella indeleble.

Apasionado por el campo y sus múltiples facetas, no le fue a la zaga la misma o mayor pasión por la flora y fauna de las que la Dehesa era un paraíso.  En lo que respecta a aquélla, miles de frutales y árboles varios hicieron más verde y bella la que de por sí lo era desde tiempo inmemorial.  Y en lo que respecta a ésta (la fauna) lo verán luego, si Dios es servido.

Sin renegar de lo tradicional, que veneraba, el progreso se hizo allí presente de su mano.  Sí.  Ignacio dejó- ¡ay! – en la Dehesa su huella indeleble. Servía y sirvió. Se hizo querer y respetar. Amó el río, los arroyos, las fuentes, el monte, las riberas -bellísimos bosques- y cuanto pululaba en ellos. Dejada tiempo atrás su afición y pericia sin igual para cazar pájaros con   ballestas, (necesidad de abastecer de carne tierna a nuestro padre convaleciente de las heridas de guerra en los pulmones), vino a ser ahora celoso pastor de la flora y fauna del paraíso, fiel al mandato divino, de que lo `trabajara y custodiase `.

Que no se me tilde de exagerado -o sólo un poco- si atribuyo a mi hermano Ignacio lo que expresó divinamente nuestro gran místico y poeta consumado san Juan de la   Cruz: «Las criaturas son como un rastro del paso de Dios. Por esta huella se rastreará su grandeza, poder y sabiduría y todos sus atributos». ¡Tanto amó, respetó e hizo aún más hermosa la de por sí bellísima Dehesa!

Mucho me temo no ser imparcial si, por sus amplios conocimientos plasmados en obras, le atribuya el don de Ciencia; y con él, la manifestación de este don con el conocido `Canto de los tres jóvenes´ recogido en el `Libro de Daniel´.  Canto que muchos cristianos rezan en la acción de gracias después de la Santa Misa. Se pide a todas las cosas creadas que bendigan y den gloria al Creador:  Ángeles del Señor, bendecid al Señor. Cielos… Aguas todas que estáis sobre los cielos… Sol y luna… Estrellas del cielo… Lluvia y rocío… Vientos todos… Frío y calor… Rocíos y escarchas… Noches y días… Luz y tinieblas… Montes y collados… Plantas todas… Fuentes… Mares (¿) y ríos… Ballenas (¿) y peces… Aves… Bestias y ganados… Espíritus y almas de los justos… Santos y humildes de corazón… Cantadle y dadle gracias porque es eterna su misericordia. Nunca me manifestó, y fueron muchas nuestras confidencias que nos hicimos, que fuera este cántico bíblico el que repitiera años más tarde en sus meditaciones desde la cabaña próxima al páramo donde contemplaba el valle. Pero me consta que, en la naturaleza que tanto amaba y que desde lo alto miraba ensimismado, no veía a Dios-Naturaleza, como si ésta fuera Dios, sino a la espléndida obra de Dios, que, como tal, -pastor de los bosques- servía, amaba, trabajaba, custodiaba y respetaba.

¿Y del moral qué…?  En el próximo si Dios es servido.

PS.: Mi muy querido hermano Ignacio falleció el pasado  25 de junio a las 21,00 h. Cristiano de una pieza, descansa en paz.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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