Por Carlos de Bustamante

(El Moral que pintó Castilviejo)
La Dehesa (de Peñalba la Verde) era toda ella de una sola pieza. Mas, para facilitar al personal dónde acudir a las labores y también para efectos contables, estaba nominalmente dividida en `cachos´.
Adjunto el moral según lo vio y pintó Chema Castilviejo. Con él y con cuanto a él os refiera, podrán saber mis amigos y probables únicos lectores el porqué del homenaje a mi hermano Ignacio con la dedicación de un monolito y placa junto a un moral plantado en el bosque de santa Ana. Es el moral que, según Olmo Ercilla, nieto de Ignacio, tenía connotaciones sentimentales para toda la familia y para su muy querido abuelo fallecido en junio del pasado año.
Entre los miles de árboles frutales que tiene la Dehesa con las frutas más variadas y exquisitas, hay varios morales que dan nombre al cacho donde se encuentran: cacho del MORAL PEQUEÑO y cacho de la moral grande.
El pequeño, situado a pocos metros de `la playa´ en el Duero donde íbamos a bañarnos la familia entera, era – ¡ay! – un árbol de porte poco común. Quien hizo a la Dehesa verde y muy bella, con el moral pequeño se esmeró, para regocijo de cuantas visitas recibía. Un regalo de Dios Creador, que aprovecho para agradecérselo como buenamente sé y puedo en este escrito de añoranzas y gratos recuerdos.
Antes de entrar en materia, unos breves antecedentes: os decía, mis amigos, en un artículo ya publicado que, sin ser nunca mi hermano Ignacio -que está en la gloria- aficionado a la caza, fue de muy niño el terror de los gurriatos. Lo era para proporcionar carne fresca a nuestro padre convaleciente de las graves heridas de guerra. Proteínas que no fueran siempre de oveja, única en las carnicerías de Traspinedo. La docena de gorriones necesarios para una ración suficiente, fueron presa rápida con el artilugio trampa conocido por ballesta. El que colocaba Ignacio con habilidad suma, para no ser descubierto por la suspicacia extrema de los pájaros. El cebo eran granos de cebada en período de fermentación cogidos de los cagajones (sin perdón, que así se llaman) recién expulsados por el ganado caballar y mular muy numeroso en la cuadra.
Fallecido nuestro padre (con el que ahora intercede allí arriba por nosotros, dicho sea de paso) Ignacio abandonó su particular caza. Confundidos los Reyes Magos por la desmedida afición cinegética de sus hermanos, le `echaron´, una escopeta de perdigones (`de aire comprimido´). Todavía muy niño, era imbatible en el tiro al blanco.
-Ignacio, no seas tonto, que con tu carabina y en el moral pequeño puedes cazar más pájaros que con la bobada ésa de las ballestas, le dije con conocimiento de causa….
Escopeta en ristre, allá que se fue Ignacio con buena provisión de perdigones `diabolo´, como le recomendé por más eficaces para pájaros grandes.
Con la facilidad que ofrecía el moral para subir por su tronco en uve desde muy abajo, el ` cazador´ se sentó a horcajadas en una rama gruesa desde donde veía sin ser visto. En período de maduración las moras, ofrecían un suculento manjar a toda ave de la inmensa fauna que pululaba por la ribera inmediata. En unos minutos de espera y sin tener que alargar la mano, Ignacio se puso morado de frutos negros, grandes y carnosos. Bien por la perfecta mimetización del jugo de las moras que le embadurnaron la cara, bien por la espesura de follaje que le rodeaba, bien por el ansia de las aves en devorar tantos frutos maduros sin reparar en la compañía, lo cierto fue que al levantar la vista, pudo observar a distancias mínimas, tal variedad de pájaros como jamás tuvo juntos tan cerca: oropéndolas de amarillo intenso bellísimo; tordos negros como las moras más negras, pechugones e insaciables; tórtolas de gris y blanco impolutos; pico-carpinteros, moteados de blanco, rojo, verde y negro, incansables en horadar las ramas; ´grajuelas´ en competencia con los tordos en negrura y alboroto; `carracas´ de un azul indefinido, sin cesar de dar la matraca; arrendajos de la colonia en el pinar atraídos por el manjar suculento; abejarucos multicolores salidos de los orificios en los cortados de las Derroñadas …. Y un sinfín de aves menores: jilgueros, `pájaros mosca´, gorriones, `pajarotas´, y tantos otros sin nombre conocido por nosotros, dispuestos para el banquete.
Si el amor se acrecienta con el trato, Ignacio trató muy de cerca con muchos de aquellos que no ha mucho tiempo fueron objeto de caza implacable con ballestas. En primera fila, Ignacio escuchó la más bella sinfonía. Observó, `trató´ y amó mucho.
Con la sonrisa puesta y henchido de gozo en sus adentros más íntimos, bajó del moral pequeño cuando la familia en pleno, llegaba con gorjeo de risas y voces mayor que el de los pájaros y con idéntico fin que ellos. Aves que huyeron despavoridas con aleteo tan recio, que hizo temblar al moral y a su humano inquilino.
Expertos en `vendimiar´ el moral, nosotros en `traje de baño´, la familia forastera venida de Sevilla, con ropaje campero, pero vestidos. Así iniciamos el banquete. Moral amigo, ofrecía los frutos en ramas tentadoras que pendían cargadas de ellos. Amigo de sus amigos…, porque como si extrañase manos desconocidas e inexpertas, al arrancar moras aún no del todo maduras, lloraban sangre roja que escurría por los brazos hasta teñir los atuendos.
Era tal el atractivo del moral, que, acuciados por las prisas en el camino por llegar a él cuanto antes, los forasteros no parecieron entender la advertencia de coger sólo las muy negras a punto ya de ´morir´. Adivinanza, les había dicho: “Verde fue mi nacimiento/, encarnado mi vivir/, y roja me fui poniendo/, cuando me vine a morir” //.
El gorjeo de la llegada, se convirtió pronto en un ataque colectivo de risa. Los forasteros, todos ensangrentados. Ellas, como si el lápiz rojo de los labios se les hubiera reventado tiñéndoles todo el cuerpo, vestidos incluidos. Repetí la adivinanza.
-Pues tú, me dijo `ella´, no parece que lo cumplas con tantas moras verdes como estás cogiendo.
– “La mancha de una mora, con otra mora se quita”, sentencié ´pitagorín´.
-¡¡Aaah…!!, no entendió nada.
Así un día y otro día, el moral fue adquiriendo nuevas amistades hasta hacerse famoso.
Por él (moral) y mejor que ninguno, Ignacio entendió divinamente, que `la tierra y cuanto hay en ella tienen música para quien la escucha ´. Fueron muchos los días que Ignacio sólo escuchó la música encaramado en el moral junto a sus amigos del bosque. Mientras tanto, La escopeta de perdigones dormía en el desván junto a las ballestas oxidadas.
Del moral grande no se trata pues, altiricón y con mayor dificultad para trepar por él, e inmediato a los cerezos, era, como ellos, objeto de la voracidad de los tordos. Señuelo, pues, para disfrutar nosotros del moral pequeño cargado de frutos.
Me perdonaréis ahora, amigos, que alargue un poco este escrito con algunas confidencias muy íntimas.
Si el corazón del hombre quien pudo lo hizo para amar, porque Él es Amor, sentado Ignacio sobre ramas en horquilla, amó intensamente.
Lo hablamos años más tarde al calor de la lumbre mientras hacía la `paella de los sábados´ en la granja El Rosario: no nos resultaba tarea fácil entender lo que sería disfrutar del cielo ¡por toda una eternidad! Hoy le expresaría: Te digo hermano, corrígeme si me equivoco, porque ahora bien lo sabes, que no puede haber cansancio ni monotonía en la eternidad de tu Cielo. Me imagino, Ignacio, que esos momentos de amor que viviste en el moral, ahí los tienes mejores y ampliados hasta el infinito, como si fuera un instante. Y así eternamente junto al más grande Amor: nuestro Dios que es Amor: el que hizo aquí nuestros pequeños grandes amores. ¿Monotonía, digo, y corrígeme si me equivoco, en un Amor aún mayor que los aquí vividos y que en el Cielo sacian sin saciar? ¿No es verdad, Ignacio, que ahí “ni ojo alguno vio, ni oreja oyó, ni pasaron a hombre por pensamiento las cosas que tiene Dios preparadas para aquellos que le aman»? ¿No es verdad, Ignacio, que en la eternidad del Cielo mil años son como un día y un día como un instante? ¿No es verdad, querido hermano, que no hay comparación posible entre contemplar y amar lo creado y amar contemplando al ver cara a cara al que creó las aves, los bosques, y tierras y cuanta belleza contiene nuestro planeta azul …? ¿Y no es verdad, en fin, querido Ignacio, que todo cuanto tú amabas aquí en la tierra, era, sí, muy bello, pero animal, vegetal o mineral, difícilmente podía corresponder a tu amor, amándote? Pues de verdad creo, Ignacio, impresionante que te ame y nos ame intensamente el Creador de lo que aquí amaste y amamos. Lo sabías, aunque ahora más y mejor. ¿Y cómo, Ignacio, es que los que vivimos entre tanta belleza, sin comparación posible con la que tú ahora disfrutas `como un enano´ es que ni nos enteramos? ¿Nos ayudas, hermano? Mira que por mucho que nos creamos el tiempo se nos pasa volando…
Recuerdo como si fuera hoy -y con esto termino- la confidencia que me hiciste al saber la gravedad de tu enfermedad y que repetías una y mil veces rezando el Padrenuestro: “Hágase tu voluntad”.
Por tus amores, Ignacio, aquí abajo y por los que disfrutas ahora, puedo-podemos- saber, hermano, lo que será, por el amor, la verdadera, eterna, y gran felicidad. ¿Amén…? Pue amén.