Parece que nos cuesta reconocer lo bueno

Por Javier Pardo de Santayana

(Atletismo en las Olimpiadas 2021)

Creo que nadie podrá negar que la decisión consciente de realizar unos Juegos Olímpicos en Tokio aún en las circunstancias de sobra conocidas debiera ser considerada el reto más audaz e inesperado para una humanidad que sobradamente conocía la situación en la que estaba. De ahí que me sorprenda la naturalidad con la que viviría el trance de que a solo pocos días de su inicio abundaran los casos de contagio y en consecuencia fuera declarara la decisión de suprimir todo el programa si es que por fin se confirmaba esa tendencia. Nada menos.

Mas finalmente el gran encuentro deportivo tuvo lugar de punta a cabo y con la deseada fluidez sin suscitar sorpresas pese a haberse visto obligado a cambiar en todos sus aspectos con excepción de lo meramente deportivo, que como es natural e imprescindible seguiría contra viento y marea sus estrictas reglas de desarrollo. Así que, fuera de esto, los Juegos se verían obligados a tener en cuenta el peligro de contaminación del virus hasta en los aspectos más irrelevantes: todo se vería afectado por tal circunstancia y debería ser modificado sin que llegara a influir en los aspectos deportivos. Y los sufridos japoneses, en combinación con los expertos, diseñarían cada paso y cada movimiento, incluidos los aspectos concernientes a la vida diaria de los participantes, para adaptarlo a tan exigentes circunstancias sin descuidar por supuesto a la ingente multitud de periodistas internacionales que compensarían la falta de público asistente multiplicando sus intervenciones y haciéndonos vivir con la mayor viveza un acontecimiento cuyas dificultades tendrían que ser superadas sobre el propio terreno y sin mediar dudas o vacilaciones.

Afortunadamente al final todo se desarrollaría más que satisfactoriamente. Lo cual exigiría un formidable esfuerzo por parte de los medios, que compensaron con su saber hacer y quizá también con mayor entusiasmo expresivo las dificultades que es de suponer se plantearían como consecuencia de una situación anómala en todos sus aspectos. Con lo cual no sólo no se deslucirían sus intervenciones sino que en ellas se transmitiría un punto de novedoso entusiasmo al introducir en vivo, además de las valiosas intervenciones de los atletas españoles a pie de obra, las de sus familias en el instante mismo de conocerse la noticia de los éxitos de quienes alcanzaron las medallas.

De ahí mi sorpresa al percibir ahora el aire de normalidad con que se acaba de cerrar el paso por la actualidad de un suceso que, como éste de los Juegos Olímpicos, estuvo a punto de acabar en un desastre lamentable, siendo así que pudo realizarse con relativa fluidez y sin mayor problema al menos aparente.

Así de desagradecido es por lo visto el ser humano incluso a la hora de admitir sus propios éxitos. Como cuando sucumbe a la tentación de regodearse con la contemplación de sus fracasos, es decir como lo que precisamente estuvo a punto de ocurrir en este caso y en pleno siglo XXI, es decir, cuando todo parecía estar a nuestro alcance sin mayor problema.

¿Imagina, improbable lector mío, la que se podía haber armado si hubiera habido que cancelar el acontecimiento al que me vengo refiriendo con todos los atletas y periodistas trasladados ya a Japón, con los hoteles contratados y con toda una parafernalia de documentos y organizaciones implicadas convertidos de golpe y porrazo en un inconveniente lastre de trastos inútiles que tendrían que volver a sus orígenes?

Pues así de desagradecida es hoy esta nuestra sociedad, aun conocida como “del bienestar”, tan orgullosa de sí misma como incapaz de valorar lo bueno que no quiere reconocer abiertamente la valiente osadía de quienes en su momento asumieron, con una valentía merecedora del mayor elogio, la responsabilidad de poner de relieve las virtudes de esa exhibición de voluntad superadora de límites humanos y de aceptación de la derrota que se practica y que se vive en unas Olimpiadas siempre. Y no digamos en tiempos de pandemia.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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