Por Carlos de Bustamante.

(Momento de la firma del Tratado por el que se creaba el Protectorado español de Marruecos)
Antes de comenzar pido mis más sinceras disculpas a quienes pudiera molestar el episodio; el que, aunque a algunos divierta, es marrón con toda propiedad.
También por lo “marrón”, omito nombres de quienes lo presenciaron o fueron protagonistas; aunque estoy bien seguro ¿no, mi general…? De que les servirá de regocijo. Lástima, que no a todos porque muchos nos dejaron. Y a los que g. a D. quedamos, pido también perdón por la añoranza de tiempos en los que éramos espléndidamente jóvenes.
Supongo que por la importante potencia de fuego de las ametralladoras para si fuera necesario –que a Dios gracias no lo fue- el mando ordenó replegarse en último lugar a nuestro Regimiento: África 53 o jocosamente, Rifles 53. Pudo deberse a que podría cubrir el repliegue de los territorios recién independientes del que fuera Protectorado español de Marruecos. Sea como fuere, el África 53 (“Rifles 53”) dio luego no pocos tumbos antes de la disolución definitiva.
En tanto que la Plana Mayor, se establecía “provisionalmente” en el acuartelamiento de Automóviles en Ceuta, muchos de los tenientes embarcamos con cantidad de impedimenta hacia Cádiz. De allí, y en jornadas cuasi africanas por “la calor”, dimos con nuestra humanidad en San Fernando. Pero no como Alejandro Magno en los placeres de Mantua, sino en una antigua fábrica de conservas abandonada y sumamente deteriorada: Campo Soto. Eso sí, junto a la playa y salinas donde estaba ¿prohibida? la pesca de especies tanto o más exquisitas por lo prohibidas que por realmente serlo. Nuestra misión, ahora peninsular, era instruir los cientos de reclutas asignados al Regimiento; imposible ahora en A´karrat como antes, por el reciente acuerdo de independencia de todos los territorios del Protectorado.
Increíble la capacidad de adaptación de los del Rifles… En un tiempo muy breve, las semi derruida fábrica de conservas quedó habitable para cuantos reclutas de reemplazo nos llegaron de la Península.
Africanos, pero no saharianos, aquellas dunas de arena blanquísima no eran las más apropiadas para una instrucción “aparente” a la gabba del lejano A´karrat en nuestra circunscripción de la Yebala marroquí. El Mando, que sí, que casi siempre discurre…, decidió sabiamente nuestro traslado a “Muriano” (o sea Cerro Muriano). Especialistas en llevar la casa a cuestas, ni los gitanos trashumantes se las arreglaron como los del “Rifles”, para, nuevamente, establecer sus reales (lo que, evidentemente es un decir, porque salvo que fue cierto, en el monte (gabba en árabe) Muriano, de reales, ¡nada de nada! Dos edificios, dos: uno en lo alto de un cotarro: la cantina de la “señá Bernarda (o así), y una especie de barracón al otro lado de una gran explanada que era el pomposamente barracón “de oficiales” …
De Infantería y sin reconocer obstáculos, (¡”fuego movimiento y choque”!), las jornadas en Muriano (explanada y monte) eran agotadoras con calor superior al africano. Así pues, en nuestro elemento.
Cuando casi anochecido, pero aun entre dos luces, vibraba el cornetín el alto de instrucción, en “ca la Bernarda” venía el desquite: la numerosa tenientada y algún que otro capitán joven, daban buena cuenta del exquisito vino blanco, manzanilla o amontillado, ausente en los lugares africanos de origen. Aquí puesto a “enfrescar” en garrafones “de a cántara” introducidos en medias cubas con hielo, que, enteras, supieron de tiempos mejores en imponentes bodegas gaditanas.
Aquel día la “señá Bernarda” nos tenía preparado algo extraordinario: una fuente enorme de boquerones fritos recién pescados… “De la red a la sartén” y vino blanco, dorado, fresco, ad líbitum. En menos de lo que canta un gallo, la fuente quedó tan limpia que no creo fuera necesario el paso por el inexistente fregadero. Y del vino de San Lucar de Barrameda o Montilla no digamos…
El “terente Quivir” (grande), hizo honor a su tamaño y se puso – ¡ay! – “morado” de tan exquisitos ingredientes.
Fuera por la cantidad ingerida de boquerones fresquísimos, fuera por el contraste con la frescura –ésta sí- devin o tan exquisito, el caso es –fue- que el “terente Quivir” palidecía a ojos vistas hasta en las barbas que, en un quiero y no puedo, pugnaban por hacer veterano el rostro de un cuasi niño. A la palidez siguieron ruidos extraños en el interior de su bodega nada pequeña en los interiores, que en absoluto lo denotaban los exteriores cuasi atléticos del teniente.
El Quivir, miraba con ansiedad allá a lo lejos, donde el barracón de oficiales con servicios “ad hoc”, se asemejaba a las luces en la noche; las que, cuando necesitamos perentoriamente acceder a ellas, a ciencia cierta no se sabe si se hallan próximas o muy, muy lejanas. Espacio que le era preciso recorrer con urgencia ante la eminencia de un desaguisado monumental.
Lo que en principio fue preocupación de los compañeros presentes en la tasca -que amigos éramos todos- se convirtió pronto y supuesta la “causa” de la palidez y gorgoritos estomacales en enorme motivo de jolgorio. En todos menos en el interfecto Quivir que, con impecable calzón de canutillo, botas altas con espuelas, medianamente barbado y gorrillo ladeado con barboquejo de sujeción, emprendió extrañamente encogido la “travesía del horroroso desierto”. Tanto más por cuanto finalizada la instrucción, cientos de soldados, aunque al Quivir le parecieran miles, millones…, paseaban, o sentados en corros, daban juntos buena cuenta –con generosidad compartida- del paquete recibido de sus casas con las mejores viandas de la matanza.
Extrañamente ¿bizarro? Avanzó cuanto pudo hacia la luz en la noche horribilis, que se le antojaba cada vez más lejana.
“Parada en seco” y una granada de mortero (con perdón) de no menor calibre del 81 hizo explosión entre los asombrados soldados-reclutas. Y otra del gran mortero de 120… allá en lo alto, por la explosión de risas incontenibles en “ca la señá Bernarda”. La figura que divisaban desde lo alto era indescriptible: un monumento en cuclillas nada de gallardas satisfaciendo (perdón nuevamente) las más perentorias necesidades; y, sin perder la dudosa bizarría, contestando reglamentariamente al saludo marcial de los inmediatos “transeúntes”. Y como eran tantos…, con serios apuros para mantener recogidos con una mano los calzones milagrosamente impecables de canutillo, y con la otra en permanente postura de correspondencia al saludo “reglamentario”.
Como buenamente pudo – o sea mal- registró los bolsillos en busca del necesario papel higiénico… que no encontró. En tales circunstancias y sin enderezar la postura, un reclutilla comprensivo… se cuadró ante él para ofrecerle ayuda.
– ¿No tendrás un papel muchacho?, le preguntó haciendo de tripas corazón. Porque de “lo otro” ya lo había hecho todo.
Muy serio, por lo inusitado de la situación, éste se palpó, azarado, los bolsillos y enseguida la respuesta; ésta sí, qué digo inusitada, ¡insólita!
-No, mi teniente… -no sabía lo de Quivir-, pero si le sirve, aquí tengo una carta de la novia que me acaba de “entriegar” el cartero veterano y que ya la he leído. Necesidad obliga, sirvió. Recompuesto de calzón, y vuelta “la color” al rostro, el recluta recibió de un oficial el saludo más recio y agradecido que jamás tuviera a lo largo y ancho de la larga y ancha “mili”.
Luego, se cumplió a la letra la sabiduría popular de que “ríe mejor quien ríe último”; porque con efecto retardado… la noche en el barracón de oficiales, fue realmente toledana y también (he de pedir el penúltimo perdón) explosiva. Menos el Quivir, claro, se atropellaban unos a otros en singular carrera de competición, para llegar primeros al único servicio. Tarea absolutamente imposible. Inimaginable el espectáculo.
No me pregunten cómo, porque no los sé; pero sí, que, finalizado el toque de batallón y llamada, todos y cada uno de los tenientes del Rifles 53, daban correctamente la novedad a los respectivos capitanes y éstos, al comandante jefe del campamento. África 53. Rifles, 53. Campamento de Muriano (Cerro). Córdoba.