En la encrucijada

Por Carlos de Bustamante

(Juan Pablo II)

No creo que corresponda a los militares de profesión tomar decisiones políticas, salvo casos claramente excepcionales. Aquéllos en que, carente la Patria de capitán de la Nave que tome el rumbo adecuado, vaya directa al precipicio o, desnortada, vaya derecha al huracán en el que es segura la total destrucción de su integridad o principios incuestionables.

El cristiano, civil, militar o mediopensionista con mayoría reconocida en España, elige personalmente mediante el sufragio sus opciones políticas, sociales, profesionales, desde sus convicciones más íntimas. Aquéllas que aportan a la sociedad en la que vive, una visión recta del hombre y de la sociedad. Porque sólo la doctrina cristiana en la que cree, le ofrece la verdad completa sobre el hombre, sobre su dignidad y el destino eterno para el que fue creado. Sin embargo, son muchos los que, en ocasiones, querrían que los cristianos tuvieran como una doble vida: una en las actuaciones temporales y públicas y otra en su vida de fe. Incluso afirman, de palabra o con hechos discriminatorios, la incompatibilidad entre los deberes civiles  y las obligaciones que comporta el seguimiento de Cristo.

Nosotros los cristianos debemos de proclamar, con palabras y el testimonio de una vida coherente, que no es verdad que haya oposición entre ser buen católico y servir fielmente a la sociedad que nos haya sido encomendada. Como tampoco tienen por qué chocar la Iglesia y el Estado en el ejercicio legítimo de su autoridad respectiva, cara a la misión que Dios, de donde proviene toda autoridad, les haya confiado.

“Mienten –¡así: mienten! – los que afirman lo contrario. Son los mismos que en aras de una falsa libertad (libertinaje), querrían `amablemente´ que los católicos volviéramos a las catacumbas”, al silencio.

Nuestro testimonio en medio del mundo, se ha de manifestar en una profunda “unidad de vida”. El amor a Dios, por ser cristianos, nos ha de llevar a cumplir con fidelidad nuestras obligaciones como ciudadanos: pagar los tributos “justos”, votar en conciencia buscando el bien común, etc.…

Desentenderse de manifestar, a todos los niveles (algunos, además, por el conducto reglamentario) la propia opinión- por dejadez, pereza o falsas excusas- a través del voto o del medio equivalente, es una falta contra la justicia. Supone la dejación de unos derechos que, por sus consecuencias de cara a los demás, son también deberes. Esa dejación puede ser grave en la medida en que con esa inhibición se contribuya al triunfo –en el colegio profesional, en la agrupación de padres donde estudian los hijos, en la vida política nacional- de unas candidaturas cuyo ideario está en contraste con los principios cristianos.

“Vivid vosotros –exhortaba Juan Pablo II-e infundid en las realidades temporales la savia de la fe de Cristo, conscientes de que esa fe no destruye nada auténticamente humano, sino que lo refuerza, lo purifica, lo eleva”.

“Demostrad –proseguía- ese espíritu en la atención prestada a los problemas cruciales. En el ámbito de la familia, viviendo y defendiendo la indisolubilidad y los demás valores del matrimonio; promoviendo el respeto a toda vida desde el momento de la concepción. Actuando, sin miedo, en el mundo de la cultura, de la educación y de la enseñanza. Eligiendo para vuestros hijos una enseñanza en la que esté presente el pan de la fe cristiana”.

“Sed también fuertes -concluye- y generosos a la hora de contribuir; a la hora de participar en una tarea positiva de incremento y justa distribución de los bienes. Esforzaos porque las leyes y costumbres no vuelvan la espalda al sentido trascendente del hombre ni a los aspectos morales de la vida”.

¿Dónde está, pues, la encrucijada para todos los católicos,  sea cual fuere su profesión? Sencillo para, rotundamente, no optar por aquellas candidaturas cuyo ideario está en contraste con los principios cristianos como lo está -digámoslo alto y claro- el socialismo marxista que nos preside. Pero ¿y la actual oposición, reúne todos los requisitos que desearíamos para nuestra fe y nuestra Patria? Hoy por hoy, muchos sí. Pero, también es preciso expresarlo sin ambages: no todos. ¿Cuál ha de ser, pues, la decisión coherente para los católicos cualesquiera que sea su profesión?

Más que opinables las soluciones completas y tajantes.  ¿Inclinarse por una mayoría, como parece la actual, en algunos aspectos puntuales abiertamente en contra de la doctrina católica? ¿Por una minoría selecta e intolerante en lo que atañe- como la presente- a lo que es contrario a la fe y moral cristianas? He ahí el dilema y la real encrucijada: si optamos por lo primero, parece que es lo correcto respecto a lo que nos dictan nuestras más firmes convicciones. Si lo hacemos por lo segundo y “menos malo” que lo actual, ¿no traicionaremos a las leyes divinas y naturales contenidas en la inaceptable legislación vigente? ¿No habrá, pues una solución correcta, que satisfaga a unos y otros? La que, sin traicionar ideales irrenunciables, ¿nos pueda conducir a una solución estable sin contradecir ideales del todo correctos? Mi ideario y el de mis mayores, ayer, hoy y siempre, me llaman a lo que nada tiene de ambiguo. Lo efectivo y más duradero, por lo que sin enfrentamientos cruentos defiende, de forma absoluta y definitiva, esos principios irrenunciables, acordes con la fe que profesamos. La segunda opción, ¿moderada?, parece menos noble pero más coherente con vistas a la efectividad final.  ¿Decisión…?: “en la encrucijada”. No soy quién para dar en el clavo, cuando pudiera dar inútilmente en la “herradura”.

Opino, sin embargo, aún con evidente contrariedad por no estar integrado en esa opinión, que es necesaria una “punta de lanza, que mantenga viva la llama”. Sugerencia meditada: ¿y si cedemos -sin conceder- para luego recuperar…? Es decir, apoyados en esa punta de lanza, no ceder en la cesión no concedida con la ineludible intención de recuperar lo irrenunciable sin excusas ni pretextos. En términos más diáfanos: obtener “mayoría absoluta” primero. Luego, exigir, sin concesiones, la supresión progresiva e ininterrumpidamente de tanta aberración. Opinable. ¿Posible? Ésa es la cuestión.

En   conclusión, en el panorama político   actual hay dos grandes partidos que inútilmente se disputan la hegemonía sin que cada uno tenga  al día de hoy opciones a una mayoría absoluta en las próximas elecciones generales que pudieran estar no muy lejanas.

Señores del PP y de Vox. ¿Por qué jugar inútilmente al ratón y al gato, para satisfacción del Psoe?  Con algunos o muchos puntos comunes en sus respectivos idearios ¿no es de cajón que lleguen a un principio de acuerdo para unir sus fuerzas ante el marxismo que nos está dejando en España títere con cabeza con su desgobierno?  ¿O es que como a “los otros” les interesa sólo el poder? Miren que de si son galgos o podencos puede cogerles descuidados y tendríamos socialcomunismo para años sin término. ¿Es que no lo ven?… Pues eso.

 

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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