Por Javier Pardo de Santayana

(Viñeta de Puebla en ABC del pasado día 18)
Una avería en el teclado, y algún que otro problema relacionado con los aspectos tecnológicos de mi hasta ahora sumiso ordenador, me llevan a intentar contarles algo sin mayor reflexión previa para no seguir faltando a mi obligada y siempre grata cita con el improbable lector de mis escritos.
El problema es que con tantas cosas reseñables como están sucediendo en estos días, la abundancia de ocasiones que se nos ofrecen acaban produciendo un efecto negativo en el que incluyo la elección de algún tema concreto que no arrastre a terrenos prohibidos según los actuales propósitos de nuestros gobernantes, decimos a instaurar una feroz persecución del disidente y de cualquiera español que no se ciña al pensamiento impuesto por nuestros actuales gobernantes. Pues, aunque cueste creerlo, estamos cerca de sufrir la exigencia del pensamiento (?) único.
Así habrá que evitar cualquier mención o simple comentario que en estos tiempos se nos ocurra hacer, por ejemplo, sobre la defenestración que merecieron en su día por parte de sus predecesores en los cargos al conocer sus planes y propósitos, que por cierto son los mismos de entonces pero puestos arteramente en práctica. Lo cual significa que las críticas actuales al gobierno no deben tan sólo ser atribuidas a sus oponentes declarados en el ámbito político, puesto que están también implícitas en los silencios de quienes debieran ser considerados “sus mayores” del partido y hoy son despreciados más allá de un gesto u otro de engañosa aceptación de un “desenganche” que huele a menosprecio.
Tampoco se podrá hacer cualquier mención – supongo – de la paz de que los españoles disfrutamos durante las largas guerras mundiales del pasado siglo, cuando medio mundo estaba contra el otro medio. O de que esto nos permitiría el esforzado desarrollo de una muy amplia clase media que nos iría aproximando a los niveles europeos. Oi mencionar la brillante generación de economistas que sabiamente impulsaría un evidente desarrollo de la imprescindible convivencia. O de reconocer aquel impulso visionario en pos de un mejor aprovechamiento de nuestros recursos naturales.
O, claro está, de subrayar la actitud de generosidad y buen entendimiento entre los españoles que se iría forjando con el tiempo y que permitiría finalmente un acuerdo nacional modélico y la instauración de una normalidad vivida. Recordemos la revelación del general norteamericano Vernon Walters tras su visita a España en su papel de acompañante del presidente norteamericano en el sentido de que ésta era la idea.
Escribo por cierto estas palabras cuando acabo de sintonizar en la televisión un acto del que supongo no podremos hablar tampoco en un futuro próximo. Se trata de la celebración en Córdoba de la solemne beatificación de nada menos que ciento veintisiete mártires – hombres y mujeres religiosos o seglares – asesinados por las hordas marxistas en España. Como otros muchos de los que ya dimos fe hace sólo meses y que. como en aquéllos, corresponde a acontecimientos sucedidos en tiempos tan cercanos que incluso coinciden con los míos, mas cuya mención podría comportar una denuncia por enturbiar versiones oficiales.
Y recordará el lector que esta es ya la tercera vez en poco tiempo que se repiten noticias semejantes que vienen a recordarnos el terrible y vergonzoso hecho de que España sería el escenario de la mayor matanza de cristianos ocurrida durante el pasado siglo XX. Por lo que no es de extrañar que en estos pocos años últimos se estén sucediendo determinados actos similares en reconocimiento de unas víctimas que no dudaron en legarnos el mejor ejemplo de su fe.
Grave problema, en suma, para los historiadores, que de esta forma se convertirán en especies en peligro salvo que. en contra de sus propias convicciones, se plieguen a la línea oficial. Adiós, por tanto, a la libertad y a la verdad en un país catalogado como libre y democrático pero en el que la verdad empieza ya a brillar por su temida ausencia.