Por Carlos de Bustamante

(La casa del poeta)
No sin emoción e influido por la enormidad de cuanto estamos siguiendo con la erupción del volcán en la pequeña y gran isla canaria de La Palma, introduzco lo escrito por mi amigo íntimo y compañero de profesión y Arma más el romance tan sentido como sencillo del sencillo palmero anónimo.
Si en el anterior escrito y soneto del Félix Torres se aúnan conocimientos y amor al terruño y naturaleza en él, en este segundo y último, el lector amigo podrá comprobar lo que es y significa el amor de un trabajador sencillo, que con resignación ejemplar nos da una soberana lección de ecología que poco o nada tiene que ver con los que pregonan sin sentimiento y protestas bullangueras la pertenencia a un partido con fines políticos que, fariseos, dicen pero no hacen. Aquí está escrito el amor a su tierra y al trabajo en ella como el de nuestros progenitores primeros en el Paraíso sin condena aún de ganarse el pan con el sudor se su frente. Trabajo con amor y amor en su trabajo.
Comprobarlo, mis amigos, por vosotros mismos. Mil gracias querido Félix por la joya del envío. Y gracias, mi general, por permitir la divulgación en nuestro blog.
“No he podido resistir la tentación de adjuntar este sencillo, pero inmenso romance que bien podría haber sido escrito por Gabriel y Galán pero que lo ha sido por un palmero, anónimo, que ni título le ha puesto; uno de tantos que lo han perdido todo: sea en su homenaje; me lo envía una palmera. Y también tomo prestadas las palabras que bien podrían definir a todos ellos, que viviendo en un paraíso se le ha trocado en infierno en apenas un instante; ellos lo saben y lo aceptan: “¡Qué interiorizado tienen su destino; y con qué dulzura y serenidad lo narran! me escriben desde Pozoblanco. Desde luego no es, o no lo fue, ésta su casa, pero bien podría haberlo sido.
Hay que ser muy valiente, tener una inmensa fuerza interior para, después de lo pasado tener el valor de ponerse a escribir; y hacerlo de esta manera. Su sensibilidad de escritor ha seguido lo que han sentido y vivido sus descendientes por generaciones que ante tanta adversidad ponen los ojos esperanzados en su (todo allí es pequeño y entrañable) diminuta Virgen de las Nieves, que, desde el camerino de su Santuario entre palmeras, jacarandás, hibiscos y flamboyanes vela por todos sus hijos; ellos lo saben y éste es el resultado. Lo leo con el vello de punta.
Yo mismo abrí los cimientos
con pico, guataca y pala,
en aquel trozo de erial
que de padre un día heredara,
y fui llenando las cepas
con la roca calcinada
de otro volcán, ya extinguido,
que años ha robó la calma
a la Benahoare hermosa
adornándola de lava;
inequívoca señal
de ser por Vulcano amada.
Y levanté las paredes,
y puse techo a la casa,
que hasta esta noche de infierno
fue nuestra humilde morada.
También les hice un corral
al bardino y a las cabras
y planté, pegado a un teste,
rosales, claveles, calas,
que Nievita, mi mujer,
con tanto amor las regara.
Mis manos fuertes de joven
la albearon con cal blanca,
y jamás falté al empeño
de dejarla inmaculada
las vísperas de la fiesta
cuando el pueblo se engalana
en honor a su patrona
y en las calles y en la plaza
banderitas de papel
ondean en hilos de bala.
Ayer, antes de salir,
Nievitas hizo la cama,
y recogió los juguetes
de los nietos en la caja.
Dejamos todo en su sitio,
cerramos puertas, ventanas;
nos miramos a los ojos
para darnos esperanzas
de que habrá otros despertares
otras nuevas madrugadas
aquí en nuestra habitación,
aquí, en nuestra hermosa casa,
donde criamos seis hijos
y hemos hoy que abandonarla
porque un volcán impetuoso
nos amedrenta, amenaza
con destrozar nuestro pueblo
y sepultarlo en su lava.
El hombre está cabizbajo
en un lugar de la grada
del complejo deportivo
Nievitas con él, lo abraza,
pero nada los consuela
porque perdieron su casa.
Consumió el fuego recuerdos;
ardió el ropero, la cama,
los retratos, las cortinas,
y la cajita de lata
donde guardaba sus hilos
la mujer, junto a una estampa
de la Virgen de Las Nieves,
la patrona de La Palma.