Europa vuelve a tus raíces

Por Carlos de Bustamante

 

(Europa)

Una   de las principales ventajas con que los mayores nos hemos encontrado con el nuevo artilugio   de internet, es   recabar informaciones, que, de no ser por este medio, podrían pasar al olvido de nuestras meninges al menos.  Las que, ocultas en el imponente intríngulis del cerebro, tenemos ya un poco deterioradas y gastadas por los años trascurridos   g. a D., dedicadas al noble oficio de las `letras´.  Me permitiréis, amigos   y probables únicos lectores, que os comunique en confidencia la sugerencia tras leer la parrafada que sigue.

El 9 de noviembre de 1982 Juan Pablo II pronunció un memorable discurso sobre la identidad europea. En él lanzó un reto: “Desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: ¡Vuelve a tus raíces Vuelve a encontrarte! Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. ¡Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades! Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo”.

ACEPRENSA: Las palabras no son de hace pocos meses, ciertamente. Han pasado casi cuarenta años desde que fueron pronunciadas por San Juan Pablo II en su primer viaje a España, allá por el año 1982. Sin embargo, ¡qué actuales resultan! Parecen dichas para la España de hoy, para el mundo de hoy. Desde que fueron pronunciadas el divorcio ha ganado terreno, incluso superando al número de bodas. El aborto ha pasado a ser, primero algo que había que consentir (despenalizar, hablando en términos jurídicos), y posteriormente un derecho, una elección libre que la mujer puede reclamar. La libertad y elección de los padres en la educación de los hijos cada vez se ve más mermada, más amenaza por construcciones ideológicas sin base científica. Y recientemente hemos dado un paso más, al colocar como «prestación médica» el supuesto derecho a acabar con mi vida (y el deber, para el médico, de hacerlo).

Esta radiografía, centrada en España, no dista demasiado de la evolución que estos temas en otros países de Europa y en toda América. Parece que estas lacras de la sociedad ganan terreno, se generalizan y llegan a ser la costumbre habitual de nuestro tiempo. Hace cuarenta años preocupaban a muchos, no las compartían, o tal vez las empezaban a tolerar a regañadientes so capa de respeto de la libertad. En nuestros días estas ideas campan plácidamente en la conciencia de la sociedad. Se ha convertido en «normal» (mejor dicho, frecuente) que cada año mueran 100.000 inocentes a causa del aborto quirúrgico. Los muertos por el aborto químico o en procesos de fecundación in vitro ya ni se cuentan (en 2018 probablemente se produjeron al menos 550.000 embriones).

Esta situación parece que nos empuja al abismo, al caos total; no hay nada que hacer, el mundo camina de mal en peor. La puerta que entreabrimos hace pocas décadas está abierta de par en par, permitiendo que entre el vendaval y destruya toda nuestra casa.

Juan Pablo II, en aquel momento Karol, también experimentó esa impotencia. En sus años jóvenes, junto con sus amigos, vio cómo era pisoteada Polonia por el régimen nazi. Conoció de primera mano la pérdida de libertad, la censura ideológica, el ninguneo a sus amigos judíos, la destrucción de la libertad y la cultura.

“En el cristianismo se hallan aquellas raíces comunes de las que ha madurado la civilización del continente”

El alma de Europa

El entonces Papa explicó cómo, en torno a Santiago, se ha constituido el alma europea: “Desde los siglos XI y XII, bajo el impulso de los monjes de Cluny, los fieles de todos los rincones de Europa acuden cada vez con mayor frecuencia hacia el sepulcro de Santiago… Aquí llegaban de Francia, Italia, Centroeuropa, los Países Nórdicos y las Naciones Eslavas, cristianos de toda condición social… Europa entera se ha encontrado a sí misma alrededor de la «memoria» de Santiago, en los mismos siglos en los que ella se edificaba como continente homogéneo y unido espiritualmente. Por ello el mismo Goethe insinuará que la conciencia de Europa ha nacido peregrinando… La peregrinación a Santiago fue uno de los fuertes elementos que favorecieron la comprensión mutua de pueblos europeos tan diferentes, como los latinos, los germanos, celtas, anglosajones y eslavos”.

Juan Pablo II recordó que la formación de las naciones europeas y su evangelización fueron procesos que marcharon parejos: “Después de veinte siglos de historia, no obstante los conflictos sangrientos que han enfrentado a los pueblos de Europa, y a pesar de las crisis espirituales que han marcado la vida del continente –hasta poner a la conciencia de nuestro tiempo graves interrogantes sobre su suerte futura– se debe afirmar que la identidad europea es incomprensible sin el cristianismo, y que precisamente en él se hallan aquellas raíces comunes, de las que ha madurado la civilización del continente, su cultura, su dinamismo, su actividad, su capacidad de expansión constructiva también en los demás continentes; en una palabra, todo lo que constituye su gloria”.

Esa identidad cristiana es vista en este discurso como un elemento pasado, presente y futuro: “Y todavía en nuestros días, el alma de Europa permanece unida porque, además de su origen común, tiene idénticos valores cristianos y humanos, como son los de la dignidad de la persona humana, del profundo sentimiento de justicia y libertad, de laboriosidad, de espíritu de iniciativa, de amor a la familia, de respeto a la vida, de tolerancia y de deseo de cooperación y de paz, que son notas que la caracterizan”.

Síntomas de una crisis

Tras reconocer la vitalidad europea, el Romano Pontífice no escondía su preocupación por los síntomas de una crisis polifacética en la civilización del viejo continente: “La crisis alcanza la vida civil como la religiosa. En el plano civil, Europa se encuentra dividida. Unas fracturas innaturales privan a sus pueblos del derecho de encontrarse todos recíprocamente en un clima de amistad; y de aunar libremente sus esfuerzos y creatividad al servicio de una convivencia pacífica, o de una contribución solidaria a la solución de problemas que afectan a otros continentes”.

“No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora”

La caída de los regímenes comunistas en Europa en 1989 puso fin a esa división innatural que entonces denunciaba Juan Pablo II. También son patentes los diversos avances de integración y comunicación acaecidos en el espacio social europeo.

Pero otros factores de crisis siguen tan vigentes como entonces: “La vida civil se encuentra marcada por las consecuencias de ideologías secularizadas, que van desde la negación de Dios o la limitación de la libertad religiosa, a la preponderante importancia atribuida al éxito económico respecto a los valores humanos del trabajo y de la producción; desde el materialismo y el hedonismo, que atacan los valores de la familia prolífica y unida, los de la vida recién concebida y la tutela moral de la juventud, a un «nihilismo» que desarma la voluntad de afrontar problemas cruciales como los de los nuevos pobres, emigrantes, minorías étnicas y religiosas, recto uso de los medios de información, mientras arma las manos del terrorismo”.

Para un futuro sin miedo

Juan Pablo II veía en el espíritu de Europa un garante de los derechos humanos y, con absoluto respeto a la autonomía del orden civil, proponía el cristianismo como un faro de civilización para el futuro: “Si Europa es una, y puede serlo con el debido respeto a todas sus diferencias, incluidas las de los diversos sistemas políticos; si Europa vuelve a pensar en la vida social, con el vigor que tienen algunas afirmaciones de principios como las contenidas en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, en la Declaración europea de los Derechos del Hombre… si Europa vuelve a actuar, en la vida específicamente religiosa, con el debido conocimiento y respeto a Dios, en el que se basa todo el derecho y toda la justicia; si Europa abre nuevamente las puertas a Cristo y no tiene miedo de abrir a su poder salvífico los confines de los estados, los sistemas económicos y políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo; su futuro no estará dominado por la incertidumbre y el temor, antes bien se abrirá a un nuevo período de vida, tanto interior como exterior, benéfico y determinante para el mundo, amenazado constantemente por las nubes de la guerra y por un posible ciclón de holocausto atómico”.

El Papa polaco concebía la específica contribución de la Iglesia como un servicio a la comunidad europea: “La Iglesia es además consciente del lugar que le corresponde en la renovación espiritual y humana de Europa. Sin reivindicar ciertas posiciones que ocupó en el pasado y que la época actual ve como totalmente superadas, la misma Iglesia se pone al servicio, como Santa Sede y como Comunidad católica, para contribuir a la consecución de aquellos fines, que procuren un auténtico bienestar material, cultural y espiritual a las naciones”.

Leído el `tomo´ precedente, me pregunto: ¿Quién y cómo hará que Europa vuelva a sus raíces?    Y también me pregunto y os sugiero preguntaros, ¿qué raíces son ésas?  A   lo primero: ¿acaso los curas desde el `púlpito´? ¿No seremos nosotros que vivimos inmersos en el torrente circulatorio de la sociedad, en la oficina, en el taller, en el campo, en el cuartel… en cualquier trabajo donde nos ganamos el pan?  Ésta es mi confidencia que, con perdón, os sugiero. Con la palabra y con el ejemplo, `con ocasión y sin ella, oportunos o inoportunos´: dar la doctrina cristiana ´, esas son las raíces-   que se ha ido perdiendo en la cristiana Europa -y cristianísima España- de otros tiempos. ¿Vergüenza…?, “Para pecar”, decía mi madre. Sí, eso, el pecado, cuyo sentido también se ha ido perdiendo; el que es ayer, hoy, y siempre, porque en doctrina nada ha cambiado.   Pues eso.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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