Inteligencia, conocimiento, suerte – y algún truco – en los concursos

Por Javier Pardo de Santayana

(Un momento del concurso Pasapalabra)

Tres son los concursos de la televisión que veo habitualmente y en los que mido también mis facultades de decidido octogenario. La primera es más una cuestión de habilidad que de cultura en la que nos ponemos parcialmente en manos de la suerte intentando descubrir una frase que inicialmente se nos muestra en blanco, y hacerlo mediante el empleo de la lógica y de la gramática amén de con el acertado trato de la suerte que aporta una ruleta. Situación que se repite de diversas formas, si bien cada sesión es única. Quiero decir con esto que no hay continuidad entre sesiones diarias, ya que quienes juegan son cada vez distintos. Lo bueno del sistema es que el espectador desde su casa podrá implicarse cuanto quiera intentando ser más perspicaz que quienes juegan en presencia. Y el premio puede ser desde unos cientos de euros hasta un automóvil si es que el vencedor está de suerte, pues la sesión se corona con una prueba en la que, ahí sí, influye poderosamente el grado de cultura.

La segunda es ya cosa distinta, porque los jugadores no intervienen individualmente sino formando parte de un equipo de cuatro que competirá con otro igual, y, además, hasta alcanzar grandes fortunas por acumulación de las ganancias. Aquí sí que juega plenamente la cultura de los participantes, que no se mide por el conocimiento específico sobre un determinado tema, sino sobre cualquier cosa de la vida y de la historia, así que lo único que queda al libre arbitrio de la suerte son las muchas respuestas que se confían simplemente a la intuición. Y las ganancias se irán acumulando de sesión en sesión hasta alcanzar sumas importantes, que en esto se parece a nuestro tercer concurso, que a diferencia del anterior se juega en cambio de forma individual. Pero así como en el anterior las preguntas se refieren a cualquier aspecto de la vida, en este tercer caso ponen a prueba, muy precisamente nuestros conocimientos del idioma patrio y cuestiones que se plantean en una lucha individual entre dos verdaderos expertos en el tema y se formulan a partir de un rosco formado por la serie de veinticinco letras que corresponden a las de nuestro diccionario. O sea, formulando las definiciones “oficiales” que, según éste corresponden a cada palabra oculta, aunque a veces se prefiera partir de la letra más llamativa de la palabra sometida a la pregunta. Lo cual exige tal grado de conocimiento de este tema específico que exige una dedicación total, como en realidad sucede con el caso anterior, en lo que se refiere a la exigencia de cultura general respecto incluso a materias tan dispares como los personajes del tebeo, el parentesco de Epaminondas o los resultados deportivos, que en relación con todo ello podrá verse tanto uno como el opositor – y también uno mismo si se tercia – en el trance de tener que contestar y aprender también algo de paso, pues para el espectador esta puede ser una forma tranquila y eficaz de poner en marcha el intelecto y ejercitarlo diariamente en cuanto a la inteligencia y la memoria.

Reconocido lo cual no puedo por menos de dejar hacer ver a quien lea este artículo que algunos de los concursos que he citado incluyen a mi parecer un truco, como es el caso del que basa su mecanismo en el conocimiento a fondo de nuestro diccionario, pues estando como está basado en el dominio de nuestra lengua mater, incluye sutilmente cada día dos o tres preguntas imposibles que no tienen que ver con él en absoluto, como el apellido de una artista o el nombre de una pequeña isla del Pacífico. Cosa verdaderamente asombrosa que corresponderá, supongo, a la intención de posponer en lo posible la consecución del premio, ya que el nivel adquirido por los concursantes es de por sí tan elevado que bien podría resolver la incógnita sin dar lugar a un tiempo suficiente de emoción y espera. Y hay que reconocer que los organizadores lo resuelven con astucia y con limpieza modulando las dificultades  de tal forma que llegados a un determinado momento en que la situación se prolonga demasiado quepa la posibilidad de que alguno de los dos en liza conozca casualmente la contestación a una pregunta.

Pero que quede claro que la posibilidad de que esto ocurra es imposible normalmente para cualquier persona por muy universal que su conocimiento sea, mas que tampoco parece normal  que en un concurso en el que lo que se pone a prueba es el dominio de la propia lengua cuelen también ciertas preguntas que se refieren a cualquier evento que nada tiene que ver con el idioma.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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