Sobre las maniobras de desprecio del más común de los sentidos

Sobre las maniobras de desprecio del más común de los sentidos

Por Javier Pardo de Santayana

(Un chiste de Ramón, de sentido común; en ABC el pasado 5 de marzo)

Parece una pregunta tonta, pero en realidad contiene mucha miga. Supongo que usted se habrá dado ya cuenta de que, a diferencia de lo que era común en otros tiempos, en nuestra actual conversación apenas surge una alusión a lo que, sin embargo siempre fue considerado el más común de los sentidos.

La idea de hablar de ello surgiría esta misma mañana cuando, presionado como me sentía por la necesidad de encontrar un tema idóneo para este blog de los Foramontanos, y urgiéndome por otra parte el iniciar la instalación del nacimiento – costumbre que me propongo mantener contra viento y marea – al encender la radio surgió la voz de un ex presidente del gobierno que  es como la personificación de aquel concepto.  Así que decidí desarrollar lo que su intervención venía a proponerme.

Para mí que el valor de recurrir a lo que conocemos como “sentido común” es algo que procede del hecho de ser éste el último recurso ante una situación de discrepancia, pues gracias a él cuando en el curso de una discusión nos parece poco menos que imposible llegar a cualquier acuerdo razonable siempre podremos recurrir a algo que por ser “de sentido común” nos lleve a coincidir de alguna forma. Con lo cual habremos encontrado un cierto punto de partida para el entendimiento, idea que, por cierto, nos parece particularmente propia y adecuada en este inicio de fiestas navideñas.

¿Que a qué llamamos sentido común? Pues a la pura lógica; a una aseveración considerada irrefutable de la que nadie en su sano juicio se atrevería a discrepar so pena de parecer no estar en sus cabales, ya que en el caso más frecuente, nuestro interlocutor procederá de una  base cultural probablemente parecida si no idéntica a la nuestra en sus raíces más elementales.

Así que de la apelación al “sentido común” de algún aspecto de la discrepancia, esto es, de un matiz de la cuestión expuesto de tal forma que obligue a la natural coincidencia, bien podrá derivarse un punto de partida para llegar a un acuerdo razonable.  De ahí que, desde siempre, los españoles – siempre difíciles a la hora de ponernos de acuerdo entre nosotros –  hayamos utilizado con frecuencia la apelación al  “sentido común” de nuestros interlocutores.

Y sin embargo, ustedes estarán conmigo en que ahora, en estos comienzos del siglo XXI, no sólo no se recurre casi nunca a tal argucia, sino que además se teme incluso invocar estas razones, como si la suposición de la existencia de un “sentido común” constituyera algo así como un ataque a la sacrosanta libertad del ser humano. Y esto no es cosa baladí, por cuanto supone nada menos que el rechazo sin más de una cultura que como la nuestra se ha fraguado con el transcurso de los siglos y constituye nuestro principal acervo.

Este rechazo instintivo de nuestros contemporáneos a admitir que pueda existir alguna parte de nuestra propia circunstancia en cuya interpretación coincidamos necesariamente por razón de pura lógica – esta especial interpretación de lo que debe ser la libertad – resulta ser, por tanto, un hecho memorable, puesto que indica una ruptura con lo que mejor y más nos liga como una sociedad de ciudadanos libres pero que están llamados a coincidir en lo esencial.

Así nos enfrentamos hoy en día con una estúpida tendencia a desmontarlo todo que también tiene su expresión en otras acciones igualmente destructivas, como es la destrucción de una poderosa y bella lengua fraguada y modelada sabiamente por los siglos y de un entendimiento mutuo basado esencialmente en el “sentido común”: lo que estos nuevos vándalos de ahora pretenden retorcer hasta el ridículo con sus torpes maniobras rufianescas al tiempo que alimentan nuevamente un antinatural enfrentamiento.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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