Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de José Ato Saorín. El perro de un amigo)
Los sábados suelo despertarme con un programa de radio que me conecta con los problemas de los hombres del campo. Y la verdad es que aunque tengo mi huerta y mi jardín, la dimensión de mis problemas no llega a aconsejar la ampliación de mis conocimientos en relación con unos temas que más bien corresponden a los gremios de los agricultores o de los ganaderos. Para mí que el atractivo del programa está justificado por el buen ritmo con el que se desarrolla, y la música alusiva que de cuando en cuando suelen ofrecernos, y la variedad de los temas que aborda, Y también, naturalmente – dicho sea de paso – por las agudas críticas que incluye a esa clase política que nunca ha descendido del asfalto y aún así sienta cátedra en Bruselas.
En esta ocasión oigo que pontifican sobre el trato a los animales; asunto en el que nuestros políticos están sentado cátedra y ahora se hallan en trance de dictar una serie de leyes y de normas muy concretas. Ya habrán oído ustedes, por ejemplo, de la legislación que ahora pretenden aplicar definitivamente a lo que ha sido el deporte de la caza o la arraigada fiesta de los toros. Y las hay que pretenden proteger a los lobos, pobrecitos ellos, que están dejando a los rebaños sin ovejas.
Pues bien en este caso me llama la atención especialmente oír que ya están abordando el trato que hay que aplicar a las mascotas como particularidad de otro más amplio: el del trato que deben recibir los animales. Y he de decir que estoy de acuerdo con promover un trato exento de crueldad y comprensivo de sus necesidades; que en este aspecto me identifico plenamente con el enfoque franciscano. Y si usted no lo cree. pregunten a mis perros. Pero incluso a esto debemos añadir unos matices, porque según pude observar, en este caso parece que lo que se pretende es exigir que quien adquiera una mascota – cualquiera que ésta sea – se vea obligada formalmente a asistir a nada menos que un cursillo ad hoc. Y, señores. esto ya me parece no sólo excesivo sino incluso hasta ridículo, además de ser indicativo de un desmadre como el que sé que pretende imponernos a fortiori más amenazas de multa y más deberes cada día: un mecanismo más que refleja la tendencia a suponer que los ciudadanos somos tontos y carecemos de criterio, puesto que, aun siendo bueno y santo tratar al animal con el respeto que en su caso pudiera corresponderle, supone ya de entrada que seremos ajenos a su bienestar y sus necesidades, y que incluso les abandonaremos a su suerte innecesariamente. Lo cual constituye ya una primera y definitiva exhibición de nuestro propio y esencial desvío, puesto que este tipo de comportamientos debe ser inducido por medio de la educación en las familias más que por la imposición de leyes más o menos amenazadoras como las que pudieran imponer cursillos obligatorios.
Porque ¿qué sensibilidad y qué conciencia pueden llegar a ser capaces de soportar el hecho de que mientras nos mostramos delicados y exquisitos en exigir a nuestros conciudadanos que profundicen en los aspectos morales del trato con nuestras mascotas hasta el extremo de exigirnos un cursillo al respecto, nos permitimos aceptar con naturalidad la muerte de un niño por decisión de los propios padres alegando problemas. molestias o problemas familiares como excusa? ¿Y qué me dicen de hacerlo penalizando incluso a quienes intenten evitarlo mediante la ayuda y el consejo? Porque, claro está, ni se pregunta, por inútil, lo que debiera ser la propia voluntad del afectado…
¿Y qué de los esfuerzos que ahora mismo se están desarrollando en el sentido de animar a los mayores a utilizar el subterfugio del suicidio para evitarse las fastidiosas molestas de la vejez o de la enfermedad – cuando no de la soledad o la amenaza de muerte – adelantando ésta uno mismo o delegando la responsabilidad en otro?
Desde luego el hecho de que hilemos tan fino y seamos tan exigentes a la hora de respetar a nuestros perros, gatos y canarios, y en cambio nos carguemos sin el mayor respeto a nuestros propios hijos y nuestros ancianos si molestan, es una burrada de tal calibre que descalifica totalmente al ser humano de este suicida y desquiciado siglo.