Wagner, de actualidad

Por José María Arévalo

 

(Richard Wagner en 1871)

Junto con Mozart y Beethoven, siempre fue Wagner uno de mis clásicos preferidos, sobre todo su “música total”, la de sus óperas, que pude oírme muchas veces cuando sacaba a los jardines del vallisoletano parque de Las Moreras a tomar el aire de la tarde a mis trillizos, y mientras vigilaba sus juegos con la arena oía las óperas que antes había grabado de Radio Clásica, apoyado en fotocopias de los libretos que me proporcionaba quien me inició en música clásica, Manolo Prieto. Me recomendó éste que empezara por Parsifal, que me encantó, y así fui recorriendo toda su obra desde Los Maestros cantores, la tetralogía del Nibelungo y hasta Lohengrin. Verdi también intentó la “música total”, que incluía la voz humana junto con los instrumentos musicales, y así lo hizo en Falstaff, pero yo siempre disfruté más con la música wagneriana.

Por eso me ha llamado mucho la atención un artículo que he visto en Hoyesarte, titulado “Si Wagner levantara la cabeza”, y que recoge una reseña del libro “Wagnerismo. Arte y política a la sombra de la música”, de Alex Ross, que ha publicado recientemente la colección Los Tres Mundos, en traducción de Luis Gago, con 976 páginas, un apasionante ensayo sobre la influencia de Wagner, “en ocasiones –dice la editorial- luminosa, otras veces nefasta, en la literatura, las artes, el cine, la vida intelectual y la política”. Para bien o para mal, explica la publicidad del libro, Wagner es la figura más influyente en la historia de la música. Creaciones tan colosales como El anillo del Nibelungo, Tristán e Isolda y Parsifal sirvieron en el arte como modelos de obras osadas en la forma, como ejemplos en la creación de mitos, la libertad erótica y especulación mística. En “Wagnerismo”, Alex Ross restaura la magnífica confusión de lo que significa ser wagneriano: un pandemonio de genios, locos y profetas que luchan por el legado multifacético del compositor, y convierte la experiencia de lectura en un constante descubrimiento a través de esas figuras, de Nietzsche, Van Gogh, Dalí y Buñuel a Baudelaire, Virginia Woolf o Proust.

Una historia trágica

En muchos sentidos, “Wagnerismo” cuenta una historia trágica. Un artista que podría haber rivalizado con Shakespeare en alcance universal se ve arruinado por una ideología de odio. Aun así, su sombra perdura sobre la cultura del siglo XXI y sus motivos míticos recorren películas de superhéroes y fantasía. Ni una apología ni una condena, “Wagnerismo” es una obra de apasionante descubrimiento, que nos ofrece una idea más honesta de cómo actúa el arte en el mundo.

Por su parte Hoyesarte en el artículo “Si Wagner levantara la cabeza”, que firma Luis Pardo, sostiene que si Richard Wagner volviera por un momento al mundo de los vivos, comprobaría que ningún compositor ha tenido más influencia que él en tantos ámbitos más allá de los puramente musicales, de la novela a la pintura pasando por la política, la poesía, el teatro, la danza, la filosofía, la arquitectura o el cine. Constataría que Bach, Beethoven o Mozart puede que gocen de mejor prensa o de mayor aprecio pero carecen de un fenómeno cultural autónomo de la magnitud del que generó el genio de Leipizig tras su muerte una noche de febrero de 1883 en Venecia. Un fenómeno que protagoniza el último y esperadísimo libro de Alex Ross (Washington, 1968), crítico de The New Yorker y autor de “El ruido eterno”, ya un clásico de la divulgación de la música clásica.

“Si Wagner levantara la cabeza descubriría –¿espantado? – que su texto antisemita “El judaísmo en la música” es y será siempre justamente criticado por sus argumentos (“los judíos son un enjambre pululante de gusanos que se instalan en el cuerpo del arte”) y un flanco débil que favorece esa acusación, por otro lado poco o nada demostrada según Ross, de haber sido el hilo musical de los campos de exterminio; por si fuera poco, además tendría noticia de que Adolf Hitler fue un desaforado amante de su obra y un hombre bien recibido por algunos miembros de su familia.”

 

(Portada del libro de Alex Ross)

Su estrecho vínculo –de amistad primero, desencuentro después– con Friedrich Nietzsche tampoco contribuyó precisamente a blanquear su peor cara. Se juntaron ahí el hambre y las ganas de comer: “Lo que desagradaba a Wagner de Nietzsche –la ausencia de compasión, la exaltación del poder– y lo que desagradaba a Nietzsche de Wagner –el chovinismo teutónico, el antisemitismo– equivalían a un acercamiento a la mentalidad fascista”, escribe Ross, que ha invertido diez años de su vida en escribir esta investigación tan ambiciosa como accesible del gigante alemán. Gigante en un sentido figurado: medía algo más de metro y medio, lo cual no impide que lo wagneriano sea ya para siempre sinónimo de largo, extenso y grandioso.

Influencia manifiesta de Wagner

“Si Wagner levantara la cabeza –continúa Hoyesarte- repasaría con atención y satisfacción que la cantidad y calidad del panel de nombres cimeros de las artes europeas y estadounidenses coetáneos del creador de Parsifal o ya esenciales del siglo XX que le mostraron gratitud expresa, influencia manifiesta o admiración profunda. En las letras, aparte de las universalmente consagradas (Baudelaire, Zola, Mallarmé, Proust, Joyce, Woolf, Mann, Yeats, Eliot, Conrad, Henry James, Willa Cather, Yukio Mishima), también habría que mencionar las de ciencia ficción, fantasía heroica o magia (C.S. Lewis, Tolkien, Philip K. Dick). O la pintura de Cézanne, Fantin-Latour o Kandinsky. O el ballet de Diáguilev y Nijinsky. Un no parar.

Si Wagner levantara la cabeza su rostro expresaría verdadero arrobo al saber que la ciudad alemana de Bayreuth, que acoge el festival donde cada año se representan sus óperas desde 1876, sigue siendo lo suficientemente grande para alojar a muchos visitantes de fuera pero no tan grande como para tener un público propio. Tal y como él quería.

Imágenes contradictorias que proyecta

Por muy narcisista que pudiera ser Wagner cabe suponer que si levantara la cabeza le sorprendería la cantidad de ismos, aparte del ya citado nazismo, que han sacado algún provecho de su producción desde que fue a criar malvas: el feminismo, el socialismo, el nacionalismo, el modernismo, el simbolismo, el satanismo (llegaron a aclamarle como un “Lucifer caído”), el dadaísmo, el futurismo… Podríamos seguir.

Si algo define su personalidad, aparte de su talento y su ambición sin límites, es el cúmulo de imágenes contradictorias que es aún capaz de proyectar. Tantas versiones como públicos diversos tuvo. De hecho, ser, tras su muerte, una cosa y la contraria fue más la norma que la excepción. Ross habla así de un ser humano tan opuesto al primero que tenemos en mente: de un Wagner judío y negro, feminista y gay, esotérico y decadente, incluso andrógino, adjetivos a priori poco defendibles si no fuera porque todos, homosexuales, afroamericanos y demás, se las apañaron para encontrar en su obra algo de su agrado, algo que respondía a lo que buscaban o necesitaban.

Si Wagner levantara la cabeza y pudiera disfrutar del milagro del cine como espectáculo total que aglutina todas las artes, seguramente lamentaría no haber venido al mundo un siglo después. Es probable que se consolara apreciando cómo los autores de bandas sonoras se han valido de sus técnicas, entre ellas la del leitmotiv, o cuánto le deben cintas inmortales como Vértigo o Apocalypse Now. La primera con una excelsa partitura de Bernard Hermann inspirada en el Tristán e Isolda wagnerianos. La segunda con su célebre cabalgata de las valquirias sonando atronadora entre helicópteros que bombardean poblados vietnamitas.

Pese a algunos borrones que se ganó a pulso y otros que le afean pero que, seamos justos, estaban y están fuera de su control, podemos afirmar que si Wagner levantara la cabeza y viera, un siglo y medio después de habernos abandonado, que su obra se sigue grabando y representando en casi todo el mundo (en Israel sigue siendo motivo de controversia) y que entre sus biógrafos figura Alex Ross, se podría volver a la tumba dichoso y tranquilo a partes iguales.”

Estupendo artículo este de Luis Pardo, que nos deja una imperiosa necesidad de leer el libro de Ross, pero sobre todo de volver a oir a Wagner, de cuya música es tan fácil ahora conseguir en la nube buenas versiones, y ya no hace falta andar grabando de la radio, a la que ya solo acudimos para oir en directo, todos los veranos, el festival de Bayreuth. Wagner que sigue de actualidad.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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