Por Javier Pardo de Santayana

(La guerra en Ucrania)
Así, de golpe y como quien no quiere la cosa, nos hemos metido en una situación que no acabamos de digerir. Hemos dado un salto al pasado para situarnos de nuevo en el peligro de una guerra mundial que ya sería la tercera. Así como se oye. Y aunque nos atrevemos a decirlo no creo que seamos plenamente conscientes de este hecho absolutamente sorprendente no sólo por su indudable y enorme trascendencia, sino también por haberse producido como de sopetón, no como resultado de unos cambios a lo largo del tiempo, sino como fruto de la voluntad de un ser humano que se expresó sin previo aviso. Así que para haberlo siquiera intuido habría sido preciso haberse empeñado en un profundo estudio encaminado a investigar sobre el futuro y que incluyera los antecedentes del causante. Un futuro que ciertamente contendría también unas incógnitas que debieran haber sido analizadas, entre las cuales no sería raro haberse detenido ante las dudas más que probables con que se tropezaría respecto a la previsible evolución política de dos grandes naciones con perfiles propios y decididamente peculiares. Me refiero naturalmente a una Rusia que al parecer añora su condición antigua y a una China que ya está en trance de alcanzar a Estados Unidos en su papel de líder.
Y sin embargo, algo tan elemental como esto parece haber sido omitido en los análisis y estudios o bien ha fracasado de tal forma que, como ahora parece ya evidente, el desarrollo de los acontecimientos en el ámbito mundial ha conducido en pocos días a un cambio radical que incluye una inseguridad insostenible cuyo resultado natural parece ser un choque inevitable, es decir algo d enorme trascendencia y bastante parecido a aquella situación preocupante que dio lugar en el pasado siglo a otra ocasión de enfrentamiento parecida que puso a medio mundo contra el otro medio y que, si bien quedó simplemente en “guerra fría” y no “caliente”, acentuó el peligro de una destrucción masiva.
En cualquier caso lo que más nos sorprende en este nuevo trance es que no hayamos sido bastante más cautos o ambiciosos a la hora de defender contra viento y marea nuestra influyente condición de líderes junto a Estados Unidos como parte importante de lo que se vino en llamar el “Occidente” y cuya más importante baza estribó siempre en una activa puesta en práctica y defensa de la esencial libertad del ser humano. Lo cual nos lleva a echar de menos un mayor interés por prevenir un futuro que a partir de ahora mismo está cambiando ya todo el esquema mundial de la seguridad.
Con lo cual ahora tenemos patas arriba casi todo y los problemas se nos multiplican y se enredan a la espera de las posibles reacciones al hecho inevitable de la caída de Ucrania en manos de un tirano de indudables reflejos prosoviéticos, dando de entrada por seguro que el país ya invadido acabará en las manos de un Moscú salvo milagro, mientras que China procurará seguramente meter muy poco ruido mientras observa atentamente como queda la cosa para sacar partido en todo caso.
Preparémonos por tanto para asistir a un cambio casi total del panorama mundial en que vivimos con un desplazamiento de su centro neurálgico que conducirá probablemente a hacer de China el país clave que maniobrará en silencio. Y para un probable retorno apresurado del interés de los norteamericanos por Europa, tan descuidada últimamente. Y de nuevo con Moscú como peligro.
PS: Mientras redacto este artículo estoy siguiendo un reportaje en el que se responde a la preocupación que por lo visto existe para algunos de prepararse para evitar tener que respirar determinados gases en caso de un eventual empleo de medios nucleares. ¡Quien nos lo iba decir hace tan solo unos días!