Por Javier Pardo de de Santayana

(Polvo rojo en Andalucía, procedente del Sáhara)
Hablamos mucho de esta curiosa guerra de invasión que tiene lugar en un país de Europa, y sin embargo extraña la omisión de algunos de sus aspectos más curiosos. Por ejemplo, observarán ustedes que habiéndose ya significado la opinión de casi la totalidad de los países existentes en Naciones Unidas en el sentido de mostrar su desacuerdo, nadie ha reaccionado interviniendo directamente en el conflicto en apoyo del país agredido, sino, como mucho, proporcionando a éste determinados medios de defensa. Pese a lo cual aún queda en minoría. Y con lo cual el panorama que se nos ofrece es el de un país acogotado por la superioridad de un agresor impune al que la comunidad internacional no osa parar los pies por miedo a provocar al atacante y causar un efecto difícilmente controlable.
El resultado es una situación sui generis en la que se da ya por natural el sacrificio del más débil, inmolado en evitación de un mal mayor sin solución posible. Lo que resulta ser un mal ejemplo incluso para las generaciones nuevas. En suma, puro y duro realismo con un fondo inmoral. Claro que situaciones parecidas se habrán producido ya seguramente, mas no de forma tan evidente y global como vemos ahora, cuando se muestran como un problema poco menos que imparable que tenderá a identificarse como una de las expresiones más complejas de un “nuevo orden mundial” que ahora se está fraguando.
También podemos considerar que, lejos de haber abordado el nuevo siglo como una esperanzadora ocasión que nos ofrecía la ventaja de partir definitivamente de una situación de paz en el contexto de un mundo ya globalizado y con un interesante bagaje de experiencia acumulada y aprendida – libres ya definitivamente de los viejos errores generados por unas doctrinas ya obsoletas que se presentaron en su día como fórmulas mágicas-, y habiendo creado una organización universal que nos reúne a todos sin excluir a nadie, nos hallamos en situación de inaugurar la nueva era de un mundo mejor organizado. De aquí el enorme desengaño que hoy nos produce caer en la cuenta del despilfarro de tiempo e inteligencia que constatamos de repente sin encontrar entre nosotros siquiera una salida positiva a la situación creada de forma tan estúpida y falaz por la voluntad de un solo hombre que pretende repetir la vieja historia con distintos nombres.
El contexto es, por consiguiente, el de un mundo engañado y sorprendido, incapaz de encontrar las nuevas fórmulas que exige un contexto diferente. O, dicho de otra forma, cómo emplear las que ya son antiguas en el nuevo contexto.
Esta incomoda y extraña situación se ha producido en un ambiente de enorme desconcierto en que coinciden factores muy diversos, entre los cuales no son precisamente los menores una globalización sin antecedentes en la historia, y los efectos de un virus contagioso. Todo ello coincidente con una preocupación poco menos que obsesiva nada menos que por la supervivencia del planeta. Momentos por tanto sumamente intensos en los que se pone en solfa toda una serie de cuestiones esenciales relacionadas con nuestra cultura y nuestras actitudes y costumbres,
Y es en esta situación en la que, por ejemplo, una de nuestras preocupaciones principales parece ser la guerra a muerte contra el plástico, no es de extrañar que, para mayor abundamiento, también la meteorología eche su cuarto a espadas y se sume a este desmadre. Y así veamos un fenómeno que nunca vimos hasta ahora y que parece sumarse a este desmadre: un verdadero chaparrón de barro rojo procedente del Sáhara que tiñe cuanto pilla y nos obliga incluso a respirarlo.