Por José María Arévalo

(Una restauradora de Edades)
El taller que tiene la Fundación Edades del Hombre en la localidad vallisoletana de Valbuena de Duero cumple dos décadas con más de un centenar de obras vallisoletanas restauradas, pertenecientes a todos los ámbitos artísticos, que han recobrado su esplendor después pasar por las manos de los rehabilitadores, como destacan estos días todos los periódicos locales. La Fundación Las Edades del Hombre ha conseguido rehabilitar 103 piezas de arte sacro pertenecientes a iglesias y ermitas de la provincia durante los veinte años de trabajo a través de convenios con la Diputación de Valladolid.
Los convenios anuales con la Diputación han permitido recuperar 103 obras de ermitas e iglesias en el taller de Valbuena de Duero. Dieciséis de estas composiciones han participado en las últimas cinco ediciones de Las Edades del Hombre.
El convenio de colaboración
El extenso patrimonio sacro existente en la provincia tiene en Valbuena de Duero un espacio donde se trabaja para su recuperación. Las piezas son elegidas cada año por la institución provincial en función de su grado de deterioro y el convenio de colaboración consiste en que la Diputación sufraga los costes de los trabajos que sean necesarios, mientras que la Fundación dispone de los medios materiales y humanos para la realización de los trabajos.
Por los talleres del Monasterio de Santa María de Valbuena han pasado en este tiempo todo tipo de piezas y materiales de diversas épocas artísticas: lienzos, esculturas, platería, tablas… representativas del arte, la fe y la identidad y la devoción de los vallisoletanos.
Las últimas seis piezas, cuatro tallas y dos lienzos, que se han rehabilitado han sido entregadas a sus municipios el pasado mes de febrero pertenecientes a las iglesias parroquiales de Aguilar de Campos, Alcazarén, Fontihoyuelo, Pesquera de Duero y Robladillo. El periodo de rehabilitación varía dependiendo de las necesidades que presente cada una de las piezas.
Sede permanente de Las Edades del Hombre
Esta labor comenzó en el año 2002, año en el que se instauró la sede permanente de la Fundación Las Edades del Hombre, en el Monasterio de Santa María de Valbuena. En este año entraron en los talleres cuatro cristos crucificados, otro yacente y dos ángeles procedentes de Langayo, Pozaldez, Villafrades, Esguevillas y Tiedra.
2007 fue el año en el que se ha rehabilitado un mayor número de piezas. Fueron ocho, una más que un año antes. Cristos, vírgenes e imágenes de santos. En cada uno de los trabajos, el equipo restaurador puede trabajar durante varios meses con diferentes técnicas para tratar las maderas policromadas, las pinturas murales o algunos materiales diferentes como la plata.
La mayor parte de las piezas rehabilitadas vuelven de nuevo a sus iglesias parroquiales una vez que termina la rehabilitación, pero otras se han mostrado antes en las diferentes ediciones de las exposiciones de Las Edades.
En las últimas cinco, han sido 23 las diferentes piezas pertenecientes a la provincia que han participado. Cinco en la localidad zamorana de Toro, otras cinco en Reconciliare, en Cuéllar, seis más en Aguilar de Campoo, cuatro en Lerma y tres más en Lux, la última de las exposiciones de Las Edades, antes de que en mayo se abra Transitus, la primera vez que Las Edades sale de Castilla y León, sin tener en cuenta Amberes ni Nueva York.
Los cirujanos del arte sacro
Cinco restauradores de La Fundación Edades del Hombre trabajan desde el taller del Monasterio de Valbuena de Duero en la rehabilitación de esculturas, pinturas y distintas piezas de ermitas e iglesias de Castilla y León.
Un antes y un después: una imagen completamente diferente al entrar y otra al salir. Las piezas de arte sacro que traspasan las dependencias del taller de restauración de Las Edades del Hombre en el Monasterio de Valbuena de Duero cambian por completo. Cinco profesionales de las bellas artes hacen que las piezas revivan y tengan una segunda oportunidad. Silvia Lorenzo, Beatriz Martín, Pilar Bombín, Sonia López y Francisco Boldo son los cinco ‘médicos’ del arte sacro que trabajan día a día con distintas piezas y técnicas de rehabilitación para que el patrimonio religioso de Castilla y León recobre el esplendor de su originalidad.
Es un trabajo meticuloso, minucioso y, sobre todo, paciente. La inmensa riqueza patrimonial de la Comunidad Autónoma hace que la labor sea inabarcable. Eso sí, muy gratificante. El hecho de recuperar y documentar una escultura del siglo XVI, un lienzo del XVIII o, por qué no, una silla del XII, y ver cómo recobran vida, cómo rejuvenecer, hace que se les llenen los ojos de satisfacción al ver a los vecinos de un municipio recuperar sus tesoros patrimoniales.
Un proceso que, en algunas ocasiones, se puede prolongar por espacio de un año. Todo comienza con la petición por parte del propietario de la pieza. Entonces, teniendo en cuenta los fondos con los que se cuente cada año, se pone en marcha el proceso de rehabilitación. Comienza en el mismo espacio donde se encuentre la obra. Hasta allí se desplaza alguno de los restauradores de Las Edades. «Todos hacemos de todo y podemos ir cualquiera», relata Silvia Lorenzo, la directora.
En un primer momento se realiza un análisis del estado de la pieza para conocer su conservación o las posibles manipulaciones que haya podido sufrir con el paso del tiempo. No siempre es exacto, sino que en numerosas ocasiones hay sorpresas inesperadas. Se documenta textual y fotográficamente cada uno de los pasos que se van dando. Los expertos del taller viajan también en el momento del traslado de la pieza hasta el Monasterio de Valbuena de Duero. Se suelen llevar en cajas especialmente forradas para evitar cualquier tipo de percance.
«Nos hemos encontrado con muchas cosas raras», señala Lorenzo, «incluso con amputaciones o algunas roturas por caídas». Parece meridianamente claro que la manipulación humana de las piezas es la causante del mayor número de deficiencias y deterioros en las obras. «Aquellas que se han mantenido fuera del alcance de los humanos porque están colgadas a varios metros de altura se mantienen mejor».
Cuando cualquiera de los cinco restauradores comienza a trabajar en la obra lleva a cabo una análisis pormemorizado de las piezas para estudiar sus diferentes patologías. En algunos casos, especialmente en las piezas escultóricas, es necesaria incluso la contratación externa de alguna pieza a un carpintero para consolidar el trabajo. Luego comienza la labor de restauración propiamente dicha. Algunas veces se hace para que las piezas participen en algunas de las exposiciones de Las Edades, mientras que en otras la rehabilitación se hace simplemente por el estado de la pieza.
Cinco restauradores
Pilar Bombín está trabajando durante estos días en un Cristo perteneciente a la parroquia de la localidad extremeña de Coria. «Estoy haciendo una limpieza para recuperar la policromía original», relata. Poco a poco, con una paciencia infinita, no suelta su pincel y dos pequeñas cantidades de agua para reintegrar la policromía de esta pieza. Sonia López está realizando sus prácticas en el taller y esta semana rehabilita unos relicarios de la localidad burgalesa de Lerma. «Me está permitiendo trabajar con distintas piezas de madera policromada y estoy aprendiendo muchísimo. Es un lujo poder trabajar con tantas obras diferentes, que en otros lugares no puedes ver», comenta.
Pinceles, garrafas, brocados, espátulas, ordenadores, tornillos, cepillos, alicates, martillos, serruchos, escuadras… Son cientos los utensilios que se pueden observar en alguna de las mesas y los ‘cirujanos’ encargados de las piezas no dejan en ningún momento de centrar sus ojos y sus herramientas. «Con algunas podemos estar un mes y con otras incluso el trabajo se puede prolongar durante uno año», comenta la directora. La carga de trabajo depende también del convenio con la Diputación de Valladolid y del tiempo que reste para la inauguración de una nueva exposición. «Algunas veces pensamos que no llegamos a tiempo, pero al final sacamos el trabajo adelante».
Francisco Boldo trabaja en la planta baja del edificio. Es el encargado de las piezas de gran tamaño. Aquellas que impresionan con solo mirarlas. Grandes obras pictóricas, piezas de retablos o esculturas enormes. El trabajo es el mismo, pero se podría decir que requiere algo más de paciencia. «Hago lo mismo que mis compañeros, pero en otro formato», matiza. La posiciones de los restauradores durante sus horas de trabajo siempre es simular. Cabeza agachada, pincel o bisturí en mano y mirada clavada en la pieza.
El trabajo de documentación también es sumamente importante. Los informes que se preparan son muy extensos para que todas las actuaciones, visibles o no, estén reflejadas. Las técnicas de recuperación actuales se encaminan hacia la diferenciación entre la pieza original y lo que se ha restaurado. De esta forma, en el taller marcan de forma imperceptible para los ojos inexpertos cada una de las piezas. «Cuando se observa la pieza no se ven las técnicas, pero cuando se mira de forma detenida y de cerca se puede ver la diferencia para que quede constancia de la restauración».
Las deficiencias que presentan las piezas suelen ser comunes y van relacionadas con el tramo humano, con la humedad existente en los iglesias y los insectos en el caso de la madera. Por ello, cuando los trabajos están restaurados se utiliza una cámara de hidrógeno para acabar con «toda vida» que habite en cualquiera de las piezas. «Mata toda vida que pueda haber. Suelen estar en la cámara que construimos nosotros con plásticos durante unos quince días». Las técnicas a utilizar para la reparación también son muy variadas, pero en todas hay una tónica común. La rehabilitación en busca del origen de la pieza en la clave. Eliminación de policromías, reparación de roturas, sustitución de marcos, mejora de las estructuras… y así un sinfín de acciones en busca del primer esplendor de la obra.
Es impredecible saber cuántas piezas llegan al taller cada año. Los encargos van surgiendo con el paso de los meses y los municipios no tienen otra forma de afrontar mejoras en su patrimonio artístico que el convenio existente entre la Diputación de Valladolid y Las Edades. «Es una gran satisfacción cuando vemos las caras de la gente con las piezas».
Una vez que la pieza está completamente terminada se realiza el viaje a la inversa. Alguno de los trabajadores del taller acompaña la pieza para su entrega o para su colocación en las templos. Los traslados son un momento delicado y es necesario extremar las precauciones. La obra comienza así una nueva vida en su templo. Una vida proporcionada a base de paciencia y buen trabajo.