Amor, sentimentalismo, afectividad. II

 Por Carlos de Bustamante

(Acuarela de Eva Carballares en Hispacuarela de Facebook)

Continúo   con la magistral (así  es  si así os parece) exposición  del profesor José María Yanguas (Profesor de Teología Moral. Pontificio Ateneo de la Santa Cruz), a la luz, naturalmente cristiana  de las enseñanzas de san Josemaría  Escrivá  de Balaguer  de quien fue alumno  aventajado.

Sentimentalismo e indiferencia estoica

Enseña la fe cristiana que el pecado rompió la armonía de la creación, de manera particular la armonía interna del hombre. Cuando el Concilio Vaticano II quiere definir el pecado lo presenta como ruptura, como factor creador de desorden, dentro y fuera del hombre. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: «La armonía interior de la persona humana, la armonía entre hombre y mujer, la armonía en fin entre la primera pareja y toda la creación constituía la condición llamada de ‘justicia original’». Con el pecado de nuestros primeros padres dicha situación resultó profundamente alterada, de manera que «la armonía en la que habían sido puestos, gracias a la justicia original, queda destruida; se rompe el dominio de las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo…». Todas las potencias del alma, como sostiene Santo Tomás, quedaron de algún modo privadas del orden que les es propio y por el que se ordenan naturalmente a la virtud; la naturaleza humana quedó herida, pero gracias al Bautismo, lavado de la regeneración, los hombres son renovados en el Espíritu Santo, hechos una nueva criatura. Permanecen sin embargo en el bautizado algunas consecuencias temporales del pecado, entre ellas la inclinación al mal que llamamos “concupiscencia”, una cierta debilidad en la armonía restablecida, armonía que es preciso ir consolidando con la gracia de Dios y el empeño personal.

Sentimentalismo e indiferencia estoica son dos modos equivocados de situarse en este cuadro general apenas diseñado. Se trata de dos peligros que acechan por igual al cristiano, alterando profundamente la adecuada integración de esas fuerzas del hombre que englobamos bajo el nombre genérico de afectividad.

-Sentimentalismo pietista

De una parte, la afectividad, y la misma vida moral, puede ser identificada y grotescamente reducida al mundo cambiante de los sentimientos, privilegiándolos indebidamente en la vida del cristiano y consintiendo que invadan las áreas propias del entendimiento y de la voluntad; el sentimiento se convierte así en criterio de verdad y en el principal motivo que pone en movimiento la voluntad. La verdad objetiva desaparece al quedar reducida a sentimiento, como ocurre en algunas modernas corrientes de Ética, y la voluntad se debilita perdiendo el vigor que debe caracterizarla.

El ideal de vida cristiana que se perfila en las obras de san Josemaría es de muy distinto tenor. Reacciona con energía contra lo que define con trazos rápidos y eficaces, de sabor impresionista, como «manifestaciones de ese sentimentalismo ineficaz, ayuno de doctrina, con empacho de pietismo»; es decir, una vida cristiana que no se apoya en una sólida formación en la fe, que la confunde e identifica con una piedad que se agota en múltiples manifestaciones puramente externas de piedad. «Urge adquirir doctrina, y vivir de fe, para poder darla, y evitar así que las almas caigan en los errores de la ignorancia o en el pietismo, que desfigura con su devoción vana, sensiblera o supersticiosa, el rostro de la verdadera piedad».

Legitimar el papel de la afectividad en la vida cristiana no significa en absoluto fomentar sentimientos pasajeros «que traen la emoción o las lágrimas»; no es cuestión de sensiblería superficial, de falta de calado personal, de una espiritualidad epidérmica que no es «profundamente humana». Un modo de entender la vida cristiana en la que se concede demasiado espacio a la afectividad, al sentimiento, y que resulta compatible con un «cumplimiento rutinario» de los propios deberes, «con el hastío o con la apatía», con una «entrega anodina» que no se propone en absoluto animar la entera existencia con la luz de la fe y la fuerza del amor.

Sentimentalismo y pietismo van frecuentemente de la mano, según el Fundador del Opus Dei, y son una caricatura de la verdadera piedad cristiana, una especie de carnavalesco «disfraz, un engaño de cara a Dios y de cara a los hombres»; apariencia de vida cristiana, que en realidad reduce la verdadera piedad a un añadido —«armatoste externo de piedad»—, a «entusiasmo fácil» a «devoción sensible», carente de sólida raíz doctrinal y no raramente acompañada de una vistosa falta de cualidades humanas. Una suerte de piedad que no valora suficientemente las virtudes humanas y que no es raro se vea acompañada de un déficit de humanidad en personalidades poco armoniosas. Es una falsa piedad que el san Josemaría define como “beatería” y describe así:

«La beatería no es más que una triste caricatura pseudo-espiritual, fruto generalmente de la falta de doctrina, y también de cierta deformación en lo humano: resulta lógico que repugne, a quienes aman lo auténtico y sincero».

-Indiferencia estoica

De otra parte, la afectividad puede ser intencionadamente sofocada, dando paso a una especie de ideal moral de impronta estoica que se esfuerza por conseguir la indiferencia o supresión de la afectividad, ideal inhumano de quien se ruboriza al tener que admitir la presencia de afectos en su vida, que se avergüenza de sentirlos, que los considera escoria de la vida moral que debe ser eliminada para que ésta última pueda resplandecer en toda su pureza; los afectos, se piensa, humanizarían demasiado la vida cristiana. Se da paso así al ideal de corte kantiano en el que la intervención de la afectividad parece minar la autenticidad propia del comportamiento moral: la del cumplimiento del deber por el propio deber, sin permitir que ningún otro móvil la falsifique o contamine.

No se muestra más indulgente san Josemaría con este otro modo errado de entender la afectividad, característico de un cierto tipo de laicismo moral. Aquí la vida cristiana pierde viveza, calor; aparece como algo encorsetado, rígido. Los sentimientos constituyen un peligro, el amor se degrada hasta convertirse en «caridad oficial, seca y sin alma» se da por sentado que «conservar un corazón limpio, digno de Dios, significa no mezclarlo, no contaminarlo con afectos humanos»; y se corre el grave riesgo «de volvernos tiesos, sin vida, como una muñeca de trapo», el peligro de que la vida moral adquiera «la rigidez del cartón».

Aquí la indiferencia no es ya desapego de los bienes terrenos, que no significa desprecio de los mismos, sino justa apreciación de los mismos, afirmación de la supremacía absoluta de Dios, único Señor. Se trata más bien de la indiferencia propia de una «razón fría» y de una «voluntad de puro espíritu», propia de quien sólo sabe vivir una caridad “oficial” extrañamente compatible con una indiferencia heladora, que se expresa en palabras, gestos o comportamientos que parecen exigencia de un guion, recitación de un papel asignado, realización artificial de un gesto, ejercicio burocrático de una función. Este tipo de indiferencia cercana, sino idéntica, a la “desafección” — cualidad de un ánimo insensible incapaz de conmoverse —, es, con el odio, el enemigo mortal de la caridad.

Esta visión de las cosas parece más bien consecuencia de una mentalidad deís-ta, incapaz de pensar en un Dios cercano, que tiene un nombre, un Dios que es «Padre y muy Padre», como reza un conocido punto de Camino, concretando con poético acierto lo que nos enseña la Revelación. Sólo en el horizonte gris, anónimo, de una idea deísta de Dios cabe la indiferencia de un «corazón seco» Algo que nada tiene que ver con los momentos de frialdad o de cansancio por los que puede pasar una persona, ni con el «decaimiento físico» o el «cansancio interior» que pueden hacer perder brillo, frescor, a la vida interior, sin que por eso se pueda hablar de indiferencia. La diferencia aparece clara en este punto de Camino:

«¿Que te da todo igual? —No quieras engañarte. Ahora mismo, si yo te preguntara por personas y por empresas, en las que por Dios metiste tu alma, habrías de contestarme, ¡briosamente!, con el interés de quien habla de cosa propia.

No te da todo igual: es que no eres incansable…, y necesitas más tiempo para ti: tiempo que será también para tus obras, porque, a última hora, tú eres el instrumento».

Es también característico de este planteamiento convertir la vida cristiana en un «entramado agobiante de obligaciones, que deja al alma sometida a una tensión exasperada», con el peso sobreañadido de deber controlar, sofocar o extirpar sentimientos y afectos profundos, sobre los que, sin embargo, no poseemos dominio. Se da así lugar a la formación de espíritus internamente violentos, preocupados convulsamente de poder exhibir una inmaculada hoja de servicios prestados, de obediencia sin tacha

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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