Entre los árboles

Por Javier Pardo de Santayana

(Aeronave de vigilancia o de reconocimiento)

Ya que he optado por mostrar a mi improbable lector algunos aspectos a mi parecer interesantes de las vivencias acumuladas a lo largo de un curso, si mal no recuerdo de trescientas horas de vuelo, seguido por un servidor de ustedes en Norteamérica allá por el año 61 del pasado siglo, hoy les expongo algunas de las dificultades que se acumulaban al aprendiz de piloto en una de las fases.

La parte más atractiva del curso de vuelo era la fase táctica. Pero quizás fuera también la más expuesta y complicada. Se trataba de aprender y practicar aquellas técnicas de vuelo que debería permitirnos realizar misiones reales en ambiente de combate. Para ello debíamos aprovechar al límite el terreno desplegando nuestros aviones en el campo sin someternos a la servidumbre de pistas artificiales. Habríamos de ser capaces de aterrizar en los pequeños claros de los bosques y en los tramos rectos de los caminos. Todo lo contrario, por ejemplo que la fase instrumental, en la que se vuela observando simplemente las indicaciones de los instrumentos, cosa nada fácil como puede comprenderse, pero no menos complicada que desenvolverse en el aire cuando uno convive con el peligroso entorno de la naturaleza.

Los troncos y las copas de los árboles pasarían a escasos metros; lo que desde el aire parecía un espacio suficiente de terreno podía resultar demasiado corto; esa pequeña zona aparentemente llana escondería quizá las irregularidades con que habitualmente se nos muestra nuestro entorno; un cambio en la intensidad del viento podrá impedirnos salvar aquel obstáculo con que nos encontramos cuando intentamos abandonar un espacio confinado… Frecuentemente aterrizar para despegar luego entre los árboles aprovechando un calvero o un tramo de camino constituye un problema de solución única: la llegada y la salida sólo están garantizadas si se salva el obstáculo por un lugar determinado y se saca partido de la inclinación del terreno y de la dirección del viento.

Superar tales dificultades exige un gran dominio del avión y mucho entrenamiento en el curso del cual el mayor peligro quizá se encuentre ya en el vuelo de reconocimiento que deberá realizarse antes de intentar cualquiera de estas maniobras, ya que reúne aquellas circunstancias que se estiman menos recomendables para la supervivencia del propio piloto, esto es, la baja altitud y la baja velocidad. En realidad, estamos hablando de una situación en la que el avión se encuentra al borde de entrada en pérdida, y de hacerlo no tiene posibilidad de recuperación, así que habrá que situarse en una ruta paralela a la mayor dimensión de la zona elegida e inmediata a ésta, descender hasta una altura sólo superior en un metro a la del obstáculo arbóreo sobre el que se vuela, y  – más difícil todavía – desviar la mirada hacia la zona objeto del reconocimiento en un ángulo de cuarenta cinco grados poniendo en ella la mayor intensidad posible de concentración, pues en el breve paso sobre el terreno debemos ser capaces de observar el grado y el sentido de su pendiente, la posible existencia de piedras, zanjas o irregularidades, el sentido y la fuerza del viento, y también la configuración en detalle del obstáculo que nos permita aprovechar aquellas inflexiones de la barrera que permitan entrar y salir en las mejores condiciones.

A veces el vuelo de reconocimiento provoca la huída de vacas y otros animales que toman el sol en el calvero, y no es infrecuente llegar al suelo con alguna rama enredada en la punta del ala. En el despegue suele haber momentos de gran emoción. Así, por ejemplo, cuando para salir hay que meterse materialmente bajo los árboles, poner bien derecho nuestro timón de cola, meter gases a fondo y, sintiendo desde los pies hasta la cabeza la poderosa vibración del motor, soltar los frenos para salir luego de tapón pidiendo a Dios que el avión supere esa barrera interminable de árboles que se nos echa encima…

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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