Por Carlos de Bustamante

(Acuarela de David Taylor)
Continúo con la magistral exposición del profesor José María Yanguas (Profesor de Teología Moral. Pontificio Ateneo de la Santa Cruz), a la luz, naturalmente cristiana de las enseñanzas de san Josemaría Escrivá de Balaguer de quien fue alumno aventajado.
Y es que mis amigos y probables únicos lectores, hoy son mayoría -en absoluto totalidad a Dios gracias – cuya opinión sobre el amor lo entienden como amoríos o por `hacer el amor´; son aquéllos de los que alguien importante dijo: ‘El fin de ellos será la perdición, su dios es su vientre, su gloria se halla en su vergüenza, y piensan solamente en lo terrenal´. Los sentimientos como algo que, si no es lacrimógeno o multitudinario, no tiene apenas valor para la `ciudadanía´, ni éxito para los organizadores de los eventos objeto del más propiamente llamado sentimentalismo. La afectividad como la esencia de la sensibilidad; de tal forma que unen lo sentimental (sentimentalismo) con los afectos recios y nobles. Resultado para los que así piensan: afectividad dulzona, empalagosa, sensiblera. Por lo general poco duradera. Por no herir sensibilidades, omito citar ejemplos, que, por otra parte, no puedo asegurar que no haya en ellos -creo que mis amigos saben en los que pienso- algún tipo de amor o de Amor. Tampoco soy quién para poner en duda la verdadera fe de un pueblo que se manifiesta de modo diferente según el modo de ser de cada persona. Más cuando en el proceder en el amor o Amor, constituyen ejemplos de belleza singular.
-La caridad cristiana: ni insensibilidad indiferente, ni sentimentalismo.
En la doctrina de san Josemaría, la caridad, el amor de Dios es, pues, algo bien lejano de la insensibilidad, de la ausencia o de la dureza de corazón. Como lo es igualmente la piedad auténtica, «que nace de la filiación divina», virtud que regula las relaciones humanas al interno de la gran familia de los hijos de Dios y que constituye como la entraña y la forma del amor:
«… actitud profunda del alma que acaba por informar la existencia entera: está presente en todos los pensamientos, en todos los deseos, en todos los afectos».
Cuando la miniserie toca a su fin, el profesor Yanguas, va también concluyendo conceptos que bien quisiera haya servido a mis amigos y probables únicos lectores, para mejor entendimiento de concepciones ` manoseadas´ hoy en día, pero malamente, por lo general, entendidas.
-La purificación del corazón
Purificación, porque la justa valoración del papel de la afectividad en la vida moral no significa ignorar que el pecado ha introducido la cizaña del desorden también en este campo. Por eso, con el realismo de la fe y con el que nace de la experiencia personal y de la labor de almas, san Josemaría afirmaba:
«El verdadero amor de Dios — la limpieza de vida, por tanto — se halla igualmente lejos de la sensualidad que de la insensibilidad, de cualquier sentimentalismo como de la ausencia o dureza de corazón».
Es ahora el «peso de las pasiones» en su sentido negativo lo que se subraya; la necesidad de «depurar» los afectos, de quemar su escoria»; de que al «derrochar ternura» no se introduzcan sentimientos menos legítimos que signifiquen «apegos» del corazón que no se quieren cortar o afectos que «atan a la tierra» de combatir porque el afecto se hace «tentación» o no se corresponde con la cualidad de la acción a la que acompaña. Por eso, en perfecta coherencia con su propia enseñanza, la oración de san Josemaría discurre así en este ámbito concreto de la vida cristiana:
«No te digo que me quites los afectos, Señor, porque con ellos puedo servirte, sino que los acrisoles».
El modo de hacerlo no es otro, no puede ser otro que hacer pasar por el crisol del corazón de Cristo los afectos del propio corazón.
Hasta aquí, mis amigos y probables únicos lectores cuanto quise reeditar conceptos que difícilmente hubieran llegado a nuestros `improbables´ lectores.
Agradeced, os ruego, a san Josemaría y al profesor José Mª Yanguas la claridad de las ideas que, con buena o mediana fortuna he querido exponeros.
Si no han producido en vosotros, mis amigos, el fin con que fueron escritas, os aseguro que en quien os la ha transmitido lo consiguieron plenamente.