Por Javier Pardo de Santayana

(Prestos a partir de Santoña)
Conozco bien Santoña porque muy cerca de ella abundan mis más entrañables recuerdos familiares. Y sin embargo no he sabido hasta hace poco que en sus aguas amerizó en su día uno de los personajes más relevantes del final del siglo XIX y el comienzo del XX.
Y es que, por alguna razón que desconozco, no veo que el nombre de Charles Lindberg, con razón famoso por haber sido el primer ser humano que se aventuró con éxito a cruzar en vuelo solitario el cielo del Atlántico, aparezca en parte alguna de la villa, como sí aparece, por ejemplo y sobre todo, el de Juan de la Cosa, aquel gran navegante natural de esa villa y famoso por haber acompañado a Colón en sus viajes y ser autor del primer mapa de América,
Quiero decir con ello que la alcaldía no parece seguir una norma respecto a sus encuentros con la historia, toda vez que, por un lado, no sólo ha procurado hacer valer el nombre de los personajes de relieve histórico relacionados con la villa sino también, incluso, de las propias piedras del antiguo puerto, mientras olvida recordarnos su relación con unos personajes que tuvieron la doble fama de la hazaña como aviador de Charles Lindberg y la muy triste compartida con su esposa del secuestro y cruel asesinato del hijo de ambos: una noticia que conmovería al mundo. Pues bien, como ya tuve ocasión de hacer ver hace algún tiempo, conviene recordar que el hecho de su paso por Santoña tuvo lugar con ocasión de un recorrido por Europa que tendría lugar el año 1933 – el de mi nacimiento – es decir seis años después del famoso vuelo – realizado con el objetivo de encontrar posibles rutas para una compañía comercial. A tal efecto Lindberg había salido de Ginebra camino de Lisboa con su esposa Anne Marrow, cuando, al llegar a nuestra costa norte con su hidroavión de nombre “Albatros”, tropezó con un frente de niebla que le obligaría a amerizar cuanto antes. Y así lo hizo tras de buscar un sitio idóneo y seguro antes de decidirse por Santoña. Noticias hay de haber tanteado las proximidades de la ciudad de Santander y de haberse oído el ruido previo de un motor sobre el penal del Dueso. Pero el hecho es que el insigne aviador acabaría juzgando que Santoña ofrecía las mejores perspectivas como un lugar acogedor e idóneo. Así que después de conectar por radio con el embajador norteamericano para solicitar permiso, dejó su “Albatros” bien anclado y pasó a tierra con su parco equipaje, consistente en un saco y tres maletas.
Ni que decir tiene que llegados a ese punto lo primero fue buscar una persona con conocimiento del inglés para entenderse, y un alojamiento para pasar la noche, cosas ambas que como es natural se encontrarían entre los dueños de las muchas fábricas de conservas existentes, acostumbrados a mantener contactos internacionales. Y así para para pasar la noche se elegiría la mansión todavía existente según creo, de la conocida familia de los Albo, quienes les ofrecieron un té caliente tras el aseo y el cambio de ropa, ya que en el trance se supone que ambos sudaran abundantemente. Y por supuesto apareció el alcalde y se montó un dispositivo de seguridad en que participaron soldados del Regimiento nº23 de Infantería, de guarnición en la plaza, y guardias civiles cuyo capitán representaría al Gobernador de la provincia; todo ello mientras un grupo de carabineros custodiaba atentamente el hidroavión.

(Recepción en el Ayuntamiento)
Se trataba en principio de una noche, mas como quiera que a la mañana siguiente no se apreciara mejoría en la situación meteorológica, la estancia de los Lindberg se prolongaría una jornada entera, así que habría tiempo para una acogida oficial de las autoridades y la afluencia de nuevos periodistas ante los cuales el matrimonio tendría ocasión de agradecer las muchas atenciones recibidas y no olvidaría referirse al español Ricardo de La Cierva, el inventor del autogiro. Una paliza, en fin, para el famoso coronel, que según nos cuentan, era poco hablador y amigo de multitudes. En cuanto a la continuación del viaje interrumpido, se iniciaría temprano al tercer día con dirección hacia Lisboa y con un amerizaje en el río Miño sin salir del hidro. Ahora es de suponer que cualquier día se reconozca la aparente falta de interés de los vecinos de Santoña y de su ayuntamiento por registrar y dar a conocer de forma explícita este suceso en que en sus aguas y en sus calles entraron dos personajes con resonancia histórica.
P.D. El secuestro tuvo lugar el 1 de marzo de 1932, y el cuerpo del niño se encontró en un bosque tres meses más tarde, por lo cual la llegada del matrimonio Lindberg a Santoña el 11 de noviembre de 1933 tuvo lugar cuando ambas cosas ya habían sucedido y eran de sobra conocidas por el mundo entero.