Batalla de las Navas de Tolosa. Memoria histórica. 2 

Por Carlos de Bustamante

 

(Batalla de Las Navas de Tolosa, óleo de Van Halen expuesto en el palacio del Senado ,Madrid)

Mientras tanto, en el bando musulmán, los almohades, dirigidos por el miramamolín Muhammad ben Yusuf Yacub, conocido como Al-Nasir —hijo del vencedor de Alarcos y de una esclava cristiana—, también ultimaban sus preparativos para el choque decisivo que se avecinaba. En febrero de 1211, Al-Nasir salió de Marrakech al frente de un gran ejército. Por entonces el emir almohade tenía treinta años y se decía que había jurado sobre el Corán conducir a sus tropas hasta Roma y abrevar sus corceles en el río Tíber. Desde Marrakech, el ejército almohade se dirigió a Rabat y Alcazalquivir, y fue creciendo por el camino con los combatientes del norte de África que se le unían en el avance. En mayo de 1211 los almohades cruzaron el estrecho de Gibraltar, desembarcaron en Tarifa y se expandieron por Al-Ándalus. Alarmados ante lo que se les venía encima, los castellanos solicitaron refuerzos a otros reinos cristianos de la península Ibérica y de allende los Pirineos. Desde Francia empezaron a llegar cruzados europeos, que terminaron concentrándose en Toledo. Como señala Eslava Galán, los pobres iban a pie, mendigando por los caminos; los nobles, a caballo, seguidos de sus mesnadas. Entre ellos no solo concurrían guerreros.

También afluían muchedumbres fanatizadas de mujeres, jovenzuelos y personas inútiles para la guerra. De los reyes hispanos, el primero que acudió a la llamada de Alfonso VIII fue Pedro II de Aragón, su primo hermano, con unos 3.000 caballeros (aunque las crónicas difieren bastante en el número), acompañados de los obispos de Tarazona y Barcelona y una nutrida hueste de gente a pie. Entretanto, el ejército almohade remontó el Guadalquivir hasta alcanzar los pasos de Sierra Morena, pero no se decidió a cruzarlos y se mantuvo a la espera del avance enemigo. Pensaba así poder elegir un campo de batalla favorable, contando con la ventaja añadida del cansancio del ejército cristiano, que en su marcha hacia Andalucía debía atravesar las planicies manchegas bajo el calor infernal del verano.

LA MARCHA HACIA EL SUR

Una vez en Toledo, los cruzados procedentes de Francia (llamados «ultramontanos» en las crónicas) mostraron enseguida su impaciencia por obtener el botín que creían merecer y saquearon la judería el día de Pentecostés. Allí hicieron correr la sangre con gran pesar del rey de Castilla, que consiguió frenar la matanza con ayuda de los caballeros de la ciudad. Pocos días después, el 20 de junio de 1212, la masa combatiente cristiana reemprendió su marcha hacia el sur. En vanguardia iban los cruzados foráneos, mandados por Diego López de Haro, señor de Vizcaya, que arrasaron el pueblo y el castillo de Malagón, donde acamparon a la espera del grueso del ejército, encabezado por los reyes de Aragón y Castilla. Desde Toledo, el ejército siguió el itinerario Los YébenesMalagón-Calatrava-Alarcos-Caracuel-Salvatierra-El Viso del Marqués y Puerto de Muradiel. Este último suele identificarse con el desfiladero de Despeñaperros, aunque el historiador Carlos Vara lo sitúa unos kilómetros más al oeste. La marcha atravesó Castilla-La Mancha: un espacio fronterizo casi despoblado, salpicado de algunos castillos y fortalezas que cumplían el papel de avanzadas militares en un territorio permanentemente disputado. Una vez reunido, el ejército cristiano sufrió graves problemas de aprovisionamiento debido a la escasez de víveres en los yermos de la meseta castellano-manchega. Tras vadear el Guadiana, las tropas llegaron a la fortaleza de Calatrava, que pertenecía a la orden del mismo nombre y había sido tomada por los almohades. Los cristianos se lanzaron al asalto y los defensores se entregaron a la clemencia de Alfonso VIII, que les permitió retirarse con vida. Una decisión que indignó a los cruzados extranjeros, ávidos de sangre y muy cansados por las privaciones a que les había sometido la dura travesía de los páramos castellanos bajo el sofocante calor del verano. La mayoría de ellos, encabezada por el obispo de Burdeos, decidió abandonar el 3 de julio la empresa y retirarse a sus países de origen, «volviendo a su tierra sin honra ni gloria», como dice el arzobispo de Narbona, aunque este, con 150 caballeros del Languedoc, continuó en la empresa.

La retirada mermó en un tercio los efectivos de la tropa cristiana y, antes de marcharse, según cuentan los Anales toledanos, los «ultramontanos» trataron de ocupar Toledo a traición, pero los habitantes consiguieron cerrar las puertas a tiempo. En carta que Alfonso VIII dirigió al papa, el monarca cifró la ayuda extranjera en 2.000 caballeros, 10.000 jinetes y 50.000 peones, mientras que la Crónica latina de los Reyes de Castilla afirma que fueron 1.000 caballeros y 60.000 peones, llegados en su mayor parte de Francia, pero también de Italia y Alemania. En los primeros días de julio, el ejército cristiano tomó los castillos de Alarcos, Caracuel y Piedrabuena, y en Calatrava, castellanos y aragoneses repusieron fuerzas y recibieron el refuerzo de unos 200 caballeros navarros al mando de su rey, Sancho el Fuerte, que había suspendido su enemistad con el rey castellano y acudía a combatir también a los almohades. El 7 de julio, los cruzados acamparon ante los muros de Salvatierra, otra fortaleza cristiana caída en poder de los almohades en 1211 y que inicialmente resistió el asedio, aunque no tardaría en ser tomada. Ante sus murallas, los reyes cristianos pasaron revista a sus tropas y se informaron de que el ejército enemigo, que había partido de Baeza, les esperaba al otro lado de las gargantas del Muradal, frente al desfiladero de la Losa situado en las cercanías de Santa Elena y considerado prácticamente inexpugnable. El 11 de julio, los cristianos acamparon en las Fresnedas. López de Haro envió a su hijo don Lope con una avanzada que ocupó las alturas del desfiladero y el castillo del Ferral (hoy Castro Ferral), que protegía el desfiladero de la Losa, defendido por un destacamento almohade. Al día siguiente el grueso del ejército cristiano llegó al pie de Sierra Morena. Los almohades abandonaron el castillo de Ferral y se replegaron hacia el sur. Ambos ejércitos quedaron frente a frente, separados solo por el desfiladero de la Losa, fuertemente custodiado por los almohades.

UN GUÍA PROVIDENCIAL

A los cristianos se les planteó la disyuntiva de forzar el angosto paso, con riesgo de un gran descalabro, o dar media vuelta y retroceder al llano para buscar otro camino que les permitiera franquear Sierra Morena. Pero los víveres escaseaban y los reyes hispanos temían que la retirada por un terreno tan abrupto terminara por agotar y desmoralizar a sus hombres. De modo que se decidieron por la opción más difícil: atacar frontalmente al enemigo en el desfiladero de la Losa. Un movimiento muy arriesgado que ponía en grave riesgo a todo el ejército. Entonces surgió el «milagro», según sostiene la leyenda piadosa, en forma de un pastor anónimo que ha pasado a la historia como «el pastor de Las Navas» y se ofreció a guiar a Alfonso VIII por un paso secreto que los almohades no vigilaban. Un destacamento al mando de Diego López de Haro siguió la ruta marcada por el rústico que, a través de los parajes de Puerto del Rey y Salto del Fraile actuales, les condujo a la campa de la Mesa del Rey. Después de la batalla se extendió el rumor de que el providencial personaje era un ángel enviado por Dios o san Isidro Labrador, bajo el nombre de Martín Malo, aunque hubo otros que le pusieron el nombre más terrenal de Martín Alhaja o Halaja —en el nombre difieren los cronistas—. El arzobispo Jiménez de Rada lo describe como un individuo «desaliñado en su ropa y persona, que tiempo atrás había guardado ganado en aquellas montañas y se había dedicado allí a la caza de conejos y liebres». Guiados al sitio, el grueso de la fuerza cristiana acampó en la Mesa del Rey, «el monte que tenía una explanada en lo alto», en palabras de Jiménez de Rada, lo que supuso que ambos contendientes se encontraran por fin el uno frente al otro, sin obstáculos naturales interpuestos. Entonces, Al-Nasir decidió dar la batalla lo antes posible para evitar que los cristianos se recuperasen. Formó a su ejército en orden de combate y envió columnas de caballería y arqueros para hostigar a los cristianos, pero estos mantuvieron sus posiciones. Las escaramuzas prosiguieron durante la jornada siguiente, como preludio del gran combate que se avecinaba. El domingo 15 de julio se sucedieron los encuentros, los duelos individuales y los hostigamientos, pero Alfonso VIII se negó a entablar batalla hasta dar el descanso necesario a sus tropas, revisar monturas y equipos y completar los preparativos para el inminente choque. Los sacerdotes dieron la absolución general a todos los cruzados antes de entrar en combate: en caso de muerte, todos los que cayeran peleando tenían «garantizado» el cielo. Una promesa de salvación que enardeció aún más el ánimo de los guerreros de la cruz.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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