Batalla de las Navas de Tolosa. Memoria histórica. 5

Por Carlos de Bustamante

(Batalla de Las Navas de Tolosa, óleo de Van Halen expuesto en el palacio del Senado, Madrid)

En ese momento crítico, al ver retroceder a los cristianos, los almohades rompieron su formación para perseguirlos, sin tener en cuenta que todavía no había entrado en liza la caballería pesada cristiana en reserva, que se lanzó oportunamente por el hueco que había dejado abierto la caballería musulmana. De este modo se desorganizó completamente el frente almohade y la confusión aumentó por la falta de resistencia de las descontentas tropas andalusíes. «Huyeron los caídes andalusíes con sus tropas — escribe el cronista marroquí Abu Zar— por el odio que había en sus corazones contra Al-Nasir, a causa de la muerte de Ibn Qadis…». El testimonio musulmán hacía referencia a los recelos de la tropa andalusí hacia los almohades por la ejecución de Ibn Qadis, el jefe de la guarnición musulmana en la fortaleza de Salvatierra, a quien los cristianos perdonaron la vida a cambio de rendir la plaza. Apenas llegado con los suyos, Ibn Qadis fue degollado por orden del sultán almohade, lo que tuvo consecuencias muy negativas en la moral de los andalusíes durante la batalla.

Lo que pasaría a la historia como «la carga de los tres reyes» cruzó como un alud el campo de batalla hasta llegar al palenque del Miramamolín, y la mayoría de las crónicas sostienen que fue el gigantesco rey navarro Sancho el Fuerte (medía más de dos metros) el primero en conseguir cruzar la empalizada que protegía la tienda de Al-Nasir y romper la resistencia de los imesebelen encadenados. El hecho dio origen a las cadenas que muestra el escudo de Navarra, aunque las mismas figuran también en el escudo de varios pueblos castellanos y haya quien sostenga que el primero en cruzar la empalizada fue el alférez real de Castilla, Álvaro Núñez de Lara. Sin posibilidad de retirada, los combatientes de la Guardia Negra de Al-Nasir sucumbieron valientemente en sus puestos y el degüello dentro del palenque fue feroz. Pero la carga de la caballería pesada cristiana era imparable y el hacinamiento de los combatientes en un espacio tan reducido impidió que los arqueros musulmanes pudieran hacer uso de sus temibles flechas. De la dureza con la que se combatió dan fe las bajas de la caballería cristiana. Murieron los maestres de las órdenes del Temple y Santiago, el comendador de Santiago y el alférez de Calatrava. El maestre de esta orden perdió un brazo y quedó tan malherido que hubo de renunciar al cargo. LA MORTANDAD A la caída de la tarde, el ejército de Al-Nasir se desintegró y la persecución (el «alcance»4 ) de los cristianos, que se prolongó hasta la noche, acabó con los fugitivos. Muchos de ellos buscaron refugio en la cercana fortaleza de Vilches y otros murieron alanceados cuando intentaban esconderse subidos a los árboles. «Hallaban a los moros en las encinas y en los alcornoques —dice un cronista—, y allí les daban muchas lanzadas y así los derribaban». El arzobispo de Toledo cuenta que era tal el número de los caídos que los caballos apenas podían saltar sobre los cadáveres. El Miramamolín, que emprendió la huida a caballo, pronunció unas enigmáticas palabras al contemplar el campo de batalla repleto de cadáveres musulmanes: «Dios dijo la verdad y el diablo mintió». Como en toda gran victoria cristiana contra los musulmanes, los anales dejaron constancia del favor divino.

El cronista Alberico relata que gran parte del triunfo se debió a un estandarte de la virgen de Rocamadour, venerada en Francia. La piadosa leyenda dice que la virgen se apareció al sacristán del santuario de Rocamadour y le solicitó que llevara un estandarte al rey de Castilla, que debía ser desplegado en el momento de mayor gravedad de la batalla. La insignia llegó a manos de Alfonso VIII, y cuando el empuje de la caballería cristiana empezó a decaer, el monarca castellano la desplegó, cambiando así el signo de la lucha. También se dijo en el bando cristiano que, tras la victoria, apareció una cruz de oro en el cielo que se desvaneció cuando todos la hubieron visto. Ganada la batalla, los vencedores se lanzaron sobre el campamento almohade en busca de botín y saquearon todo lo que encontraron de valor, incluyendo armas, caballos y vestimentas. Cuanta Ibn Abu Zar que el degüello de los musulmanes duró hasta la noche, y las espadas de los infieles se cebaron en ellos y los exterminaron completamente, tanto que no se salvó uno de mil. Los heraldos de Alfonso gritaban: «Matad y no apresad, el que traiga un prisionero será muerto con él». Así es que no hizo el enemigo un solo cautivo este día. Sobre el mismo campo de batalla, el arzobispo de Toledo y los obispos y clérigos que acompañaban al ejército entonaron un tedeum, dando gracias a Dios por la victoria; y antes de que anocheciera, el ejército cristiano levantó el campamento de la Mesa del Rey y se trasladó al sitio ocupado por el campamento almohade. Los cálculos de la mortandad son imprecisos. Los más ponderados recogen que unos 100.000 cadáveres sarracenos quedaron para pasto de las alimañas, lo que extendió el hedor durante mucho tiempo en varios kilómetros a la redonda. La cifra más pequeña, que aporta el arzobispo de Narbona, habla de 60.000 musulmanes muertos, mientras que el arzobispo de Toledo la eleva a 200.000. El coronel y entendido en historia militar Juan Batista González habla de 50.000 a 100.000 musulmanes muertos, y estima las bajas cristianas en 25.000. En algunas crónicas, las bajas cristianas parecen tan recortadas que resultan increíbles. Tanto Alfonso VIII como Rodrigo Jiménez de Rada las reducen a 25 o 30 hombres. Más veraz suena la crónica de Alberico, según la cual los cruzados tuvieron miles de bajas hasta que se desplegó el estandarte de Rocamadour. A partir de entonces —dice Alberico— solo murieron 30 hombres. El relato del cronista Abu Zar concluye diciendo que tras esa «terrible calamidad» comenzó a decaer el poder musulmán en AlÁndalus.

Desde esa derrota, no alcanzaron ya victorias sus banderas; el enemigo se extendió por ella y se apoderó de sus castillos y de la mayoría de sus tierras, y aun hubiera llegado a conquistarla toda si Dios no hubiese concedido el socorro del emir de los musulmanes Abu Yusuf ben Abdelhaq, que restauró las ruinas, reedificó los alminares y devastó con sus expediciones el país de los infieles.

El miércoles 18 de julio, la putrefacción de los cadáveres y el consiguiente riesgo de epidemia obligaron a los cristianos a trasladar el campamento más al sur y, en los días siguientes, se tomaron los castillos de Vilches, Baños de la Encina y Navas de Tolosa, cuyos defensores fueron pasados a cuchillo. Baeza, tras ser abandonada por la mayoría de sus habitantes, fue incendiada, y el día 23 fue asaltada Úbeda. Los supervivientes, cercados en el barrio alto de la ciudad, aunque ofrecieron un fuerte rescate por sus vidas, fueron degollados. Abu Zar comenta: Y así siguió [Alfonso VIII] conquistando Al-Ándalus, ciudad tras ciudad, hasta apoderarse de todas las capitales, que no dejó en manos de los musulmanes sino muy poco poder. Solo le impidió apoderarse de este resto de botín la protección divina por medio de la dinastía de los Banu Marim [benimerines].

EPÍLOGO VICTORIOSO:

Entre las causas que explican la derrota almohade se barajan algunas que cita Víctor Saornil en su obra La España de las grandes batallas, y que se resumen en el malestar existente en el bando musulmán por los desacuerdos internos, el descontento de las tropas por el retraso de las pagas, lo que hizo que algunas de primera línea se negaran incluso a luchar, y la desconfianza mutua existente entre almohades y andalusíes, que perjudicó la coordinación en el combate. El impulso victorioso del ejército cristiano se detuvo a causa de una epidemia de disentería y el agotamiento. Cargados de botín, los cruzados volvieron a cruzar Sierra Morena y poco después se declaró una hambruna en Castilla que frenó la reconquista cristiana de Andalucía. Al-Nasir nunca se recuperó de la derrota. Abdicó en su hijo, se encerró en su palacio de Marrakech y murió envenenado en 1214. Alfonso VIII solo le sobrevivió unos meses, y Pedro II de Aragón pereció un año después de la batalla en Muret, cerca de Toulouse, cuando auxiliaba a su cuñado, el conde Raimundo IV de Tolosa, que se oponía a la cruzada del papa Inocencio III contra los albigenses. Sancho el Fuerte sobrevivió veintidós años a la batalla, y murió finalmente «a causa de su mucha grosura y de la poca salud», recluido en su palacio de Tudela.

La batalla, además de quedar como una referencia victoriosa en la deseada unidad de los reinos cristianos para acabar con el poder musulmán de Al-Ándalus, marcó un hito en la Historia de España y también influyó en la definitiva unión de León y Castilla bajo el rey Fernando III, heredero del rey leonés Alfonso IX y de Berenguela, la hija de Alfonso VIII «el de Las Navas». La rotunda victoria alejó para siempre el peligro de una reconquista islámica de los reinos cristianos y contribuyó a la caída del imperio almohade. La conquista cristiana de los principales accesos al valle del Guadalquivir no solo era una cuña en el corazón de la España andalusí, sino que también dejaba aislado el levante musulmán y permitía realizar campañas militares en todas direcciones. A partir de entonces se selló la suerte de Al-Ándalus. Su conquista por las armas de la cruz era solo una cuestión de tiempo y los reinos de taifas fueron cayendo uno por uno sin demasiada resistencia, salvo en el caso de Granada, el último bastión del islam en España. Su conquista tendría que esperar hasta los Reyes Católicos en 1492.

 

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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