Memoria histórica. Ceriñola. 3

Por Carlos de Bustamante

(El duque de Alba en la Batalla de Ceriñola)

Prosigo con la narración de grandes victorias españolas que con el título “Vientos de gloria” el gran historiador Fernando Martínez Laínez las describe con tal minuciosidad y detalle cual si hubiera participado en ellas.

El reparto del Reame, que Fernando el Católico concertó en secreto con el rey francés, Luis XII, se produjo mientras Gonzalo de Córdoba guerreaba contra los turcos en Cefalonia y Corfú para auxiliar a los venecianos. Tras la guerra en el Adriático, el Gran Capitán fue nombrado lugarteniente general de los ducados de Apulia y Calabria, y el ejército español, acuartelado en Sicilia, desembarcó en Tropea para ocupar los territorios asignados en el convenio con Francia. Pronto surgió la anunciada disputa en torno al reparto de la provincia de Capitanata, y en la primavera de 1502 el nuevo virrey francés, Luis D’Armagnac, duque de Nemours, ordenó avanzar a sus tropas y lanzó un ultimátum: o le entregaban Capitanata y Basilicata o el ejército francés las ocuparía por la fuerza.  Cuando Nemours envió a un mensajero al Gran Capitán para conocer su respuesta, este le respondió con sorna: «Andad, hermano, con la gracia de Dios. Decid de mi parte al duque que venga cuando quiera. No solo defenderé nuestra parte del Reame, sino que lo echaré de la suya». En este momento, la distribución de fuerzas en el sur de Italia —mediados de julio de 1502— era la siguiente: el ejército francés contaba con 1.000 hombres de armas (caballería acorazada), otros 1.000 de caballería ligera, 6.000 de infantería y 26 cañones. El español tenía 600 hombres de armas, 700 caballos ligeros, 5.000 infantes y 18 cañones. Nemours invadió Basilicata y el Gran Capitán se batió en retirada y se refugió en Barletta, a la espera de refuerzos y dinero que pidió a los Reyes Católicos. Tenía en contra al Consejo de Guerra de la Corte, pero le llegaron los refuerzos de España.

Desde Cartagena enviaron 200 hombres de armas, 200 jinetes ligeros y 300 soldados peones, y posteriormente fueron llegando más apoyos. El más importante lo recibió en noviembre de 1502: 450 hombres de armas, 500 de caballería ligera y 2.300 infantes, casi todos asturianos y gallegos, una tropa que el Gran Capitán apreciaba mucho por su resistencia y lealtad. El intento francés de bloquear Barletta fracasó por la derrota de la flota francesa frente a Brindisi en febrero de 1503. Con Barletta como centro de operaciones, el jefe español mantuvo una defensa activa, con frecuentes ataques nocturnos, emboscadas y golpes de mano, pero rehuyó la batalla campal que los franceses buscaban. No quiso jugárselo todo a una sola apuesta. «Combatiré —dijo a sus capitanes— cuando me convenga, no cuando al enemigo se le antoje».

LA SALIDA DE BARLETTA

En la primavera de 1503, los españoles pasaron a la ofensiva. Antes, Fernando el Católico había decidido abrir un segundo frente en Calabria, que puso al mando de Luis Portocarrero. Este murió al poco de desembarcar, por lo que el mando fue ocupado por Francisco de Andrade, que avanzó hacia el norte a lo largo de la abrupta costa calabresa. Cuando llegó a Seminara, le salió al paso el ejército francés, que incluía un nutrido contingente de mercenarios suizos, al mando de D’Aubigny. Los españoles terminaron esta vez vencedores y D’Aubigny abandonó el campo. Un mes después fue hecho prisionero en Anguitola con miles de sus soldados. El 27 de abril de 1503, después de ocho meses de asedio, Gonzalo de Córdoba, que había recibido el refuerzo de 2.000 lansquenetes alemanes —una tropa profesional de calidad equiparable a la helvética— enviados por el emperador Maximiliano de Austria, salió de Barletta y encaminó a su ejército hacia la cercana localidad de Ceriñola, una aldea en lo alto de una colina recubierta de viñedos. La idea era plantear batalla en esa posición ante el inminente ataque francés, y esa noche descansaron los soldados sobre el campo de Cannas, donde Aníbal obtuvo su mayor victoria en el año 216 a. C. y acabó con la vida de más de 50.000 romanos. El duque de Nemours, que había instalado muy cerca su cuartel general, perdió probablemente la ocasión de acabar aquel día con la hueste del Gran Capitán, cuyos soldados estaban muy fatigados por la marcha durante varias horas por terreno arenoso y cargados de equipo.

Esa misma noche del 27 de abril, el Gran Capitán celebró consejo de guerra. Entre los capitanes españoles estaban presentes Diego López de Mendoza, García de Paredes, López de Ayala, Pedro Navarro, Pedro de Paz y Gonzalo Pizarro —padre del conquistador del Perú—. Por los italianos, Próspero Colonna, que ejercía el mando de segundo general en jefe, el conde de San Severino y el legendario capitán Héctor Fieramosca. En el bando español sabían, por los batidores y los espías, que el ejército de Nemours había salido de Canosa e iba a su encuentro. La opción que se le presentaba a Fernández de Córdoba era atacar en la ribera del cercano río Ofanto, apoyando los flancos en la orilla, o aceptar el combate en un sitio elevado de fácil defensa que, además, pudiera ser fortificado. El lugar ya estaba en la mente del Gran Capitán y tenía un nombre: Ceriñola.

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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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