Por Carlos de Bustamante

Con esta impresionante batalla, narrada por mor de la pormenorizada descripción de Fernando Martínez Laínez en su espléndida obra Vientos de Gloria, queda claro el merecido título de ser los tercios españoles los mejores soldados del mundo. Y el Gran Capitán precursor del llamado arte de la guerra moderna.
LA PERSECUCIÓN
Al caer la noche, poco antes de llegar a Mola, los franceses debían salvar en su retirada un estrecho puente sobre un torrente crecido entre un desfiladero. La caballería española se abalanzó sobre los que huían con la sola protección de un puñado de caballeros, entre los que sobresalía Pierre Terrail, señor de Bayard, el famoso Bayardo de las crónicas y romances épicos. Este esforzado grupo de hombres de armas francés cargó con ímpetu sobre la vanguardia de Colonna y la hizo retroceder, hasta que topó con los lansquenetes, que iban detrás. Cundió entonces el desconcierto en las primeras filas de los perseguidores, hasta que apareció el Gran Capitán, que reorganizó a los lansquenetes en cuadro para hacer frente a los caballeros que encabezada Bayard. Repuesta de la sorpresa, la infantería alemana aguantó bien y la mayoría de los hombres de armas franceses perecieron en el choque, pero consiguieron dar un respiro a los que iban en retirada y pudieron cruzar el puente para ponerse a salvo, lo que permitió que parte del ejército francés escapara. Quatrefages lo resume de este modo:
Después del desastre del 28 [de diciembre] la derrota [francesa] del 29 fue trágica, a pesar de los prodigios de un puñado de lanzas francesas. Su bravura fue tal que solo se eligió a quince hombres de armas entre los mejores para cerrar la marcha hacia Gaeta. Uno de ellos, Bertrand Descenon, fue capturado con su espada en la mano «llena de sangre como un cuchillo de carnicero». Admirado, el Gran Capitán le pidió en vano que se pasara a su servicio. Pero las hazañas individuales de este tipo no podían modificar el curso de los acontecimientos. La victoria del Gran Capitán fue completa y las bajas francesas llegaron a 8.000, entre muertos y prisioneros. Al día siguiente se puso cerco a Gaeta, donde se refugiaban los últimos supervivientes del otrora poderoso ejército de Saluzzo. Los franceses se rindieron el 1 de enero de 1504 y Gonzalo de Córdoba les autorizó la evacuación por mar y tierra. Incluso, en un gesto insólito, devolvió a los vencidos dos carracas capturadas para facilitarles el viaje de regreso.
Pero la vuelta a Francia acabó siendo una pesadilla por las enfermedades, la falta de suministros y el acoso de la población local, que intentó vengarse de las fechorías que los franceses habían cometido durante la ocupación del territorio. Solo un tercio de las tropas de Saluzzo consiguió salvarse y regresar a su país. Una crónica francesa relata: Un solo consuelo llevamos los malaventurados que a Francia volvemos vivos: haber sido vencidos por un capitán que su gente de guerra tiene por mejor ventura morir que desplacelle, sin les dar paga, ni comer, ni vestir. El epílogo de Garellano no fue tan placentero para el Gran Capitán como hacía suponer la gran victoria lograda. Saluzzo y otros caballeros principales franceses encontraron acomodo en una galera española y llegaron al puerto de Nápoles como prisioneros, pero a Fernando el Católico le causó gran disgusto la generosidad de su jefe militar, al considerar que las dos carracas capturadas y devueltas eran botín real y el Gran Capitán no debería haberlas regalado sin su permiso.
Después de Garellano el panorama político en Italia cambió definitivamente a favor de España. Los Reyes Católicos y Luis XII pactaron el Tratado de Lyon, por el que Nápoles quedaba bajo control español y Francia seguía ocupando el Milanesado, si bien esta posesión le duraría poco tiempo y también pasaría a formar parte del poder hispano tras la batalla de Pavía. Como anota Piero Pieri y cita René Quatrefages, «con unas pérdidas mínimas, el Gran Capitán destruyó un formidable ejército, lo que es propio del genio militar que atesoraba.
“LAS CUENTAS DEL GRAN CAPITÁN”:
Aunque algunos historiadores lo consideran una leyenda, parece cierto que el Gran Capitán hubo de responder ante los funcionarios de Hacienda de Fernando el Católico por los gastos realizados en las guerras de Italia. Considerándose agraviado, Gonzalo Fernández de Córdoba envió una relación de cuentas en la que se incluían gastos tales como: «Doscientos mil setecientos treinta y seis ducados y nueve reales en frailes, monjas y pobres para que rogasen a Dios por la prosperidad de las Armas Españolas. “Cien millones en picas, palas y azadones”. Diez mil ducados en guantes perfumados para preservar a las tropas del mal olor de los cadáveres de los enemigos en el campo de batalla, ciento setenta mil ducados en poner y renovar campanas, destruidas con el uso continuo de repicar todos los días por nuevas victorias conseguidas sobre el enemigo […] y cien millones por mi paciencia en escuchar que el Rey pedía cuentas a quien le ha regalado un Reino». En cualquier caso, las «cuentas» del Gran Capitán han pasado al idioma castellano como expresión de una relación de cuentas ficticia o poco pormenorizada, y también para dar a entender la impertinencia de pedir explicaciones mezquinas de un gasto obligado.