Por Carlos de Bustamante

(Batalla de Otumba. Óleo del siglo XVII)
Nadie en su sano juicio pensará que una guerra sea ningún juego. Ni siquiera un torneo entre caballeros a la antigua usanza. En el presente caso, se trataba de hombres intrépidos que, al mando de un caballero, descubrieron un nuevo mundo cuyos habitantes raros y semidesnudos no sabían bien si eran hombres o seres que, como las fieras, habitaban selvas y tierras extrañas que en nada se parecían unos y otras a sus lugares de origen. Igualmente es de suponer que les sucedería a los indígenas de tales lugares.
Desde esta perspectiva, y con algún que otro añadido, nada de particular tiene que, pasados los primeros momentos de asombro que los paralizaron, pasaran a la mutua desconfianza y tras ella, por la crueldad de los seres-hombres-fieras que luchaban a muerte entre ellos (como a veces en los países de los descubridores), sacrificaran a sus iguales ofreciéndolos a terroríficas divinidades (?) en ceremonias salvajes (sin parangón éstas en sus lugares de origen).
Motivos suficientes, pues, para que, del asombro, y algún que otro añadido, pasaran los descubridores al rechazo de sacrificios humanos y canibalismo y a defender los nativos sus costumbres, bárbaras para los intrusos; normales para los seres-hombres-fieras. Rechazo y defensa que finalizaron en desigual combate de un puñado de hombres contra miles de nativos, sedientos se sacrificios humanos para sus extraños dioses.
Y con algún que otro añadido… me refiero a que, si es cierto que hubo excesos en represalias sobre los indígenas, no lo es menos que gracias a los descubridores-conquistadores, dejaron de ofrecer a dioses extraños el sacrificio brutal de vidas humanas, cuando no el canibalismo, comenzando por el corazón aún latiendo….
Otro aspecto a considerar antes de entrar en materia (la de Otumba en Vientos de Gloria, de Fernando Martínez Laínez) es la del oro que acabó siendo español, procedente de la Nueva España.
Si con la imaginación nos trasladamos a las guerras del medioevo y anteriores, tanto de España como de cualquier otra nación de mundo, vemos cómo los victoriosos se adueñaban del llamado botín de guerra. Adornados para el combate los indígenas del Nuevo Mundo con abundante oro en lujosa vestimenta, al ser derrotados, el cuantioso botín de guerra no se abandonaba en el campo de batalla, sino que, según costumbre ancestral, cambiaba de dueño. Dicho cuanto antecede, ofrezco a mis amigos y probables únicos lectores el primer relato de Otumba pormenorizado al detalle por Fernando Martínez Laínez.
«Las lanzas por los rostros hasta romper sus escuadrones».
(Orden de HERNÁN CORTÉS a sus capitanes antes de la batalla).
Pocas veces en la historia se ha visto a un puñado de hombres derrotados y desesperados cambiar tan radicalmente de fortuna con un solo golpe, y de estar a punto de ser exterminados pasar a conquistar un imperio. Una vez más, el ansia de victoria, la voluntad de vencer, demostró ser el arma esencial de cualquier conflicto bélico. Sin ella, todas las otras quiebran y acaban siendo inútiles.
El año fue 1520, y el lugar, Otumba, no muy lejos de la actual capital de México. Allí fue donde se libró una batalla que apenas tiene parangón. No fue una batalla más, sino un choque de repercusión histórica duradera, donde se decidió la suerte de los mexicas y del extenso territorio americano continental denominado Nueva España. La clave de la victoria, aparte de la increíble resistencia del pequeño ejército español, fue centrar el ataque contra los jefes del ejército azteca, fácilmente reconocibles en el campo de batalla por los vistosos penachos y aderezos que señalaban su jerarquía. Una vez abatidos, los indios dieron la lucha por perdida y dejaron de pelear, aunque los españoles no se conformaron y realizaron una gran carnicería en la persecución. Confiados en su aplastante superioridad numérica, los mexicas cometieron el grave error de atacar en campo abierto, lo que daba gran ventaja a la caballería y a los cuadros cerrados de los españoles. Por si fuera poco, a este error añadieron otro mayor, como fue el de colocar a su jefe máximo y su insignia en un lugar preeminente, bien visible para el enemigo, aunque eran conscientes de que perder a su señor equivalía a la derrota. Por el contrario, los españoles, como dice William H. Prescott, «tenían de su parte la disciplina, una resolución desesperada y una ciega confianza en su jefe».
TENOCHTITLAN
El hombre que mandaba a este grupo de españoles acosados, heridos y exhaustos se llamaba Hernán Cortés, y había emprendido la conquista del imperio azteca desde Cuba en 1518.
El 18 de noviembre de 1519, Cortés y su ejército entraron en Tenochtitlan, la capital de los aztecas construida sobre un lago, tras derrotar a los tlaxcaltecas, que habían sufrido el yugo de los mexicas y, por odio a estos, pasaron a convertirse en fieles aliados de los españoles. Bien recibido por el emperador azteca, Moctezuma, Cortés se instaló en el céntrico palacio de Axayacatl, que estaba unido al resto de la ciudad por pasarelas y puentes.
Pronto, para los españoles la situación empeoró y se hizo peligrosa. Rodeados de un gentío receloso y hostil, en una gran ciudad fragmentada por canales, puentes y pasarelas, sintieron temor a quedar atrapados y servir de banquete a los dioses aztecas, que los sacerdotes alimentaban continuamente con sacrificios humanos.
Como garantía de que los indios se mantendrían a raya, Cortés decidió apresar a Moctezuma y utilizarlo como rehén. Con 30 soldados penetró en los aposentos del emperador azteca, lo hizo prisionero y lo condujo al palacio de Axayacatl, convertido en cuartel y puesto de mando. Los mexicas, al ver a Moctezuma preso, se enfurecieron y se aprestaron al combate.
Ante el cariz amenazador de los acontecimientos, Cortés reaccionó exigiendo la entrega del cacique Cuauhpopoca, a quien consideraba culpable de la muerte de algunos españoles. Cuando este y su séquito se presentaron, ordenó quemarlos vivos. El cruel escarmiento pareció apaciguar momentáneamente la tensión guerrera de los aztecas.
A principios de marzo de 1520 la situación aún se complicó más cuando llegaron noticias a Tenochtitlan de que se acercaba una fuerza española de 900 hombres y 60 caballos al mando de Pánfilo de Narváez, con intención de despojar del mando a Cortés por orden del gobernador de Cuba. Dejando en la capital azteca un retén de 120 hombres al mando del capitán Pedro de Alvarado, Cortés fue al encuentro de esa tropa, la derrotó cerca de Veracruz y consiguió que la mayoría de los hombres de Narváez engrosaran sus filas.
Al regresar la reforzada columna española el 24 de junio a Tenochtitlan, Cortés se llevó una desagradable sorpresa. Pedro de Alvarado le recomendó que debían salir de allí cuanto antes, mientras hubiera tiempo, ya que de poco valía tener prisionero a Moctezuma, pues los aztecas ya no lo consideraban su rey.
La ciudad estaba en pie de guerra contra los barbudos extranjeros a causa de una sanguinaria y desquiciada agresión, en ausencia de Cortés, del propio Alvarado, quien, temiendo un supuesto complot de los mexicas contra la fuerza que había quedado en Tenochtitlan, aprovechó un festejo en el Templo Mayor para acabar con la vida de muchos nobles aztecas que asistían al baile ceremonial y fueron masacrados cuando intentaban huir. Cuenta el cronista Bernardino Sahagún: Otros escalaban los muros, pero no pudieron salvarse. Otros se metieron en la casa común: allí se pusieron a salvo. Otros se entremetieron entre los muertos, se fingieron muertos para escapar. Y en otra crónica se refiere que la sangre de los guerreros cual si fuere agua corría […] los españoles andaban por doquiera en busca de las casas de la comunidad: por doquiera lanzaban estocadas, buscaban cosas […] todo lo escudriñaban. Según las palabras del propio Alvarado: «Quedaban muertos dos o tres mil que de ruin a ruin el que primero acomete, vence». (Continuará si Dios es servido)