Por Carlos de Bustamante

(Anne de Montmorency, condestable de Francia que combatió a los ejércitos del emperador Carlos V)
«Cuando el ejército va desconcertado y desordenado, más va al matadero que a pelear». (P. ALFONSO RODRÍGUEZ)
A medida que irrumpió el progreso en los modos y medios del trabajo, en la misma o más el modo y los medios para hacer la guerra.
Por cuanto los que hemos dedicado toda nuestra vida al Servicio de España en el noble oficio de las armas para defenderla hasta derramar, si fuera preciso, hasta la última gota de nuestra sangre, somos, digo, los que mejor conocemos el horror de toda guerra; por ello, también somos los que menos las deseamos. No obstante- y como veréis en la narración de este nuevo Viento de Gloria de nuestro admirado Fernando Martínez Laínez- La Patria o sus derechos, han de ser defendidos del circunstancial (habitual a veces) enemigo que usa de la fuerza contra ellos. Necesaria, pues, la debida preparación de mandos y tropa descuidada hasta los tiempos de Gonzalo Fernández de Córdoba, nuestro impar Gran Capitán. Fue él quien sentó las bases de las mejores Fuerzas Armadas que conoció el mundo. Éste y los sucesores capitanes de nuestros ejércitos dedicaron atención máxima a la tarea de «educar, instruir y preparar moralmente a los futuros oficiales y soldados -anteriormente reclutados por “levas” al albur- a fin de darles el espíritu, compañerismo, temple de alma, dignidad y austeridad que exige la profesión de las Armas». Además de los «conocimientos generales precisos para la profesión militar» y el «conocimiento del material y su manejo», todo ello teniendo como referente permanente y base de todo el proceso formativo a las Reales Ordenanzas de las Fuerzas Armadas, que se redactarían más tarde, y que constituirían el código de conducta de los militares. Formación que tuvo continuidad, siempre a más y mejor, hasta los días de quien osa difundir lo que, para mis amigos de profesión, probablemente no sea ninguna novedad.
Sin ser excepción, como a continuación mis amigos podrán constatar, imposible olvidar la impronta que dejó con palabras y hechos nuestro gran capitán director de la muy posterior Academia General Militar, escuela inolvidable en nuestros días, plasmada en la joya del Decálogo del Cadete. Decálogo que sería nuestra guía y el marco moral de actuación para «fomentar y exigir el exacto cumplimiento del deber, inspirado en el amor a España, y en el honor, disciplina y valor». Pero, dicho cuanto antecede volvemos sin más, a los Vientos de Gloria:
Los ejercicios de perfección, además de ser un duro golpe a la prolongada y obsesiva aspiración francesa por apoderarse del Milanesado, en el norte de Italia, la batalla de Bicoca representa un ejemplo depurado de las nuevas tácticas bélicas a partir de las enseñanzas desarrolladas por lo que algunos denominan el «Crisol español», esa eficaz combinación de movimiento, choque y armas de fuego individuales (el arcabuz, especialmente) que acabó con el predominio de las formaciones cerradas de picas que tan justa fama habían aportado hasta entonces a la infantería de mercenarios suizos. A pesar de que el arcabuz era a principios del siglo XVI un arma todavía tosca y rudimentaria, con escaso alcance útil —apenas 40 o 50 metros—, su mortífera eficacia en manos de los arcabuceros hispanos dejó definitivamente establecida la supremacía de los infantes provistos de armas de fuego en el campo de batalla. Como señala el historiador militar José Almirante: El manejo del arcabuz con un aplomo y puntería increíbles; la esgrima de la espada y la rodela, tan propia de su agilidad felina, era lo que en el combate daba y, desde 1494, la «especialidad» inimitable al curtido infante español. En lo que atañe a la doctrina táctica, Bicoca preparó el terreno a la victoria de Pavía, y confirmó las dos lecciones fundamentales que impuso en Italia el Gran Capitán: los arcabuceros reemplazando a los piqueros como élite de la infantería, y la cooperación flexible entre las distintas armas. Basándose en ambas reglas, la infantería hispana impondría su hegemonía en Europa durante casi dos siglos.
AMBICIONES REALES
La imparable progresión bélica hacia Bicoca se inició en el Tratado de Noyon, firmado el 13 de agosto de 1516, entre Francisco I de Francia y Carlos I de España. El rey francés renunció por este acuerdo a Nápoles, a cambio de que fueran reconocidos sus pretendidos derechos al ducado de Milán, tras haber batido el año anterior en Marignano (actual Melegnano) a las tropas suizas. En la primavera de 1521, Francisco I, frustrado por no haber conseguido la elección al trono del Sacro Imperio Romano Germánico, decidió pasar a la ofensiva y lanzó dos ataques contra su rival imperial. Uno se dirigió a los Países Bajos y Luxemburgo, y el otro, a Navarra. En realidad, la acción francesa respondía a una rivalidad desatada cuando Carlos V, al ser elegido emperador, pretendió hacer valer sus derechos a los ducados de Milán y Borgoña, que se encontraban en manos francesas desde 1515, el mismo año en que Francisco I accedió al trono. Milán era uno de los ejes de la guerra en Europa, puesto que ocupaba una situación altamente estratégica en el centro de los dominios del imperio Habsburgo y constituía un punto neurálgico entre la Europa del norte e Italia. Por un lado, era el cerrojo de toda la península italiana; y por otro, la encrucijada que unía los Países Bajos con la Europa del sur; y Austria y Alemania con Borgoña y el Franco Condado.
El ataque francés contra los Países Bajos lo dirigió Robert de La Marck, duque de Boullion, y tenía por objetivo servir de distracción para la invasión de Navarra, que contaba con el desposeído rey de ese territorio, Henri d’Albret, quien no había renunciado a recuperar el trono con la ayuda de Francia. Un apoyo que se materializó con 300 lanzas de caballería pesada y 6.000 soldados gascones al mando del señor de Lesparre, André de Foix. El avance francés en Navarra —aprovechando la rebelión contra Carlos V de los comuneros en Castilla— fue muy rápido. A finales de mayo, Lesparre tomó Pamplona y Tudela, y puso sitio a Logroño. Pero la reacción imperial no se hizo esperar, y el 30 de junio los partidarios de Albret fueron derrotados en Esquiroz y Noain, lo que frenó por completo el empuje de los franceses, aunque estos aún conseguirían apoderarse de Fuenterrabía (Hondarribia), que habría de ser recuperada más tarde. En los Países Bajos las cosas no fueron mejor para las tropas de Francia, que resultaron batidas por el conde Enrique III de Nassau. Los imperiales pasaron entonces a la ofensiva en el norte de Francia y conquistaron la ciudad de Tournai y algunas plazas fuertes en Picardía.