Memoria histórica. Batalla de Bicoca. 3  

Por Carlos de Bustamante

(Anne de Montmorency, jefe de las fuerzas francesas)

La Alta Edad Media empieza en el siglo V d. C. y durará hasta el siglo XI d.C, mientras que su sucesora, la Baja Edad Media, empezará en el siglo XI d.C. y terminará en el XV d.C.

Pues bien, durante el alto   medioevo y gran parte del bajo, los ejércitos de las naciones se   nutrían    de “levas” efectuadas por reyes o nobleza entre las gentes de pueblos y ciudades.  Eran, por lo general, mozos o personas mayores, pero aún útiles para el manejo de las armas   o capaces de sufrir las penalidades del campo de batalla en los enfrentamientos con enemigos de reyes o s nobles.   Enemigo que, las más de las veces, en absoluto lo eran   de los   reclutados por la fuerza de los amos de quien absoluta o parcialmente dependían.  No obstante, y en generoso (¿) agradecimiento a los servicios prestados, recibían pagas -algunos dineros miserables- tantas veces a costa de la vida.  Proseguimos…

DINERO O BATALLA

El asedio francés a Pavía prosiguió, y el 17 de abril Lautrec fue informado de que Colonna había tomado posiciones en la Cartuja de Pavía, a ocho kilómetros de la ciudad. El vizconde dudaba en atacar. Finalmente, decidió mantenerse a la espera y amenazar la línea de comunicación de Colonna con Milán, aunque todo se le complicó, porque el 20 de abril los mercenarios suizos de sublevaron por falta de paga y decidieron regresar inmediatamente a su país. La revuelta se superó con la llegada del dinero al campamento francés unos días más tarde. Lautrec, entonces, les ordenó marchar hacia Monza, 15 kilómetros al norte de Milán, donde debían recibir los salarios prometidos.

El 26 de abril el ejército francés llegó a Monza. Casi al mismo tiempo las tropas de Colonna tomaron posiciones defensivas en La Bicoca, una mansión rural entre Milán y Monza, a unos seis kilómetros al norte de Milán, surcada por canales de irrigación y rodeada de jardines y campos de cultivo, que bloqueaba el camino que conducía a la capital del Milanesado.

Nuevamente, los suizos —descontentos por la dureza de las marchas y el retraso de las pagas— plantearon un ultimátum a Lautrec: o entablaban batalla pronto o regresaban a sus hogares. El jefe francés dudó, pero ante la perspectiva de que los helvéticos abandonasen el campo, lo que equivalía a la disolución de su ejército, ordenó atacar tras celebrar un consejo de guerra turbulento con sus generales, en el que los capitanes de la tropa suiza, Albrecht von Stein y Arnold von Winkelreid, increparon a los jefes franceses por su vacilación a la hora de combatir. «Mañana queremos dinero o batalla —dijeron los suizos—, o pasado mañana nos vamos. Elegid». Resignado a combatir, aunque sabedor de la desventaja de su posición, Lautrec decidió escalonar sus tropas. Situó al frente a la infantería francesa (más de fiar que la helvética), y a los suizos y la caballería en los flancos. Por precaución, en caso de derrota, también dispuso trasladar el bagaje y el personal no combatiente a Trezzo sull’Adda, a unos veinte kilómetros de Monza.

FORMACIÓN CUADRADA

Al amanecer del 27 de abril, el ejército franco-helvético avanzó hacia Bicoca. Colonna apercibió de este movimiento a Milán mediante la señal convenida —una gran humareda— y los sitiadores de la ciudad se aprestaron al combate. Francisco Sforza marchó sobre Bicoca con una columna de infantes y caballería, mientras Colonna organizaba el despliegue de sus tropas. Las distribuyó en un gran cuadrado de seiscientos metros de lado que tenía por centro el caserío de Bicoca, rodeado de viñedos y tierras de cultivo. El lado este del dispositivo venía limitado por un zanjón paralelo al camino entre Milán y Monza; el lado oeste limitaba con un arroyo, y el sur, con dos acequias que discurrían paralelas con sendos puentes, uno de piedra y otro de madera. Detrás de un foso y un parapeto que protegía su lado norte, frente al avance enemigo, Colonna colocó la artillería —28 cañones — e intercaló entre las piezas a los lansquenetes alemanes y a los arcabuceros españoles que mandaba el marqués de Pescara, distribuidos en cuatro filas. En reserva, situó a los piqueros españoles y a la infantería regular milanesa, con la caballería en posición central y lista para actuar en cualquier dirección, repartida en dos agrupaciones. Una, más cercana a la infantería, que comandaba él mismo; y la otra, próxima al lado sur, a las órdenes de Antonio de Leyva. En la esquina sudeste del cuadrado defensivo, con el bagaje del ejército imperial, se posicionó la fuerza de Sforza. Su misión era impedir que los franceses se apoderasen de los puentes o atacar al enemigo si este intentaba sortear Bicoca para continuar su avance hasta Milán. Ante este dispositivo, el ejército de Lautrec se concentró en la aldea de Balsamo, a mitad de camino entre Monza y Bicoca. Desde allí emprendió la marcha en tres grandes formaciones escalonadas. La más adelantada, a cargo de Montmorency, con 8.000 suizos (reisläufer16 ), más 600 arcabuceros venecianos, caballería pesada francesa (gendarmes) y artillería (14 cañones). Le seguía el grueso, o «batalla», con otros 8.000 suizos y 400 gendarmes; y después, la retaguardia, con infantería italiana y francesa, nueve cañones y 350 gendarmes de Venecia. Estas tres agrupaciones iban precedidas por las «Bandas Negras» de Giovanni de Medici, condotiero conocido como Giovanni delle Bande Nere, por las insignias negras que distinguían a su tropa, a la que se encomendó impedir la acción de los exploradores enemigos. Adelantados, en punta de vanguardia, se movían Bayard y Pedro Navarro, con fuerzas ligeras de infantería y caballería para reconocer y tantear las posiciones enemigas. El plan de ataque final del ejército de Lautrec se precipitó por la fogosidad de los suizos, que capitaneaba Von Stein. Este decidió atacar frontalmente a la artillería imperial y, una vez rebasadas las primeras líneas enemigas, detenerse poco antes de alcanzar Bicoca con el fin de dar ocasión a desarrollar dos apoyos al esfuerzo principal. Por un lado, con el bombardeo artillero, debía forzar al enemigo a retirarse o empeñar combate. Por otro, flanquear Bicoca con la caballería por ambos lados, aprovechando los puentes situados en el lado sur. Colonna se había enterado por sus espías del plan de Lautrec y tomó medidas. Según cuenta el cronista y biógrafo de Carlos V, Juan Ginés de Sepúlveda, el jefe del mando imperial se alegró enormemente al conocer las intenciones del bando francés, pues veía que Lautrec planteaba la lucha en situación de desventaja, forzado por las circunstancias. El ataque se realizó con desorden, principalmente por la indisciplina y la absurda rivalidad entre los propios mercenarios suizos. Como resultado, cuando las formaciones helvéticas alcanzaron Bicoca se lanzaron al ataque como una masa confusa y alocada, que, además, se interponía en los disparos de la artillería propia. Los suizos —estima Martínez de Campos— se batieron admirablemente y «embistieron como fieras», pero tuvieron que frenar ante la resistencia de la infantería española e italiana, y, sobre todo, por los disparos de los arcabuceros, que disparaban a mansalva sobre sus columnas. Así lo relata Ginés de Sepúlveda: El de Lautrec se adelanta con todas las tropas, cuya primera fila y la mayor estaba compuesta de suizos, y, dispuesta la artillería, emprende de lejos el ataque a los reales. Los imperiales acuden inmediatamente a las armas y afrontan la situación incluso con la artillería con no menos arrojo. Entonces, los suizos, según su costumbre, corren todos a adueñarse de la artillería enemiga; pero, al quedarse inmovilizados en las fosas sin poder avanzar, caen en número considerable ante las descargas de los imperiales, especialmente los arcabuces de los españoles, un tipo de arma del que nuestros hombres se servían en gran parte en las guerras de Italia tan diestra como gustosamente, de suerte que eran igualmente temibles a los enemigos tanto en el combate a distancia como en la lucha a espada cuerpo a cuerpo; espadas con las que, tanto cortando como a estocadas […] el soldado español aventaja a los de casi todos los demás países. Los suizos se detuvieron cuando sus primeras líneas alcanzaron el camino situado al frente que dominaba el terraplén, tras el cual esperaban los imperiales, y ahí fueron barridos por el fuego de los arcabuceros. Tras insistir con cargas desesperadas, algunos grupos de piqueros lograron alcanzar la cima del terraplén y combatieron cuerpo a cuerpo con los lansquenetes, alineados delante de los arcabuceros. Pero las formaciones suizas tuvieron que retirarse de nuevo al camino y, aunque volvieron a intentarlo, acabaron retirándose hacia las líneas francesas, dejando más de 3.000 muertos sobre el terreno.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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