Memoria histórica. Pavía. 4

Por Carlos de Bustamante

(La Batalla de Pavía, por Augusto Ferrer-Dalmau)

Creo haber comentado en artículos anteriores las diferentes clases de caballería-arma decisiva como ninguna en las grandes gestas de estos Vientos de Gloria- que se integraba en los mejores ejércitos de la época. Resumo, no obstante: ligera y pesada.  Con las características cuyo nombre indica.

Asimismo, ya dije, que los mosqueteros además de combatir con el arma que les da nombre(mosquete) eran, por lo general, extraordinarios espadachines. Lo que   no creo haber comentado – y perdonad, amigos míos, tanto suponer de este cuasi, casi, nonagenario cuya memoria no es ya precisamente su fuerte y menos en estos intríngulis informáticos- es cómo aún distintas, las misiones y modos de combatir de estos ejércitos, sentaron las bases de las   diferentes Armas y Servicios en las   FF.AA.  de mi generación.

El Arma de Caballería, sigue siendo Caballería.  A falta, evidente, de caballos, los caballeros siguen conservando el “espíritu jinete”.  La caballería ligera y pesada, la constituyen ahora (¿) los carros de combate de similar denominación, con misiones con cierto parecido. El Arma de Artillería – corrígeme, Javier, por favor- fue entonces, como lo es ahora, imprescindible en el apoyo a la infantería para que ésta ocupe con menor   resistencia el terreno al enemigo desalojándole de sus posiciones.  Si bien poco tienen que ver las armas de fuego de entonces con las de mi época   en cuanto a potencia, alcance, precisión, velocidad de tiro, movilidad etc.

MIRABELLO

El puesto de mando, el campamento con el grueso de las tropas y la artillería de los franceses estaban situados en el interior de Mirabello, preparados para rechazar el avance de los imperiales. En total, el ejército galo eran unos 30.000 hombres, con 6.000 de caballería y 53 cañones. Los imperiales disponían de 24.000 soldados, pero solo tenían unos 2.000 caballos y seis cañones, aunque en este cálculo no entran los 7.000 hombres de Leyva sitiados en Pavía. Ambos ejércitos estaban equiparados en arcabuceros —unos 5.000— y contaban con muchos mercenarios en sus tropas de a pie. Suizos, gascones e italianos, en el bando francés; y alemanes e italianos en el imperial. Estas cifras difieren, según los autores. El cronista Piero Pieri dice que los imperiales disponían de 1.200 caballos ligeros y 800 acorazados, y que en la infantería había 5.000 españoles, 12.000 alemanes y 3.000 italianos, con 17 cañones. Y en el lado francés calcula 2.000 caballos ligeros y 1.200 gendarmes, con 33.000 combatientes de infantería: 6.000 franceses, 4.000 italianos, 5.000 alemanes, 8.000 suizos, y otros 10.000 que sitiaban Pavía. Además de 30 cañones. Los sitiados de Pavía realizaron salidas para romper el cerco, pero no lo consiguieron y el tiempo jugaba en su contra, porque apenas tenían comida. En el lado imperial las provisiones también escaseaban y Lannoy reunió a sus capitanes y les expuso la situación. La mayoría se inclinó por retirarse y esperar otra ocasión mejor, pero el marqués de Pescara se opuso con firmeza y exhortó a llevar a cabo el ataque definitivo. Esto sería —les dijo— la solución de todos sus males, ya que en el campamento francés había víveres y botín en abundancia. Finalmente, decidieron que el ataque se realizara de noche y por sorpresa, para contrarrestar las fortificaciones francesas y la superioridad enemiga en cañones y caballería. Ambos ejércitos tenían en ese momento fuerzas similares, y Lannoy decidió atacar el castillejo de Mirabello, situado en el interior del parque del mismo nombre. Cerca de la esquina noroeste del recinto arbolado, Francisco I había instalado su puesto de mando, protegido tras una larga trinchera, y colocó a sus tropas en una línea discontinua: la infantería, dividida en tres partes; la caballería, cubriendo los intervalos de la infantería y el flanco derecho; y la artillería, al frente. En cuanto a los imperiales, la maniobra que planeaban exigía mucha coordinación y audacia. Tenían que entrar en el parque de Mirabello y, una vez rotas las líneas francesas, unir su esfuerzo al de la guarnición de Pavía, que, simultáneamente, debía realizar una salida para levantar el cerco, o, en el peor de los casos, recibir suministros de alimentos, armas y dinero que les permitiera seguir resistiendo. Cuando se optó por aceptar el combate decisivo, Lannoy y el condestable de Borbón cedieron a Pescara el mando supremo de la batalla. En la noche del 23 de febrero, las tropas imperiales se movieron sigilosas. Antes, habían incendiado su propio campamento para fingir una retirada. Vistieron sobre la armadura una camisa blanca y una banda roja que les distinguía del enemigo en la lucha cuerpo a cuerpo. Habían sido advertidas de que esta vez se trataba del ataque definitivo. Para estimular a sus soldados españoles y hacerles ver que solo con la victoria solucionarían sus penurias, el marqués de Pescara les arengó diciendo que de toda la tierra, sola la que debajo de los pies tenéis, podéis contar por amiga; que toda la otra es nuestra enemiga, y como tal nos lo demuestra el que solo un pan que daros mañana que comer, yo, ni con todo el poder de nuestro Emperador, lo alcanzaría, ni sabría de dónde lo poder haber, si no es de aquel campo de franceses que allí veis […] y para mañana viernes, si lo queremos tener, hermanos míos, de ahí lo habemos de tener, por fuerza, que de grado ya sabéis que no nos lo han de dar.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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