Memoria histórica. La Jornada de Túnez. 1

Por Carlos de Bustamante              

(Bombardeo recíproco entre un barco español y uno otomano durante la Jornada de Túnez)

Como se verá en estas narraciones de Vientos de Gloria Fernando Martínez Laínez nos presenta a los que, en no pocas ocasiones de hoy en día, se les está nombrando como “tradicionales amigos de España”. Pues si algún amigo o compañero tiene a bien continuar la lectura, comprobará cómo tal afirmación es más falsa que Judas.  Con razón o sin ella, moros y cristianos hemos estado a la greña desde muchos siglos atrás y en mucha medida hasta nuestros días.  Si ya no es como antaño, hogaño  y  de una manera no violenta,  puede que estemos padeciendo una “invasión silenciosa”, que pudiera transformarse en violenta cómo y cuándo “ellos” quieran.

¡Los que hemos vivido los tiempos azarosos antes de… en medio de… y después de… “la independencia del protectorado español de Marruecos damos fe, de que de tradicionales amigos de España nada!

Dato curioso, y   por demás significativo de lo dicho, es   cómo los   moros habitantes de la ciudad santa de Xauen, guardaban como un tesoro   transmitido de padres a hijos las llaves de sus antepasados de sus casas en Granada. Ergo, vana ilusión, pero con ella, de volver algún día.  Mas   volvamos a los Vientos de Gloria.

TÚNEZ (1535)

«Y vuelto a los españoles, dijo que mirasen hoy a su rey peleando contra los enemigos y corsarios de las costas de España, y procurasen con obras cumplir sus obligaciones, satisfaciendo el nombre que entre todas las gentes del mundo tenían».   (SANDOVAL (cronista), Historia del emperador Carlos V y la expedición a Túnez representa el apogeo militar del reinado de Carlos V, el emperador que fue capaz de reunir un ejército multinacional que, en su momento, deslumbró a Europa. Como señaló el rey tunecino, Muley Hassan, vasallo del césar, después de revisar el campamento que sitiaba Túnez: «Este ejército es como el dinero del avaro: si no se lo guardara tanto, con él se podría conquistar el mundo». La historia nos cuenta, como recuerda Manuel Fernández Álvarez, que, estando Carlos V en Barcelona en 1519, los corsarios argelinos llevaron su audacia a presentarse ante las costas catalanas, y eso movió al emperador a organizar una expedición de castigo, al mando de Hugo de Moncada, quien se dirigió a las Gelves (isla de Dyerba) sin mucho resultado práctico. El mismo Moncada había mandado el año anterior una expedición a Argel, que tampoco tuvo éxito. Eran años de auge de las acciones corsarias, que fueron adquiriendo fuerza hasta convertirse en una auténtica pesadilla, a medida que la lucha se extendía y los medios empleados eran cada vez mayores. En 1520, Hugo de Moncada volvió a intentar ocupar las Gelves con casi 100 barcos, 10.000 soldados de infantería y una potente fuerza de caballería. Las fuerzas cristianas desembarcaron y, aunque estuvieron a punto de ser derrotadas, lograron imponerse. El jeque de la isla capituló y acordó pagar un tributo anual. Moncada dejó en esa base pirática una guarnición y la flota regresó a Barcelona. Pero poco después, en 1522, se perdió el peñón de Vélez de la Gomera, con lo que los berberiscos consiguieron una importante base para castigar la costa del sur española. En el año 1529, Barbarroja recuperó el peñón de Argel —que amenazaba ese puerto, nido de piratas—, defendido por una guarnición de 150 españoles que resistieron prácticamente hasta el último hombre.

DERROTA DE PORTUONDO

Por entonces, España y el resto de los dominios imperiales en el Mediterráneo occidental eran pasto de la piratería, que mantenía en permanente estado de alarma a las poblaciones costeras cristianas. También en ese tiempo, el corsario Cachidiablo saqueó impunemente el litoral de Murcia, llevándose a muchos cristianos como esclavos, y destruyó, cerca de las Baleares, a una escuadra que guardaba las costas de Granada y que mandaba Rodrigo de Portuondo, quien fue hecho prisionero y murió empalado. Barbarroja se sintió tan poderoso que en 1530 proyectó apoderarse de Cádiz. No lo llevó a cabo, pero, a cambió, en 1531 se cebó con Cullera y su comarca. Después de arrasarla, embarcó de vuelta al Magreb a miles de moriscos que deseaban huir de España y regresar a Berbería con sus hermanos de religión. Un año más tarde su objetivo será Túnez, donde reinaba Muley Hassan, que se había declarado vasallo de Carlos V a condición de que este le defendiera de Barbarroja y de la dinastía de los xerifes, que se había hecho con el control de Marruecos y extendía también sus dominios por el norte de Argelia. La situación era tan precaria que, en esos días, dice el historiador Cesáreo Fernández Duro, el nombre de Barbarroja sonaba ya más que el de Carlos V en las costas del Levante español y el sur de Italia. En una zona de seis a ocho leguas de distancia del agua, nadie se acostaba en el contorno del Mediterráneo sin la zozobra de amanecer amarrado al banco de una fusta 21, por efecto de desembarcos y sorpresas nocturnas de que únicamente las ciudades muradas y fuertes se veían libres; así que en las aldeas y los campos no había ojos que no lloraran.

LA OFENSIVA DE BARBARROJA

En el verano de 1533, la guerra contra los turcos y berberiscos en el Mediterráneo adquirió tonos aún más amenazantes cuando Jaireddín Barbarroja, que se había instalado en Argel —una plaza maldita para España, que nunca pudo conquistarla—, llegó a Estambul con una escuadra de siete galeras y once fustas para entrevistarse con el sultán, que le había nombrado gran almirante de la flota turca. Con Barbarroja iba Muley al-Rashid, hermano del rey de Túnez, al que disputaba la corona. Una vez en Estambul, Barbarroja fue objeto de una fastuosa bienvenida, y el sultán le nombró jefe supremo de todas sus flotas y arsenales y virrey del norte de África. Además, puso a su disposición una poderosa armada con 10.000 soldados turcos y dinero abundante. Los planes de Barbarroja eran muy ambiciosos y, de haberse realizado, habrían supuesto la absoluta hegemonía otomana en el Mediterráneo occidental, ya que incluían la reconquista de la península Ibérica. Como paso previo, Barbarroja sembró el terror en el sur de Italia en el verano de 1534, incluida la propia Roma, y llegó a un pacto con el rey francés Francisco I para atacar las islas Baleares y apoderarse de Génova. El asalto a Génova, finalmente, no se produjo, y Barbarroja decidió tomar Túnez y La Goleta. Lo consiguió tras varios días de asalto, mientras el rey aliado de España, Muley Hassan, escapaba de la ciudad y pedía ayuda a Carlos V para recuperar su reino. Cuando Barbarroja se instaló como rey y señor de Túnez, amenazando todo el flanco sur de España y los dominios imperiales, Carlos V entendió que había llegado la hora de poner freno a una situación que iba camino del desastre en los dominios de la Monarquía Católica, aunque en Centroeuropa se hubiera conseguido desbaratar la ofensiva de Solimán el Magnífico, que había intentado apoderarse de Viena y ocupar Corón y Patrás, en la costa sur de Grecia. Como señala el historiador José Almirante, con Túnez en poder de los turco-berberiscos toda la costa septentrional de África quedaba convertida en un nido de corsarios. La orden de Malta, a pesar de sus bases en Gozzo y Trípoli, no bastaba para la seguridad del Mediterráneo central, y las flotas imperiales tampoco alcanzaban a cubrir el extenso litoral de Italia y España. (Continuará si Dios es servido).

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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