La Jornada de Túnez. 3

Por Carlos de Bustamante

(Bombardeo recíproco entre un barco español y uno otomano durante la Jornada de Túnez)

Posiblemente alguno de mis amigos y probables únicos lectores piense que, ante fuerzas   muy superiores, poco pueden hacer quienes se hallen en desventaja numérica o de medios para combatir.  La historia, tanto antigua como   reciente -memoria histórica- nos demuestra que no.  Sólo   dos ejemplos, en mi opinión, nos avalan lo dicho: las Termópilas   y nuestra guerra civil de 1936.

En el primero, el emperador persa Jerjes I, reunió un ejército y una armada inmensos para conquistar la totalidad de Grecia que, conforme a las estimaciones modernas, estaría compuesto por unos 250 000 hombres, aunque de más de dos millones según Heródoto. Ante la inminente invasión, el general ateniense Temístocles propuso que los aliados griegos bloquearan el avance del ejército persa en el paso de las Termópilas, a la vez que detenían a la armada persa en el estrecho de Artemisio.

El general ateniense -espartano- Leónidas, con la flor y nata(poco  más de 500 soldados)  del reducido pero   sumamente   entrenado y disciplinado  ejército espartano, detuvo al poderoso  ejército  persa.  Sólo la traición de un residente local llamado Efialtes que mostró a los persas invasores un pequeño camino que podían usar para acceder a la retaguardia de las líneas griegas, hizo posible la derrota con el sacrificio de la totalidad de los bravos espartanos que capitaneaba Leónidas.

Tanto los escritores antiguos como los modernos han utilizado la batalla de las Termópilas como un ejemplo del poder que puede ejercer sobre un ejército el patriotismo y la defensa de su propio terreno por parte de un pequeño grupo de combatientes. Igualmente, el comportamiento de los defensores ha servido como ejemplo de las ventajas del entrenamiento, el equipamiento y el uso del terreno como multiplicadores de la fuerza de un ejército, y se ha convertido en un símbolo de la valentía frente a la adversidad insuperable.

Con cierto parecido, aun con   diferentes proporciones, sucedió en el segundo caso citado. Muy superiores las fuerzas   republicanas   marxistas en personal y medios, fueron al fin derrotadas por las razones   referidas anteriormente.   Dicho lo cual,-con vuestro perdón por el inciso- vuelvo  a  los eventos de  Túnez, donde con  total evidencia  se cumplen los  sucesos de las Termópilas y guerra  civil española  de  1936.

DESEMBARCO

La escuadra cristiana fondeó en la costa africana el 16 de junio y, poco después, los hombres tomaron tierra en Porto Farina, entre Bizerta y las antiguas ruinas de Cartago, sin que se produjera mucha resistencia. Barbarroja prefería esperar el momento propicio mientras activaba los trabajos de fortificación y reforzaba La Goleta con artillería gruesa y 4.000 soldados turcos, que también guarnecían Túnez y custodiaban a los cautivos cristianos encerrados en la alcazaba, a quienes, en un primer momento, se pensó degollar. En total, Jaireddín Barbarroja debió de reunir unos 100.000 hombres, de ellos unos 30.000 de caballería ligera, que los españoles llamaban «alárabes», muy diestros en los ataques rápidos y por sorpresa. Desde el principio, la táctica del almirante corsario consistió en hostigar al ejército cristiano con continuas escaramuzas, contando con que el calor, las arenas pantanosas y la escasez de agua y vituallas fueran minando el ímpetu de los atacantes. Como señala, con buen criterio, Almirante: Contra este sistema no hay más que la cohesión, la disciplina, la táctica: lo mismo en los tiempos de la legión romana que de los cuadros de Bonaparte en las Pirámides. Desde Puerto Farina, la Armada se desplazó al golfo de Túnez, a unas tres millas de distancia de La Goleta, la fortaleza que defendía el acceso a la capital tunecina.

Allí desembarcaron tropas y caballos sin oposición, protegidos por las galeras, y enseguida se emprendieron los trabajos de sitio, y los veteranos españoles de los tercios, «de los cuales el que menos se tenía por un príncipe», comenta Almirante, cavaron con palas y azadones las trincheras y baterías. Tras un consejo de guerra, Carlos V decidió tomar primero La Goleta, seguro de que la ciudad de Túnez caería después enseguida. Pero conquistar la fortaleza no era fácil. De traza cuadrada y con poderosas torres en los ángulos, La Goleta constituía una posición muy fuerte, cuya defensa estaba a cargo del jefe corsario Sinán Arráez el Judío, que combatió a los sitiadores con frecuentes salidas, en las que perecieron muchos capitanes y tres generales del bando imperial: Marco Antonio Carreto, pariente de los Doria, el conde de Sarno y Jerónimo Spínola. La fortaleza de La Goleta se asentaba en el borde del mar, sobre una punta que defendía la entrada de un canal que, a través de una albufera, llegaba hasta la ciudad de Túnez. El cronista fray Pérez de Sandoval, en su Historia de la vida y hechos del emperador Carlos V, la describe como «una torre cuadrada de ladrillos con muy gruesa pared y pozo hondo, y en medio tenía una gentil cisterna». En la fortificación había «cuatro torreones hechos en la muralla a manera de cubos», y todo el conjunto había sido reforzado con un muro muy fuerte desde la torre al largo de la marina, que daba la vuelta hacia la albufera.

En conjunto: una ciudadela formidable y bien pertrechada. Al fuego de los cañones cristianos sobre los muros de La Goleta respondió con energía la artillería de los sitiados, mientras las naves les cortaban la comunicación con Túnez. Pero los asediados actuaron con tesón y valor admirables, y el 23 de junio estuvieron a punto de provocar una carnicería en el bando imperial. Cayeron de improviso sobre el sector encargado a los italianos, que se desbandaron presa del pánico a pesar de los esfuerzos por contenerlos que hicieron el príncipe de Salerno y su hermano, el conde de Sarno, que había luchado esforzadamente en Pavía y al que los turco-berberiscos cortaron la cabeza. La acometida enemiga se detuvo cuando los arcabuceros de cinco compañías españolas acudieron al socorro desde un campamento inmediato. Estos soldados, tras rehacer el sector atacado, quedaron a cargo de la posición y reforzaron las trincheras dirigidos por el ingeniero italiano Ferramoli.

Dos días después, los turco-berberiscos volvieron a atacar antes del alba otro punto de la línea de los imperiales. Pero esta vez toparon con soldados viejos que aguantaron la embestida, aunque murieron valiosos capitanes, como Luis Méndez de Sotomayor y el alférez Álvaro de Grado. «Tan súbitas, tan impetuosas eran estas arremetidas —comenta Almirante— que los arcabuceros no tenían tiempo de encender la mecha», lo que hizo necesario formar retenes que estaban permanentemente sobre las armas para acudir con rapidez a los puntos amenazados. El cronista Cerezeda señala: Desde este día no cavaban más los soldados viejos [veteranos] en los bastiones, más estaban toda la noche hecho escuadrón [formados]. El que era el escuadrón de Santiago y el de San Martín estaba fuera del fuerte, dando lugar a los que cavaban que estuviesen seguros. También señalaron ciertas banderas [compañías] de sobresalientes, para que estas banderas acudiesen adonde más menester fuese y fue una cosa de buen aviso esta de los sobresalientes 25.

Al poco de esta acción se unió a los atacantes el veterano jefe español Hernando de Alarcón, alcaide del Castelnuovo de Nápoles, acompañado de unas cuantas naves y de un grupo de selectos combatientes. Los consejos de Alarcón resultaron de gran ayuda para apuntalar el sitio. Una de sus primeras órdenes fue prohibir las pequeñas escaramuzas y los desafíos parciales, a los que eran muy aficionados los soldados españoles, ya que en ellos los moros solían llevar la mejor parte por su conocimiento del terreno.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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