Memoria histórica. La batalla de Mülhberg. 1 

Por Carlos de Bustamante 

(Carlos V en la batalla de Mühlberg, parcial del óleo pintado por Tiziano)

Debo ser sincero con mis   amigos y probables únicos lectores.  De la   batalla    de Mülhberg que con el detalle tan minucioso   como con realidad histórica nos narra Fernando Martínez Laínez, no tenía apenas    conocimiento.    También es verdad, que, estudiado en el bachillerato, nada de articular tiene que a un   cuasi nonagenario se le olviden nombres tan raros. Una vez más viene en mi ayuda el gran historiador antes   y tantas veces mentado.

Es notorio resaltar cómo el título de la   católica España, tiene sus raíces en tiempos remotos.  Y, como de costumbre, la salvedad que dicho título   se le concedió, por el frecuente guerrear y sembrar de sangre española tierras y campos   remotos en defensa, según costumbres de la   época en defensa de la cristiandad; bien contra el islam invasor, bien contra el protestantismo luterano que    quiso imponerse, por las bravas a veces, en gran parte de Europa.  Como   los reyes católicos primero, el adalid contra esta nueva invasión ideológicamente silenciosa fue, como veréis, nuestro rey y emperador del sacro imperio romano germánico Carlos I  de España.

MÜLHBERG (1547)

«Aquel día fue de harto calor, y el sol tenía un color que claramente parecía sangriento, y a los que lo miramos nos parecía que no estaba tan bajo como debía a la hora que era». (LUIS DE ÁVILA Y ZÚÑIGA, cronista y consejero de Carlos V). Mülhberg es un nombre ligado a la lucha de España contra el protestantismo, un enfrentamiento que se inicia en los albores de la escisión cristiana desencadenada por el fraile agustino Martín Lutero, profesor de Teología de la universidad de Wittenberg. El acontecimiento supuso la división religiosa y política en casi toda Europa, especialmente en Alemania. Una vez firmada la paz con Francia en Crépy (1544), el emperador Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico y rey Carlos I de España, decidió volcar su atención en los asuntos alemanes, cada vez más embrollados, que llevaban camino de escapar a su control. Los protestantes —agrupados contra la autoridad imperial— crearon la Liga de Smalkalda en noviembre de 1546, así llamada por haber sido creada en la ciudad de Schmalkalden, en Turingia, que agrupaba muchos principados del norte y centro de Alemania. Carlos V y su hermano el archiduque Fernando de Austria —futuro emperador— se unieron para combatir a la Liga, contando con el apoyo del príncipe Mauricio de Sajonia.

Por esas fechas apenas quedaban esperanzas de un entendimiento entre católicos y protestantes en las tierras germánicas, y el foso que les separaba se agrandó con la convocatoria del Concilio de Trento, donde los teólogos españoles, en especial los jesuitas Laínez y Salmerón, desempeñarían un importante papel. En principio, el concilio había sido pensado por el emperador como una oportunidad de reconciliación y apertura de diálogo entre los partidarios de Lutero y los de la Iglesia romana, pero llegó tarde, cuando las diferencias se habían enconado ya sin remedio.

TRENTO Y SMALKALDA

Convocado por el papa Paulo III, muy inclinado a favor de Francisco I de Francia, el Concilio de Trento se inauguró en diciembre de 1547, y entre la primera sesión y la última transcurrieron dieciocho años, lo que da idea de su azarosa trayectoria. Por desavenencias entre el papa y el emperador, la asamblea se escindió. Unos, los más partidarios de la autoridad imperial, se quedaron en Trento; y los más proclives al Papado, en Bolonia. El papa Paulo III, que era de la familia Farnesio, quiso otorgar a su hijo natural, Pedro Luis Farnesio, los ducados de Parma y Plasencia, pertenecientes al Milanesado, cuyo soberano era Carlos V. Pese a la disputa, el emperador negoció en secreto con el Pontífice recibir un importante subsidio de 200.000 ducados para la guerra con los protestantes, que parecía inminente por las posiciones irreconciliables de unos y otros, aunque, posteriormente, el papa dejaría en suspenso esta ayuda. El mayor peso económico, como era habitual, recaía sobre España, en concreto sobre Castilla, cuya Iglesia corría con las aportaciones más importantes.

Tratando de apurar las negociaciones antes de empezar la guerra, Carlos V convocó una Dieta en Worms (1545), a la que el emperador acudió desde Bruselas, y otra en Ratisbona. Los luteranos, apoyados por Federico de Sajonia, no dieron su brazo a torcer, pero tampoco lo hicieron los católicos ni el mismo emperador, que en sus Memorias cuenta, como recoge Fernández Álvarez: […] en vista de que los modos y medios suaves y de concordia no tenían lugar y la obstinación e insolencia de los protestantes iba creciendo cada día, de suerte que ya no se podía sufrir. Casi al tiempo que se abría el Concilio de Trento, la Liga se reunió en Fráncfort, entre diciembre de 1545 y febrero de 1546. Los protestantes, que recibieron una sustanciosa ayuda económica de Francisco I de Francia, se sentían amenazados al creer que Carlos V había decidido guerrear y «venía a mano armada a Alemania», algo que nunca había hecho antes y escandalizaba a muchos. Los acontecimientos se precipitaron, y el 20 de julio de 1546 Carlos V emitió un decreto imperial declarando fuera de la ley al príncipe elector Juan Federico de Sajonia y al landgrave Felipe de Hesse, lo que equivalía a una ruptura de hostilidades. Alemania entraba así en una guerra civil y los príncipes que gobernaban los diferentes territorios del país debían tomar partido por uno u otro bando.

Todo esto no suponía solo un problema religioso. Lo que se planteaba era un conflicto con graves y múltiples consecuencias. Para Carlos V esta secesión religiosa echaba por tierra su ambicioso plan de liderar la «Universitas Christiana», la idea de un proyecto universal de Estados católicos bajo su mando para la defensa de la cristiandad, a la que España se mantenía aferrada. Para el emperador, por tanto, era ante todo un dilema político, ya que dividía sus territorios y le privaba de los prósperos puertos comerciales de los Países Bajos, además de dejar fuera de su autoridad territorios que le proporcionaban dinero y hombres para sus ejércitos. En cuanto a la Liga de Smalkalda, la defensa del luteranismo por parte de los príncipes y electores alemanes estaba muy relacionada con la expropiación de bienes eclesiásticos que pasaron a engrosar sus propias rentas. Algo que, además, les permitía sentirse más fuertes para enfrentarse al poder del emperador y lograr una mayor autonomía política en sus dominios. Aunque amigo de erasmistas, Carlos V estaba decidido a restablecer la paz y unidad del imperio, y en sus declaraciones subrayó repetidas veces que no quería combatir la religión protestante, sino solo hacer frente al desafío que esto suponía a su autoridad. La única proclama oficial que hizo durante la guerra fue el 20 de junio de 1546 en Sajonia y Hessen, recalcando que la responsabilidad de la contienda recaía sobre el príncipe elector de Sajonia y el landgrave de Hesse por haberle negado obediencia e inducir a otros a lo mismo.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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