Memoria histórica. San Quintín (1557). 2

Por Carlos de Bustamante

(La Victoria de San Quintín, óleo de 2020, de Augusto Ferrer-Dalmau)

Nuestra consolidada   democracia (¿), parece que se da de cocotazos con poner los puntos sobre las íes a uno de los países miembros de la consolidada (¿) Unión Europea.  Durante varios artículos me he resistido a ello.  Hasta hoy.  Pero es que hay que roerse con el papelón de Francia en la mayoría de los conflictos armados en los que, tanto a nivel europeo como mundial intervino España.

Como si se nombrase la bicha en ésta mi nueva tierra -tierra   de María, dicho sea de paso-, no era sino como si esperasen el momento, para que, al igual que los forofos del real Madrid con el equipo de Barcelona (valga la comparanza), deseasen el enfrentamiento con un potente equipo que les hiciera distanciarse en la clasificación del torneo con la pérdida de tres puntos. Cuanto  más poder e imperio tenía la nación hermana (¿), más decidida y vigorosa era la defensa junto  al enemigo  contra  España, fuera éste enemigo de Europa o mundial.  Mas  vamos   ya con  san Quintín, que  no tiene   desperdicio.

COMIENZA EL CERCO

El duque de Saboya marchó con su ejército hasta la ciudad de Rocroi —donde los tercios españoles sufrirían casi un siglo más tarde una dura derrota—, pero finalmente decidió no asaltarla, teniendo en cuenta sus poderosas fortificaciones, que le habrían hecho perder mucho tiempo en tomarla.

Centró entonces su atención en otro objetivo, el enclave de Saint-Quentin (San Quintín), a orillas del río Somme, una plaza con seis kilómetros de perímetro que cerraba el camino a las invasiones procedentes de los Países Bajos, fortificada con baluartes, murallas y torreones, rodeada en su mitad occidental por terrenos pantanosos y el resto protegido por un foso artificial. De acuerdo con esto, cuando Filiberto de Saboya levantó el sitio de Rocroi, marchó hacia el norte y luego al oeste. Pasó por Chimay, Montreuil y La Capelle, y acampó delante de Guise, en la confluencia de los ríos Sambre y Oise, con la supuesta intención de sitiar esta plaza. De este modo mantenía en secreto su verdadero propósito: trasladar su ejército a San Quintín, donde el 3 de agosto inició el despliegue para sitiar esa ciudad fortificada situada en la orilla derecha del Somme y vía natural de penetración hacia París. El 2 de agosto, Filiberto de Saboya inició el cerco, situó a sus tropas frente a los lados nordeste y sur, y vigiló por el oeste los pasos de la zona cenagosa del Somme. Un asedio que culminaría en una de las batallas más importantes de la historia de España.

Cuando el sitio dio comienzo, Filiberto de Saboya distribuyó convenientemente sus fuerzas: por el norte y el nordeste, el maestre de campo Alonso de Cáceres con los españoles de su tercio y un regimiento de alemanes; por el este, el maestre de campo Navarrete, con su tercio de españoles y los valones del conde de Mega, más la tropa de Julián Romero y otras fuerzas borgoñonas y alemanas. Disponía en total de unos 43.000 hombres, de los cuales 14.000 eran de infantería, y 49 piezas artilleras. Frente a esta fuerza, el condestable Anne de Montmorency se concentró en Pierrepont, con unos 20.000 infantes, 6.000 caballos y 18 piezas artilleras. Al aproximarse las tropas españolas a las murallas y apercibirse de la escasa guarnición que las defendía, Filiberto de Saboya ordenó a Julián Romero que, con tres compañías de españoles, se apoderase del puente sobre el Somme, que daba acceso a un arrabal fortificado de la plaza llamado de la Isla, un punto defensivo clave que protegía el paso por el que podían llegar los refuerzos desde La Fère, donde estaba estacionado el ejército francés. La guarnición, que mandaba el capitán Bruel, no pudo resistir el empuje atacante y se retiró a resguardo de las murallas. Julián Romero se ofreció al duque de Saboya para defender con sus españoles de los tercios viejos «aquel arrabal de todo el ejército del rey de Francia», en el que se instaló artillería que batió las defensas de la plaza. El viernes 6 de agosto, el rey autorizó al duque de Saboya la ejecución del plan para tomar San Quintín, aunque se lamentaba de no poder acompañarlo personalmente por esperar refuerzos de artillería y a la tropa inglesa que llegaba desde Calais, que entonces estaba en manos británicas como un residuo de la guerra de los Cien Años.

COLIGNY

Entretanto, los franceses, con un ejército de 27.000 hombres al mando del condestable Anne de Montmorency, seguían los movimientos de la fuerza española desde La Fère, distante unos quince kilómetros de la plaza sitiada. Estaban decididos a atacar para coger a los sitiadores entre dos fuegos. Antes de que el cerco de San Quintín arreciara, Montmorency, consciente de la escasa fuerza de los defensores, encomendó a su sobrino, el almirante Coligny, uno de los mejores jefes militares de Francia, que reuniese a sus tropas para acudir en socorro de la plaza y dar tiempo al resto del ejército francés para maniobrar. Cuando Coligny se dirigía a Ham, recibió noticias de la grave situación de San Quintín, que imperiosamente necesitaba recibir refuerzos. De inmediato se puso en marcha y, en un alarde de audacia, tras burlar el cerco, consiguió introducir dos compañías de soldados en la plaza, lo que reforzó mucho la moral de los defensores, que disponían de víveres para tres meses, tiempo suficiente para una resistencia prolongada que hiciera posible recibir ayuda del grueso del ejército francés. Pero el sitio se iba estrechando. San Quintín parecía a punto de ser tomada y, en vista de la situación, Montmorency decidió presentar batalla al duque de Saboya. Su plan consistía en cruzar el Somme, al oeste de San Quintin, y avanzar sobre las líneas enemigas atravesando la zona pantanosa para romper el sitio. Se trataba de una maniobra complicada y arriesgada, pero el condestable francés era un jefe competente y se sentía seguro de su victoria frente a un Filiberto de Saboya, que solo tenía entonces veintitrés años y al que consideraba un jovenzuelo inexperto.

INTENTO FALLIDO

Montmorency, que continuaba en La Fère, recibió una urgente petición de ayuda de Coligny y organizó una expedición de socorro al mando del mariscal Saint-André, compuesta de 4.000 infantes a las órdenes del coronel Andelot, 500 jinetes que mandaba el duque de Enghien y 400 hombres de armas (caballería pesada). La intención de los franceses consistía en realizar un ataque de diversión con la caballería, mientras la infantería de Andelot, siguiendo el camino desde Ham, avanzaba por los pantanos que rodean San Quintín y entraba en la ciudad. Un plan bien trazado, pero al que le faltaba el elemento sorpresa, pues prácticamente seguía el mismo itinerario hecho por Coligny cuando acudió en auxilio de la ciudad sitiada. La sorpresa se frustró todavía más cuando unos escoceses al servicio de Francia hechos prisioneros informaron del plan al mando hispano, que tomó inmediatamente medidas para abortar el intento de llevar ayuda a San Quintín. El maestre de campo Navarrete, al frente de 800 españoles de su tercio y 500 soldados alemanes, tomó posiciones y acechó la llegada de los refuerzos franceses. Andelot, sorprendido en su maniobra de acercamiento a San Quintín, fue rechazado. Dejó en el campo 400 muertos y numerosos prisioneros, y tuvo que huir con el resto de su fuerza perseguido por la caballería alemana del conde Mansfeld. En esta acción se distinguieron los capitanes españoles Diego de Valenzuela, el veterano Julián Romero, Diego Arnalte, Antonio Quiñones y Onofre Sandín.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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