Memoria histórica. San Quintín (1557). 5

Por Carlos de Bustamante

(La Victoria de San Quintín, óleo de 2020, de Augusto Ferrer-Dalmau)

Aprecio particularmente el conocimiento de cómo se desarrolla esta importante batalla, por la avanzada utilización de las diferentes Armas.  Tanto es así, que con muy ligeras variaciones sobre todo en los medios propios, perduraron casi similares hasta el inicio de mi andadura en la profesión. Siglo XX.

Como si de un tratado de táctica se tratase, Fernando Martínez Laínez nos va desgranando en minuciosa descripción las misiones encomendadas a cada Arma empleada de las unidades españolas combatientes.  Ruego a mis amigos y probables únicos lectores que sigan al detalle el desarrollo   de   los medios en san Quintín y decidme luego, por favor, si no tienen mucho de verdad las afirmaciones dichas.

RESERVAR LA INFANTERÍA

En San Quintín, el rasgo más acusado de la batalla fue la acción fulminante de la caballería ligera de Egmont, que cortó la retirada enemiga y destrozó sus flancos. Otra característica importante fue la sabia utilización del terreno por parte de Filiberto de Saboya, que siempre mantuvo el dominio global del teatro de operaciones. En cuanto a la infantería, los soldados españoles, aunque no llegaban a 6.000, dejaron bien clara la superioridad que durante tanto tiempo les hizo temibles. Ellos fueron los primeros que entraron en San Quintín, se apoderaron del Arrabal de la Isla y ocasionaron —en especial los arcabuceros— las mayores bajas a la fuerza francesa que el 10 de agosto intentó penetrar en la plaza cercada. El valor que esta infantería tenía para los ejércitos de la Monarquía Católica, y su reducido número, la convertían en algo valioso que era necesario preservar a toda costa. Poco antes de darse el último asalto en San Quintín, el rey Felipe II ordenó hacer extenso uso de la artillería para reservar a los infantes de los tercios. En un documento de esos días que transcribe las palabras del monarca se dice: […] y no se perdería hora ni punto en asentar las baterías que ya se van haciendo en las trincheras y se hará todo lo último por rendirla, que lo quería mucho más que por asalto por conservar la infantería española. Según la valoración que hace el coronel Nicolás Horta en su estudio histórico-militar de la batalla —apoyándose en documentos del Archivo de Simancas y El Escorial, y en la relación del cronista Cabrera—, las tropas al servicio de España reunidas en el momento del asalto final a San Quintín, el 27 de agosto, fueron las siguientes:

INFANTERÍA (A LAS ÓRDENES DIRECTAS DE MANUEL FILIBERTO DE SABOYA)

-Española. Mandos: Tercio de Navarrete: 3.000 hombres Tercio de Cáceres: 3.000 hombres Carondelet (agregado a la infantería española): 600 hombres. Alemana Regimientos del conde Doverstein, Conrado de Pamelberch y George Van-Hol: 20.000 hombres. Valona Conde de Megaa: 4.500 hombres. Inglesa Conde Pembroke, lord Grey y lord Clinton: 8.000 hombres. Total de combatientes exclusivamente de  infantería: 9.100 hombres.

CABALLERÍA (AL MANDO DEL CONDE DE EGMONT)

-Española. Conde Mansfeld: 500 caballos. Alemana Conde Mansfeld, conde Aremberg y duque de Brunwisck: 9.500 caballos. Flamenca. Conde Horn: 1.000 caballos (caballería pesada). Barlaymont: 3.000 caballos. Borgoñona Caballería ligera: 1.000 caballos ingleses. 2.000 caballos de caballería de línea o pesada. Total de combatientes de caballería: 17.000 caballos

ARTILLERÍA Y GASTADORES (AL MANDO DE MR. DE GLAGEON, GENERAL DE ARTILLERÍA)

80 piezas de varios calibres. Total de artilleros y gastadores (alemanes, ingleses, flamencos y borgoñones): 11.500 hombres. Estos datos arrojan un total —con el añadido de 100 arqueros de Saboya— de 67.700 hombres, pero esa no es la cifra de combatientes que intervino en la batalla, ya que hay que descontar las 10 banderas alemanas que iban en el cortejo guerrero de Felipe II, más la merma de muchas unidades (los españoles de los dos tercios eran solo 5.142), lo que daría un efectivo total de unos 43.000 hombres, excluyendo artilleros y gastadores. De esta fuerza, una buena parte estaba ocupada en misiones de cerco a San Quintín, por lo que los efectivos reales que participaron en el choque campal con los franceses se rebajan notablemente hasta alcanzar las cifras ya mencionadas. En cuanto a la artillería, las piezas de campaña que se utilizaron en la batalla fueron 16, y el resto se dedicó exclusivamente al asedio.

¿QUÉ HACER? Después de la victoria quedaba pendiente la continuidad de las operaciones y la subsiguiente explotación del éxito. Filiberto de Saboya y otros capitanes eran partidarios de perseguir al enemigo para destruirlo totalmente y avanzar hasta París, antes de que el poderoso ejército francés de Guisa volviera a Francia desde Italia, pero Felipe II mantuvo la opinión de conquistar primero la plaza para asegurar su línea de comunicación con Flandes. El monarca español recibió en Cambrai la noticia de la gran victoria el mismo día 10 por la noche y llegó a San Quintín el 13 de agosto. En carta a su padre se lamentó de no haber estado presente en el hecho: Y pues yo no me hallé allí, de que me pesa lo que Vuestra Majestad puede pensar, no puedo dar relación de lo que pasó sino de oídas. Desde San Quintín, además de colmar de honores al duque de Saboya y otros jefes que se habían distinguido en la lucha, envió emisarios a su esposa María Tudor, al duque de Alba —que estaba a punto de entrar en Roma, pero recibió la orden de firmar la paz con el papa— y a su padre, Carlos V, retirado en el monasterio de Yuste. Este último, al recibir la noticia comentó un tanto decepcionado: «¿No está mi hijo ya en París?». Derrotado el ejército francés, aún quedaba por tomar San Quintín, lo que se produjo el 27 de agosto, después de un duro asalto y tras varios días de intensa actividad artillera. Los cañones de los sitiadores batieron los puntos débiles de la defensa, mientras se llevaba a cabo una constante labor de zapa y mina para, una vez alcanzados los fosos, acceder a la muralla y abrir brechas. El asalto final estuvo a cargo de la infantería española, que en hora y media liquidó las últimas resistencias. El almirante Coligny, jefe de la defensa, que se portó con heroísmo y a quien algunos historiadores llamaron «el héroe de la mala fortuna», se entregó al maestre de campo Francisco Díaz de Toro y al capitán Alonso de Cáceres, que lo enviaron al duque de Saboya, quien lo trató con cortesía. La mayoría de los defensores de la plaza fueron pasados a cuchillo y la ciudad fue completamente saqueada, aunque se salvaron sus principales monumentos góticos, el ayuntamiento y la colegiata. La mayor parte del degüello y el saqueo en esta ocasión corrió a cargo de una unidad de soldados alemanes que actuó con crueldad, furiosos por la tardanza en rendirse de algunos defensores. Cuentan que Felipe II, al entrar en la ciudad con su lujosa armadura de batalla, que solo se pondría en esa ocasión, y ver la sangre y la destrucción que le rodeaban, dijo: «¿Es posible que esto le gustase a mi padre?». Cuando el duque de Saboya se acercó a Felipe II para informarle de la gran victoria y besarle la mano, el rey hispano le abrió los brazos y le dijo: «Más bien me toca a mí besar las vuestras, que han ganado una victoria tan gloriosa y que tan poca sangre ha costado».

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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