Por Carlos de Bustamante

(Batalla de Lepanto por Jose Ferre Clauzel)
Me permitiréis, amigos míos, que no haga comentario alguno a esta impresionante narración de Fernando Martínez Laínez, para que así sigáis sin perder ripio de la batalla naval que debe guardar la memoria histórica como la más encarnizada de todos los tiempos.
DUELO DE CAPITANAS
La galera Sultana de Alí Pachá consiguió embestir directamente con su enorme espolón a la Real, la capitana de Juan de Austria, y ambas naves quedaron enganchadas por los garfios de abordaje. A bordo de la Real, junto a 400 arcabuceros y soldados veteranos de los tercios, iba un selecto grupo de capitanes españoles, como Bernardino de Cárdenas, Rodrigo de Mendoza, Juan Vázquez Coronado o los maestres de campo Lope de Figueroa y Miguel de Moncada. Durante la pelea, la Sultana recibió refuerzos constantes de otras embarcaciones menores y la Real contó con el apoyo de las galeras de Veniero. Más de 30 galeras combatieron apelotonadas y enganchadas en un pequeño espacio de 300 metros de ancho por 250 de largo. Por dos veces consiguieron los cristianos abordar a la capitana turca, pero fueron rechazados por los jenízaros enviados de refresco desde otras naves, que sufrieron muchas bajas por el fuego de los arcabuceros españoles. Cuando la lucha estaba en su punto culminante y la superioridad numérica parecía desnivelar la balanza hacia el lado turco, la escuadra de reserva de Álvaro de Bazán, a la que se unió Luis de Requesens con dos galeras, acudió en auxilio de la Real, abriéndose paso entre palamentas rotas y naves destrozadas. Marco Antonio Colonna, consciente de la grave situación de la Real, lanzó su nave contra la Sultana y ordenó una descarga de arcabucería devastadora, que dejó la cubierta de la capitana turca sembrada de cadáveres. El cronista portugués Jerónimo Corte-Real, contemporáneo de la batalla, escribió: Se veía todo el mar ardiendo en llamas, todo cubierto de bajeles rotos, llenos de cuerpos muertos y teñido de sangre de infieles y cristianos.
CUERPO A CUERPO
Al refuerzo en el momento preciso siguió la decisión de Juan de Austria de lanzar un asalto definitivo a la Sultana con todos los hombres disponibles. La lucha adquirió un carácter individual feroz, cuerpo a cuerpo, entre los alaridos de los combatientes, los lamentos de los heridos, el entrechocar de las armas y el estruendo de la pólvora. En la cruenta pelea, un disparo de arcabuz abatió a Alí Pachá. Su cuerpo quedó tendido en cubierta y un cautivo cristiano le cortó la cabeza y se la dio a un soldado español. Después de ofrecérsela a Juan de Austria, que la rechazó con disgusto, el soldado la enarboló clavada en una pica entre el clamor de victoria de los guerreros cristianos, mientras la cruz de San Andrés, insignia de la infantería española, sustituía a la bandera del islam. Los otomanos retrocedían y eran masacrados.
Otras versiones afirman que Juan de Austria, tras rechazar la cabeza de Alí Pacha, ordenó que fuese arrojada al agua. Durante todo el tiempo que duró la pelea entre la Real y la Sultana, los barcos de apoyo y las galeras de reserva no dejaron de suministrar tropas de refuerzo para seguir alimentando la lucha de las dos capitanas. El gran poeta Fernando de Herrera cuenta en una crónica: “Y de este modo se unieron a la batalla con gran vigor y furia, y con tal estruendo que parecía no solo que las galeras se estuvieran partiendo por la mitad, sino que el mismo mar rugía en protesta de tan espantoso clamor, agitando su anterior calma superficie en espumosas olas, y los ensordecidos hombres ya no podían oírse entre ellos, y el cielo se desvaneció de su vista debido al oscuro humo de las llamas”. A pesar de las prudentes advertencias de Felipe II, don Juan participó como un soldado más en los combates cuerpo a cuerpo, y fue herido en un tobillo, aunque no le fue a la zaga su joven sobrino Alejandro Farnesio, que iba en la capitana de Génova, cerca de la Real. Farnesio, con ayuda de un solo soldado, asaltó una galera de fanal turca y, tras derribar enemigos con una espada en cada mano, acabó con la armadura completamente cubierta de sangre.
Cuando la noticia de la muerte de Alí Pachá se extendió entre las filas turcas, toda su línea de combate cedió, pero la batalla aún no había concluido, ya que quedaba por decidir el choque entre el ala izquierda turca, que mandaba el almirante Uluch Alí, y el ala derecha cristiana de Andrea Doria, que se había descolgado del grueso de la flota y corría el riesgo de verse desbordada. Todos los testimonios coinciden en señalar que la batalla duró unas cuatro horas y que las alas izquierda cristiana y derecha turca iniciaron el combate mucho antes que las formaciones del centro. Poco después, el ala izquierda otomana de Uluch Alí y el ala derecha que mandaba Doria maniobraron durante más de una hora tratando de conseguir la posición más ventajosa. Un soldado anónimo que participó en la pelea escribió: Duró el ímpetu grande de la batalla cerca de cuatro horas y fue tan sanguinosa y horrenda que la mar y el fuego fuese todo uno, viendo dentro de la misma agua arderse muchas galeras turquescas y dentro de la mar, que toda estaba roja de sangre, no había otra cosa que aljabas, turbantes, carcajes, flechas, arcos, rodelas, remos, cajas, valijas, y otros muchos despojos de guerra y sobre todo muchos cuerpos humanos, así cristianos como turcos, algunos heridos, algunos hechos pedazos, y otros que no habiendo acabado de morir andaban por encima del agua con la agonía de la muerte, echando el ánimo juntamente con la sangre que de las heridas les salía, la cual era en tanta cantidad que todo el mar teñía de la color de ella; pero con toda esta miseria los nuestros no se movían a piedad de los enemigos […] aunque ellos demandaban misericordia antes les daban muchos arcabuzazos y golpes con las picas.