Por Carlos de Bustamante

(La rendición de Breda, óleo de Diego Velázquez, 1635)
Según se iban sucediendo los acontecimientos en cada corto período de tiempo en guerra surgían novedades en el modo y medios de combate. En las últimas boqueadas de la guerra en los Países Bajos, junto al perfeccionamiento de las obras ofensivo- defensivas, adquirieron singular importancia los servicios de espionaje y contra espionaje. Y hasta tal punto fue así, que, por ellos, cambiaron el curso los acontecimientos. Todavía en forma rudimentaria lo vemos a continuación.
LA INTENTONA DE MANSFELD
Las levas de Mansfeld lograron reunir un ejército de 14.000 hombres que partió del puerto inglés de Dover en febrero rumbo a Geertruidenberg, diecinueve kilómetros al norte de Breda. Pero el mal tiempo y el hielo obligaron a los ingleses a permanecer en los barcos, hambrientos y diezmados por las enfermedades y las deserciones. Dos tercios de los hombres de esta expedición murieron o desaparecieron antes de que pudieran siquiera ver Breda.
Aun así, los esfuerzos de los holandeses por auxiliar la plaza no cejaron y Mauricio de Nassau volvió a reclutar tropas francesas y alemanas, que se sumaron a otras sacadas de distintas guarniciones de los Países Bajos y de sus cuarteles de invierno en Roosendaal. La situación de los sitiadores se volvió entonces crítica. Unos y otros eran conscientes de que Nassau emprendería la ofensiva para liberar Breda en cuanto mejorase el tiempo con la llegada de la primavera. Pero Spínola prosiguió tenaz el trabajo emprendido y permaneció a la espera del ataque del estatúder detrás de su línea de circunvalación, animando sin descanso a sus tropas, ya muy extenuadas por el hambre y el frío. Por medio de un espía que fingió haber entrado en Breda tras burlar el cerco, el mando español logró interceptar la correspondencia entre Mauricio de Nassau y el gobernador de la plaza. El espía ofreció a los sitiados llevar sus cartas a Mauricio de Nassau, esquivando la vigilancia de los centinelas sitiadores, pero en lugar de llevar esa correspondencia directamente a su destino se la entregaba a Ambrosio de Spínola, quien, una vez leídas las cartas, se las devolvía al mensajero. Este se las llevaba a Mauricio de Nassau y regresaba a Breda con la respuesta, que volvía a pasar antes por las manos de Spínola, quien, de este modo, se enteró de las pocas provisiones que quedaban en la plaza.
El 30 de marzo, Spínola envió secretamente a un mensajero que invitó a rendirse a Justino de Nassau bajo condiciones honrosas, pero este no aceptó. El asedió continuó y en el bando de los sitiadores —que perdieron 4.000 sacos de harina en un incendio provocado por agentes enemigos— la situación fue empeorando. Los caballos carecían de forraje y los soldados empezaron a robar en las aldeas próximas, lo que obligó a Spínola a ejecutar a algunos como escarmiento. Pero los casos de deserción e indisciplina también cundían en el bando enemigo, cuya desmoralización iba en aumento.
ÚLTIMO INTENTO
Fracasada la tentativa de tomar Amberes, Mauricio de Nassau retiró su ejército a los cuarteles de invierno, pero antes de que pudiera retomar la ofensiva, la muerte le sobrevino el 23 de abril de 1625 en La Haya, con cincuenta y ocho años de edad, cuando Breda llevaba ya ocho meses de bloqueo y en la ciudad habían aparecido el tifus y el escorbuto. Dicen que la amargura de no haber podido salvar Breda aceleró su muerte, y sus últimas palabras fueron para preguntar si la ciudad ya había sido tomada. Entre los españoles, como es lógico, su muerte no provocó ninguna tristeza. A Mauricio de Nassau le sucedió su hermano Federico Enrique, hijo menor de Guillermo el Taciturno y nieto del dirigente hugonote Gaspard de Coligny, que acabaría sus días víctima de la demencia y tuvo una destacada carrera militar como «dominador de ciudades». En mayo, Federico Enrique de Orange avanzó con su ejército hasta Dungen, en las proximidades de Breda. Aunque no se arriesgó a la batalla definitiva, incendió la torre de Oosterhout, que servía de atalaya a los sitiadores, y acometió el 15 de mayo el cuartel de Terhejden con 6.000 hombres, en su mayoría ingleses y alemanes, con artillería gruesa y caballería. Aprovechando este avance, Justino de Nassau debía intentar romper el cerco desde el interior en el punto más vulnerable, en la parte baja del río Merck, que era la posición más cercana al ejército de Federico Enrique. El asalto contra los sitiadores tenía por objetivo Terheijden y lo dirigió el general inglés Francis de Vere, veterano de la batalla de las Dunas. Su ataque debía ser completado con una maniobra de diversión contra Teteringen y una salida de los sitiados.