Por Carlos de Bustamante

(Fernando de España y Fernando de Hungría tras su victoria en Nordlingen. Cornelius Schut, 1635)
Huelga aquí comentario alguno, porque de tal manera lo borda Fernando Martínez Laínez que con sólo el agradecimiento me quedo muy corto.
EPÍLOGO
Como consecuencia de la batalla, el mito de la invencibilidad del ejército sueco quedó roto para siempre, mientras la fama de los tercios españoles, como la mejor infantería del mundo, alcanzó su mayor cota. Unos tercios que quedaron retratados en los versos de uno de sus más distinguidos soldados, D. Pedro Calderón de la Barca:
Este ejército que ves / vago al frío y al calor
la república mejor / y más política es del mundo,
en quien nadie espere / que ser preferido pueda
por la nobleza que hereda / sino por la que él adquiere;
porque aquí, a la sangre excede / el lugar que uno se hace,
y sin mirar cómo nace / se mira cómo procede;
aquí la necesidad / no es infamia, y si es honrado,
pobre y desnudo el soldado / tiene mayor calidad
que el más galán y lucido; /porque aquí, a lo que sospecho,
no adorna el vestido el pecho, / que el pecho adorna el vestido;
y así, de modestia llenos, / a los más viejos verás,
tratando de ser lo más / y de parecer lo menos.
Aquí la más principal / hazaña es obedecer,
y el modo cómo ha de ser / es ni pedir ni rehusar.
Aquí, en fin, la cortesía, / el buen trato, la verdad,
la fineza, la lealtad, / el honor, la bizarría;
el crédito, la opinión, / la constancia, la paciencia,
la humildad y la obediencia, / fama, honor y vida son,
caudal de pobres soldados; / que en buena o mala fortuna,
la milicia no es más que una/ religión de hombres honrados.»
Algunos expertos militares señalan, sin embargo, que los vencedores no tomaron nota del papel fundamental desempeñado por la caballería en la victoria, algo que los franceses tuvieron muy en cuenta y aplicaron nueve años después en Rocroi, donde los tercios españoles sufrieron una dura derrota, muy mitificada por la propaganda francesa.
Tras Nördlingen, el cardenal-infante don Fernando continuó con el grueso del ejército español hasta Bruselas, donde entró triunfalmente a principios de noviembre, después de atravesar el dantesco escenario de devastación que la guerra dejaba en
Alemania: poblaciones destruidas y aldeas en llamas, con gentes hambrientas y aterradas que vagaban como muertos vivientes por los desolados campos. Geoffrey Parker cita el caso de una apostilla escrita en 1647 en la Biblia de una familia campesina de Suabia: «Vivimos como animales, comiendo cortezas y hierba. Nadie podía imaginar que fuera a ocurrirnos algo semejante. Mucha gente dice que no hay Dios».
El resultado inmediato de la victoria católica en Nördlingen
estabilizó la supremacía imperial en el sur de Alemania. El ejército sueco se retiró al norte, aunque se recobraría en pocos años, y los príncipes y electores protestantes alemanes disolvieron la Liga de Hielbronn y firmaron la paz con Baviera y el Imperio. Fernando de Austria entró triunfalmente en Bruselas en la primavera de 1635.
Como señala un cronista: Bizarro en hábito seglar, con pluma blanca en el sombrero, como el día de la batalla de Norlinga, y talabarte bordado y recamado de diamantes; el vestido, colorado y cuajado de oro; el caballo, blanco. Desgraciadamente para España, el cardenal-infante, uno de los mejores generales de su época, murió cinco años más tarde víctima de unas fiebres.
Este éxito militar no tuvo resultados duraderos. La derrota protestante alarmó a Francia y le dio el pretexto que buscaba para intervenir abiertamente en la guerra. Esta vez, la lucha en tres frentes —Alemania, Países Bajos y Francia— fue demasiado para la Monarquía Católica, sobre todo cuando en 1640 se produjeron las rebeliones internas de Cataluña y Portugal. A partir de ahí, las cosas cambiaron desfavorablemente hasta la Paz de Westfalia (1648), que puso fin a la hegemonía española en Europa.
Como bien señala Parker, pese a la derrota de Nördlingen, Suecia resultó ser uno de los países más favorecidos en la Paz de Westfalia, de la que obtuvo sus principales objetivos bélicos y políticos: conquistas territoriales importantes, garantías de seguridad y una sustanciosa indemnización de guerra.
La contradicción se explica porque Suecia controlaba numerosas fortalezas artilladas que mantuvo en su poder incluso después de la derrota de su ejército principal. En 1648 las fuerzas suecas en Alemania todavía sumaban 70.000 soldados, de los que casi la mitad guarnecía 127 puntos fuertes estratégicos. «De ese modo —dice Parker— no constituían un “centro de gravedad” susceptible de ser destruido por un adversario de un solo golpe».__