Por Carlos de Bustamante

(Granaderos españoles y el batallón de La Habana entran en Fort George. Óleo de H. Charles McBarron Jr.)
Ignoro si a quienes siguen estas narraciones les sucederá algo parecido como al que la reproduce y comenta: es ese intríngulis de rencillas, cesiones más o menos temporales, pequeños u otros notan pequeños combates sobre territorios inmensos no ha mucho descubiertos.
Sabido es que las arcas españolas, si no a rebosar, poseían unas reservas tan considerables, que podían permitirse cuantiosos gastos.
Dice el refrán castellano que ` mucho saca y no pon, pronto se llega al hondón´. Si esto no se cumplió a la letra, sí lo fue en cuanto a la pérdida progresiva del poderío de España en América y en el mundo como potencia hegemónica.
No obstante, en absoluto fue esto lo más importante, pues la inmensa extensión de bosques existentes en la piel de toro en los que `una ardilla la podía atravesar de norte a sur sin tocar suelo´, comenzó a clarear peligrosamente. Bosques empleados, una, otra y mil veces en la Armada. Y ésta, bien por deterioro de material tan poco duradero, bien por el frecuente fuego enemigo de turno, bien porque se lo tragó el mar, aumentó cada día la importancia. Tampoco fue esto lo más…
TENIENTE GENERAL
La campaña de Gálvez en Luisiana y La Florida se prolongó con el ataque y toma de las Bahamas, en poder de los británicos, el 6 de mayo de 1782. La victoria española se completó con la captura de 12 barcos corsarios y 65 buques mercantes ingleses.
El jefe de la fuerza española en las Bahamas fue el mariscal Juan Manuel Cagigal, que se lanzó desde Cuba a conquistar esas islas con 2.500 hombres y unos 60 barcos pequeños, a pesar de que se habían suspendido los planes de invasión por temor a dejar casi desguarnecida La Habana. La capital, Nassau, se rindió sin combatir y ofreció a los españoles una gran cantidad de armas, municiones y suministros. De intermediario de esta negociación, en nombre de Cagigal, actuó su ayudante y protegido Francisco Miranda, quien luego sería líder de la insurrección independentista en Hispanoamérica, y fue el encargado de proponer la rendición al almirante británico John Maxell. Este preparó un documento de capitulación que Cagigal aceptó, pero que terminó siendo su ruina. La excesiva benevolencia mostrada por Cagigal y Miranda hacia Maxell molestó mucho a Gálvez, que ordenó el arresto de ambos. Cagigal estuvo diez años en prisión y su carrera militar se hundió.
En cuanto a Miranda, de quien se sospechaba que había colaborado con el enemigo, a partir de ahí incrementó su odio a España, lo que le llevó a combatir obsesivamente por la independencia de la América hispana, hasta que, capturado por los españoles y traicionado por Bolívar, acabó sus días prisionero en el arsenal gaditano de La Carraca. Cuando el Tratado de Versalles de 1783 puso fin a la guerra, España resultó bastante favorecida. Recobró Menorca, obtuvo La Florida oriental, a cambio de las Bahamas y recuperó por completo las costas de Nicaragua, Honduras y Campeche, donde los británicos habían conseguido instalarse durante un corto periodo de tiempo. Pero no pudo reconquistar Gibraltar, pese a que lo intentó con un duro asedio. La guerra, sin embargo, fue ruinosa desde el punto de vista económico, tanto para España como para Francia, y en el caso español, al quedarse los nacientes Estados Unidos con toda la frontera este del Misisipi, los problemas con la nueva y potente nación no se harían esperar. En cuanto conoció la recuperación de Pensacola, el rey Carlos III ascendió a Gálvez a teniente general y le nombró gobernador de La Florida y de Luisiana. Además, cambió el nombre de Panzacola, que pasó a llamarse Santa María de Gálvez, y concedió que en el escudo de armas del artífice de la victoria figurase el bergantín Galveztown con la leyenda «Yo solo», para perpetuar la hazaña de la intrusión en la bahía. Asimismo, se concedió a Gálvez la Encomienda de Bolaños en la Orden Militar de Calatrava, pensionada con 31.400 reales al año.
TRISTE FINAL
Aparte de mantener en jaque al ejército británico en el sur del escenario bélico de Estados Unidos, Gálvez cooperó con la causa de la independencia norteamericana en dos expediciones importantes. Una, la que emprendió el coronel George Roger Clark, que llegó a dominar toda la región; y otra, la de James Willing, quien recibió instrucciones del Congreso norteamericano para apoderarse de todas las instalaciones inglesas en el Misisipi, lo que llevó a cabo con métodos corsarios y aterrorizando a la población civil ribereña. Willing terminó refugiándose con sus hombres y el producto de sus rapiñas en Nueva Orleans, pero los ingleses enviaron barcos que esperaban su salida de la ciudad para detenerle. Finalmente, Gálvez concedió un salvoconducto para que la fuerza de Willing pudiera escapar por tierra, y el jefe corsario se quedó en Nueva Orleans hasta que consiguió embarcar hacia las Trece Colonias norteamericanas rebeldes. Pero durante la navegación fue apresado por la marina inglesa, que lo llevó encadenado a Nueva York. En cuanto a la mencionada campaña de Clark, fue financiada en gran parte por Bernardo de Gálvez a través de su agente secreto Pollock, que socorrió al coronel norteamericano con pólvora y mercancías.
Conforme al tratado de paz firmado en Versalles en septiembre de 1783 por el conde de Aranda y el duque de Manchester, Gran Bretaña cedía a España la totalidad de La Florida, sin precisar límites. Esto resultó muy perjudicial para los intereses hispanos, ya que, cuando se reconoció la independencia de Estados Unidos, se fijó como frontera meridional una línea imprecisa entre los ríos Misisipi y Apalachicola que pasaba por el paralelo 32, lo que enseguida provocó conflictos fronterizos con la emergente potencia norteamericana.
Gálvez protestó a Carlos III por este acuerdo, que dejaba a España menos de sesenta kilómetros de tierra firme sobre el golfo de México y entregaba a los norteamericanos la bahía de Mobila. Para empeorar las cosas, el tratado también permitía la libre navegación del Misisipi a los norteamericanos. Una cesión que causó muchas fricciones y que terminó agriando las relaciones con Estados Unidos. En última instancia, los norteamericanos terminaron ganando la partida. Menos de treinta años después de la victoria de Pensacola, los territorios de Luisiana y La Florida pasaron a sus manos, ante la incapacidad crónica del gobierno de España para hacer frente a la situación. Gálvez, después de desempeñar brevemente el gobierno de Cuba, fue nombrado virrey de Nueva España y falleció en el palacio arzobispal de Tacubaya el 30 de noviembre de 1786, a los cuarenta años recién cumplidos. Sus últimos días se vieron amargados por los rumores que los envidiosos hicieron llegar a la corte de Madrid, acusándole de querer convertirse en soberano independiente de México, lo que era rotundamente falso. Eso melló su salud y precipitó su muerte. Un triste final para un héroe.
Sus restos reposan en la iglesia de San Fernando de Ciudad de México y su gesta está hoy casi olvidada por los españoles.