Por José María Arévalo

(Cartel de American Fiction, premio a mejor guion adaptado)
Me ha costado este año encontrar la película a la que yo hubiera dado el Oscar como mejor, pues, como digo en el título de este artículo, me ha parecido esta edición, tanto los premios como las nominaciones -las que he conseguido ver, muchas pero no todas- un conjunto muy gris, nada entusiasmante. Como la película triunfadora, sobre el padre de la bomba atómica, Oppenheimer, con 7 Oscar a mejor película, dirección, actor principal (Cillian Murphy) y de reparto (Robert Downey Jr.), fotografía, banda sonora y montaje, con dos hilos narrativos en tramos que se van alternando: uno en color con Oppenheimer como claro protagonista, donde comparece ante una comisión que debe validar sus credenciales de seguridad, y se ven los avances para tener la bomba atómica a tiempo; y otro en blanco y negro, donde el personaje principal es Lewis Strauss, que comparece ante un comité del Senado que debe confirmarle en un puesto para la administración Eisenhower y que deviene en némesis de Oppenheimer, al cuestionar su lealtad a Estados Unidos en los años de la guerra fría. Mucho personaje y mucho diálogo, para mi gusto poco atractivo aunque reconozco que está la película bien construida.
Si hay una película, de entre las descubiertas gracias a haber sido nominadas, que me haya impactado más ha sido, creo, American Fiction, premio a mejor guion adaptado, en que un profesor y escritor escribe una novela satírica bajo seudónimo, con la intención de denunciar la hipocresía de la industria editorial. El protagonista, Monk, es un académico que responde a una vida definida por el color de su piel y que hace todo lo posible para distanciarse de lo que la sociedad ve como negro. Se enfrenta a microagresiones en la oficina y en la calle mientras insiste de la manera más descarada en que no cree en la raza. Y escribe la novela, en un arrebato de ira, lo peor que puede escribir, y para su sorpresa y contra su voluntad la novela, que no quiere reconocer, será un éxito. Magnífica interpretación de Jeffrey Wright, que llena la película y la hace inolvidable.
También me ha gustado Pobres criaturas, por la que Emma Stone se llevó el Oscar a mejor actriz, uno de los cuatro que obtuvo la película, en la que aparece reinventado el mito de Frankenstein, mediante la historia de Bella, una extraña mujer victoriana con un temperamento infantil, que se resiste a asimilar las convenciones sociales, y consigue escapar de la tutela del Dr. Godwin Baxter, científico renombrado pero extravagante, de aspecto monstruoso, que vive en una suntuosa mansión victoriana en Londres, con un laboratorio en el sótano, donde lleva a cabo experimentos poco ortodoxos con animales o disecciona cadáveres. La película, siguiendo la mente infantil -le han implantado un cerebro de niña- dentro de un cuerpo adulto, de Bella, es muy verde, pues ella quiere descubrirlo todo. He ofrecido a un grupo de amigos una versión censurada de esta película porque me parece que vale la pena verla, y no solo por la buenísima interpretación de la Stone, sino por la personalísima estética de su director, Lanthimos, desplegando imágenes sugerentes, con un diseño de producción vistoso y recargado, fotografía que mezcla texturas, tonos y vestuarios muy creativos, con elementos que recuerdan a las historias góticas, pero de aspecto estrafalario y grotesco. Pero se echa en falta algo más profundo, algo de desarrollo de personajes y algo también de contenido humanístico.
Creo que ha sido merecido el Oscar a mejor actriz de la Stone, que se lo ha arrebatado en buena lid a la Lily Gladstone de Los asesinos de la luna, que se ha quedado sin premio al no poderse llevar el que muchas quinielas le concedían. Me parece bien, porque personalmente esperaba mucho más de Los asesinos de la luna, con tan buen reparto, y no conseguí verla -aguantarla- entera y no solo por el exceso de metraje sino por lo pesada que es desde el principio.
Tampoco ha tenido premio El color purpura, nominada por mejor Actriz de Reparto de Danielle Brooks. Steven Spielberg con el mismo título, llevó a la pantalla con gran éxito –aunque con cero Oscar de 11 nominaciones– la novela ganadora del Pulitzer de Alice Walker “El color púrpura”. De altísimo contenido melodramático, y duro a la hora de mostrar la violencia machista en diversos grados, se consideró el ingreso de Spielberg en el cine adulto, aunque no faltó quien le acusó de excesos lacrimógenos. Precisamente esta adaptación del musical de Broadway de Marsha Norman, también inspirado en la novela de Walker y producido por Spielberg y Winfrey, peca quizá por lo contrario, se echa en falta la capacidad de conmover algo más. Pero lo que consigue es suficiente para hacerse cargo del problema del color púrpura.
Comenta José María Aresté en Decine21 que era bien sabido que Barbie llegaba muy desinflada cara a ganar premios, y tuvo que conformarse con el de consolación, a mejor canción, «What Was I Made For?», de Billie Eilish y Finneas O’Connel. A cambio protagonizó uno de los momentazos de la noche, cuando Ryan Gosling interpretó la canción «I’m Just Ken», de puesta en escena increíble, con todos en pie y cantando, incluida Emma Stone, con la que hizo y cantó en La la land. A mí Barbie me pareció una ridiculez, sin el menor interés, no sé como pudo estar siquiera nominada a mejor película ni como consiguió ser la campeona de la taquilla en 2023. Se ve que hay gustos para todo.
Y nada más. Solo lamentar que las opciones españolas no se materializaran: ahí quedan para la historia las dos nominaciones de La sociedad de la nieve de Juan Antonio Bayona, candidata a mejor película internacional, y a que se reconozca su maquillaje; y la sorpresa que nos dio Pablo Berger al conseguir que Robot Dreams estuviera nominada como mejor película de animación. Su principal rival, la japonesa, El chico y la garza, se llevó ese Oscar aunque curiosamente nadie de Studios Ghibli se acercó a recoger el premio. Siento no haberla visto porque dice Decine21 que es técnicamente apabullante, y cuenta con una trabajada banda sonora de Joe Hisaishi. Miyazaki, su director, recupera temas omnipresentes en su cine, como los lazos familiares, la fantasía como refugio de la realidad, los viajes a mundos alternativos, el final de la infancia, el militarismo o las criaturas mitológicas niponas. Imprime el film un aire melancólico y reflexivo que también ralentiza el ritmo, así que el metraje se extiende a lo largo de más de dos horas, una duración excesiva para lo que se pretende contar. Pese a todo, su principal defecto estriba en que no llega a emocionar en ningún momento, como el veterano animador solía hacer anteriormente, por lo que con todos sus hallazgos, El chico y la garza no se recordará como una de sus mejores obras.